domingo, 14 de septiembre de 2008

Educación Social y Cívica 3er año - Introducción y conceptos básicos

Contenido y finalidad de esta materia.

El objetivo de la educación social y cívica es incorporar en la formación cultural de los jóvenes un conjunto de conocimientos que les permitan tener una idea general aunque completa, del ambiente social e institucional en que habrá de desarrollarse su vida adulta.

Al igual que ocurrirá con otras materias cuyo contenido está conformado por conocimientos que no se refieren a los fenómenos naturales de índole física o material — aunque se trata igualmente de cuestiones que existen en la naturaleza en cuanto se refieren a los seres humanos y su vida como tales — el contacto con los temas propios de la educación social y cívica puede traer aparejado al joven que viene cursando sus estudios secundarios, algún tipo de dificultades iniciales de adaptación.

En el proceso de desarrollo de cada persona humana, y de conformación de su personalidad propia, el desenvolvimiento físico a partir de los primeros años de la niñez, va acompañado permanentemente del aprendizaje de todas las circunstancias en medio de las cuales se desenvuelve. Concomitantemente con su desarrollo mental e intelectual, la educación formal trata de estimular ese desarrollo al mismo tiempo que va proveyéndolo con habilidades instrumentales (hablar, leer, escribir, hacer operaciones aritméticas) y gradual pero crecientemente con el ejercicio y el perfeccionamiento de sus capacidades de raciocinio y de interpretación lógica de la realidad que le rodea.

El conocimiento de los elementos de las ciencias de la naturaleza, constituye sin duda un primer escalón de percepción y comprensión de la realidad; a partir del conocimiento del propio cuerpo, de cómo funcionan sus actividades tales como la alimentación y los mecanismos respiratorio, circulatorio, nervioso, etc. La ubicación espacial permite situarse en el medio físico, percibir adecuadamente los lugares en que se vive y se desplaza, comprender la índole de los elementos que lo rodean (tales como el aire, el agua, la tierra) y de los materiales con los que el hombre construye numerosas cosas de las que se sirve (sus utensilios, sus ropas, sus casas, todos los objetos que utiliza). Del mismo modo ocurre con otros elementos materiales con los que los seres humanos tratan, conviven o se sirven de ellos, como los animales, los vegetales, o los minerales.

Pero por imposición de la Naturaleza, todo ser humano está necesariamente inserto en un ambiente social. Es decir, convive con otros seres humanos con los cuales tiene diversos tipos de relaciones; como resultado de cuyas relaciones recibe influencias que incorpora permanentemente en su personalidad, a la vez que encuentra condicionamientos en su conducta por diversas limitaciones y aún imposiciones. El conocimiento ordenado y sistemático, inicial, de los elementos que componen esos factores de convivencia del individuo humano en el medio social en que necesariamente actúa es el objeto de esta materia.

El proceso educativo está dirigido a proveer a las personas humanas de los conocimientos y fundamentalmente de guías de conducta que les permitirán a lo largo de su vida, desempeñarse no solamente de la mejor manera para sí mismos en todos los aspectos; sino además, para integrarse en las distintas sociedades y ambientes en que habrán de vivir. Y también, para relacionarse en condiciones adecuadas con las otras personas con que habrán de tratar, desde sus familiares más cercanos hasta aquellos con quienes traten ocasionalmente; pasando por las personas con que habrán de tener tratos relativamente frecuentes en sus lugares de residencia, de estudio, de trabajo o de esparcimiento.

Las disciplinas que se refieren directamente a las realidades sociales de los seres humanos — que por eso se denominan genéricamente “humanidades” — no tratan con objetos materiales, sino que se componen fundamentalmente de conceptos. Es decir, contienen conocimientos que por su propia naturaleza deben captarse con la mente, por un proceso intelectivo, integrarse en uno mismo a través de su comprensión y de la reflexión intelectual que los analice; en todo caso, cotejándolos con lo que sugieren los conocimientos históricos y con las limitadas experiencias directamente conocidas de la realidad social y política, ya alcanzadas y comprendidas en la edad de la adolescencia.

El estudio de la Historia tiene un sentido más profundo que el simple conocimiento de los hechos del pasado; al permitir beneficiarse con la comprensión de muchos factores determinantes de la vida de las sociedades y los países sin necesidad de tener que vivirlos directamente. Del mismo modo, el conocimiento de los componentes, las estructuras y el funcionamiento de las relaciones de los individuos con la sociedad que integran — y también el conocimiento de las estructuras institucionales que ha adoptado el país en que viven — permite a quienes por su edad han alcanzado ya la madurez intelectual suficiente, adquirir un sentido de su propia posición en el mundo que les rodea. Al mismo tiempo, les permite adquirir una mejor comprensión de la posición de las personas con que están relacionadas; lo que es algo así como conocer el terreno y el paisaje social en que deberán vivir en adelante.

En la etapa de los estudios secundarios, el joven alumno reúne las condiciones que lo habilitan para que tome su primer contacto con los conocimientos referentes a la estructuración y funcionamiento de la vida social, tanto en su aspecto estrictamente privado como en sus manifestaciones cívicas e institucionales.

Muchos de esos componentes serían susceptibles de un estudio y un análisis mucho más profundo, como objeto de diversas disciplinas especializadas, tales como la sociología, el Derecho en sus diversas ramas, la economía, la política en sus diversos enfoques. En esta oportunidad, se trata solamente de establecer un gran cuadro de la vida social y cívica en que el estudiante está inmerso desde ya; y en la cual, cualquiera sea su destino, necesariamente habrá de estarlo el resto de su vida. Por eso, se integra con un fondo mínimo de conocimientos que de todas maneras — al igual que el idioma, la escritura, la aritmética, la geografía, la historia, la biología y la fisiología, la física, la química y otras materias — es necesario y aún indispensable que toda persona adquiera, no importa a qué se dedique durante su madurez, en qué llegue a especializarse, o en qué lugar llegue a vivir.



El ser humano como ser individual y social
Libertad y responsabilidad

La persona humana puede ser objeto de estudio como una entidad individual; no solamente en forma genérica sino con referencia a la identidad personal de cada individuo.

En ese sentido se la estudia para conocer la anatomía y la fisiología de la especie humana; como para determinar el estado de salud de un individuo en particular o para trazar los rasgos de su personalidad, sus conocimientos, sus habilidades artísticas, su edad, su fisonomía como ser singular.

Pero aún considerados genéricamente, los seres humanos poseen componentes característicos de la especie, que van más allá de sus elementos físicos anatómicos o fisiológicos. Los seres humanos se caracterizan, como especie, por ser cada uno de ellos una realidad incorporal; una entidad mental y espiritual que tiene como tal una vida propia, distinta e independiente en alto grado de aquella de los demás individuos de su especie, incluso aquellos con los que convive de manera más allegada o más frecuente.

Como individuo aislado del conjunto que integra, cada ser humano posee una vida mental y espiritual propia; que comprende sus conocimientos, sus pensamientos, sus afectos, sus inclinaciones religiosas o estéticas, su propia actitud ante sí mismo y los seres y cosas que le rodean.

Cada individuo posee una posibilidad de ejercer un albedrío en su conducta, lo que puede considerarse como un ejercicio primario de una libertad de obrar; y antes que ella, de una libertad de pensar, creer, discernir y elegir.

La facultad de inteligencia que poseen los seres humanos — y que les distingue como factor decisivo del resto de los seres de la naturaleza — es una capacidad de raciocinio, pero es principalmente una capacidad de entendimiento. Intelegir, es lo mismo que comprender. Es inteligente quien se da cuenta por sí mismo de las cosas; pero necesariamente ello ocurre a partir de anteriores conocimientos. Quien comprende todos los elementos de la realidad de una manera más coincidente con lo que esa realidad es; y en consecuencia es más capaz de obrar adecuándose a esa realidad y, por tanto, de manera más eficaz.

Esa capacidad de percibir intelectivamente, de comprender racionalmente la realidad, se vincula directamente con otra condición que es inherente al ser humano como individuo en sí: la responsabilidad. El individuo humano es responsable de sus actos, en la medida en que siendo capaz de entender la realidad en que vive inmerso, es capaz de percibir, de representarse de antemano, las consecuencias de sus comportamientos; y en consecuencia, es capaz de elegir entre diversos comportamientos posibles, aquellos que son correspondientes con los componentes ineludibles de la realidad.

En cierta medida, los comportamientos propios del individuo humano — en cuanto es un ser que necesariamente se encuentra inmerso en un medio social más o menos “denso” (por ejemplo, es distinto para el que vive en el campo que en la ciudad) — habrán de afectar aquella parte de la realidad que no está constituída por los elementos de su naturaleza física, sino por los elementos de su naturaleza social. El individuo que se lance por los aires desde lo alto de un árbol pretendiendo volar, caerá al suelo porque así debe resultar de no haber comprendido la realidad física o no haber sujetado a ella su comportamiento; el tanto el hombre que se apropie de un bien ajeno, deberá afrontar las consecuencias de haber cometido un delito.

La libertad personal del individuo humano, por lo tanto, no solamente no es ilimitada porque está condicionada por las realidades físicas que lo rodean y, por ejemplo, no le permiten volar como las aves o nadar como los peces; sino que está condicionada por los componentes que emanan de la convivencia en sociedad, y de ese aspecto especial de la estructura social que es la estructura cívica, lo que modernamente se denomina el Estado. A lo cual, deben agregarse muchas otras consideraciones que son objeto del estudio del tema de la libertad en la filosofía.

La vida de cada individuo humano, en consecuencia, tiene necesariamente un componente estrictamente personal y propio; derivado del desenvolvimiento del ámbito íntimo de su ser, y de aquellos comportamientos que es de su arbitrio personal adoptar, en el marco de su libertad individual, de sus percepciones de la realidad y de sus propias determinaciones.

Pero en cuanto ser ineludiblemente inmerso en un ámbito de relaciones sociales e institucionales, la vida de cada individuo está condicionada por reglas limitantes y determinantes de su conducta, especialmente en todo aquello en que su conducta afecta a otros individuos, o a elementos que la sociedad valora — y protege — en forma genérica.

Esas limitantes son de diversa índole:

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Las limitantes jurídicas — que son las más ostensibles y directamente perceptibles; son aquellas que emanan de las normas que la sociedad — en este caso personificada en el Estado — establece como obligaciones o prohibiciones cuyo incumplimiento es sancionado materialmente, ya sea castigando los delitos u obligando a compensar los daños causados a otros.
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Las limitantes sociales — cuyo grado de efectividad e intensidad son variables; tales como la condena de la sociedad hacia quienes obran de manera atentatoria contra la conciencia o los valores colectivos, o la ridiculización de quienes no se atienen a ciertos usos y costumbres (como la moda), la exclusión de quienes no comparten ciertos conceptos de un grupo, sea la fé religiosa o las ideas políticas, por ejemplo.
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Las limitantes éticas o morales — que son de carácter íntimo, y responden a las propias convicciones y percepciones personales, acerca de lo que es correcto o incorrecto.

La convivencia en sociedad, por lo tanto, siendo un componente ineludible de la vida de toda persona humana, importa la necesidad de someterse a ciertas reglas de conducta; aunque sea dentro de límites relativamente elásticos. Por otra parte, toda sociedad tiene como normas primarias aquellas que establecen su organización; es decir, ciertas estructuras que tienden a mantenerse estables a lo largo de un extenso período de tiempo, y que asignan ciertas funciones y establecen ciertas formas de autoridad a las que se asigna una legitimidad consensuada y acatada.

En último análisis, las estructuras de la organización social, son hechos de la Naturaleza. Sin que sea nuestra función asumir o exponer concepciones religiosas o filosóficas, no puede menos que reconocerse que el fenómeno de la organización de la sociedad — tal como ha ocurrido a lo largo de los tiempos y nos permite conocerlo la Historia — aunque exhiba diversidad de formas y estructuraciones, es un hecho espontáneo de la realidad humana.

Perceptible como lo es la realidad ineludible de la existencia de la sociedad humana como un elemento intrínseco de la realidad, también la realidad de su estructuración mediante el establecimiento de elementos tales como la existencia de una autoridad y de un condicionamiento recíproco del albedrío individual, resulta como una consecuencia natural de aquella.

La capacidad de raciocinio de que estamos dotados, determina que no sea dificultoso comprender inmediatamente, que no podría existir una convivencia humana en sociedad razonablemente normal, si no existieran limitantes a las conductas absolutamente libres de sus individuos. En ese sentido, la libertad, socialmente considerada, es aquel ámbito en el cual, gracias a la existencia del orden social, cada individuo puede ejercer su albedrío sin verse afectado por el de los otros, ni tampoco afectarlo.

En consecuencia, a pesar de que todo lo relativo a las relaciones del hombre en la sociedad y en la estructura cívica del Estado, parece admitir un gran margen de variabilidad — y de hecho así ha ocurrido a lo largo de la Historia — ha de tenerse muy clara conciencia de que la integración a la sociedad, el acatamiento espontáneo y voluntario de sus reglas esenciales, y la consiguiente limitación del arbitrio individual a ellas, no es una imposición artificial. La libertad, tanto como las limitantes sociales que la determinan, son una manifestación de la realidad de la Naturaleza misma del hombre como un ser necesariamente social.

Enfocado el ser humano en cuanto ser individual, sus componentes esenciales son:

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Su raciocinio — como determinante de su potencial intelectual;
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Su espíritu — como determinante religioso o filosófico;
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Su afectividad — como determinante de sus sentimientos.

Enfocado como un ser social, los determinantes esenciales de su personalidad son:

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Su libertad — como determinante de su capacidad de pensar, creer, discernir y elegir según su albedrío;
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Su responsabilidad — que como contrapartida de su libertad, es susceptible de una valoración puramente subjetiva en el plano de los valores morales o éticos — y de una valoración objetiva, en el plano jurídico, en que el ser humano es valorado en cuanto sujeto de Derecho, y por tanto titular de derechos y de obligaciones frente a los otros seres humanos, y respecto del Estado.

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