viernes, 5 de septiembre de 2008

Claudia Amengual - Lo real y lo verosimil

Lo real y lo verosímil

Claudia Amengual

Si yo le cuento que entré al hotel y miles de mariposas amarillas se agitaron en el gran vestíbulo; y que bajo el Portal de los Dulces hay un hombre que redacta cartas de amor y desamor como lo hacía un personaje de El amor en los tiempos del cólera “que pasaba sus horas libres (...) ayudando a los enamorados implumes a escribir sus esquelas perfumadas”; si le cuento que las casas tienen la fachada colonial y colorida, los balcones están repletos de flores y alguna grieta que baja por las paredes como al descuido, pero no, y que apenas se traspasa el umbral hay patios que son selvas y que la humedad es tan grande allí que en el aire hay una lloviznita permanente y casi imperceptible que lo alivia a uno del calor de la calle; si le digo que en el Convento de la Popa hay una imagen de la Virgen de la Candelaria y que cada año se la baja del cerro, en procesión, ataviada con mantos lujosos que las señoras pudientes donan, y que la colección de esos trajes puede verse tras cristales como quien admira el ajuar de una princesa; y que para llegar al convento, hay que pasar por barrios con niños que no sueñan con mantos bordados, pero a los que les haría falta un par de zapatos, por ejemplo; y que las esmeraldas se ofrecen como si fueran vidrios de colores; y que una tarde inauguraron un monumento a Cervantes y a la mañana siguiente ya no podía escribir porque alguien había robado su pluma, y que pocas horas después ya la tenía de vuelta; y si le digo que hay un pájaro negro que se llama María Mulata y que anda bebiendo agua de las fuentes en las plazas y se pasea como un perrito por las calles con aires de dueña; y que en el Castillo de San Felipe de Barajas hay un laberinto sin luz y que un guía tuvo la ocurrencia de dejarme sola por unos segundos que fueron horas, y que, en lugar de disculparse, se reía como un niño después de una travesura; y que en el Museo de la Inquisición, entreveradas con potros, desgarradores y guillotinas hay pócimas de brujas con sus respectivas recetas, y que vi gente copiándolas con esmero quién sabe para usar cuándo y contra quién; y que las mujeres muestran lo que tienen con una sensualidad desbordante que a nadie sorprende, y los hombres piropean con gracia y no ofenden; y que en esos días era posible cruzarse con Carlos Fuentes, por nombrar a un grande, entrar a un restaurante, La vitrola, por ejemplo, y ver a Gabo sentado a una mesa rodeado de gente como una estrella de cine, firmando autógrafos o, simplemente, dejándose tocar, que era a lo que muchos aspiraban como si se tratase de la reliquia de algún santo, o el santo mismo. ¿Me cree usted si le cuento?

Aunque el escritor mexicano Jorge Volpi demuestra con su obra que no es necesario pertenecer a un lugar para escribir con una impronta local determinada, parece imposible no asociar la escritura de García Márquez con la realidad mágica de Cartagena. De esa aura se cubrió la ciudad hacia fines de marzo durante el IV Congreso Internacional de la Lengua Española. Se esperaban 2500 personas, pero se acreditaron más de 7000, y medio millar de periodistas de todas partes del mundo inundaron una sala de prensa que quedó demasiado pequeña. El homenaje a Gabriel García Márquez fue el punto más alto del evento. Escucharlo contar las peripecias del envío del primer manuscrito de Cien años de soledad (la mitad del manuscrito, debí decir; y, para ser más precisa, la segunda mitad, por equivocación), las piruetas de su esposa Mercedes para sobrevivir durante el año y medio en que él se encerró a escribir, la fe que ella siempre tuvo en él y en su trabajo, las bromas que durante todo el discurso intercambió con Fuentes, en fin, escucharlo fue dejarse hechizar una vez más por sus palabras, la sensación privilegiada de ser parte de un momento histórico.

En Cartagena de Indias, como en los textos de García Márquez, lo real no importa más que lo creíble, y adquieren trascendencia aquellas reglas de juego nunca escritas en las que se estipula que se ha de creer en los imposibles por la sencilla razón de que no es lo mismo real que verosímil. Así, durante una animada charla en el hotel Santa Teresa, a la que también asistieron el español Juan Cruz y los colombianos William Ospina y Óscar Collazos, a nadie sorprendió que el periodista colombiano Daniel Samper dijera que había visto a Gabo elevarse varios centímetros del suelo. Lo dijo al pasar, sin la menor intención de causar risas, y los allí presentes continuamos la conversación como si aquello que acabábamos de oír fuera lo más natural del mundo.

En estos días, el Presidente colombiano, Álvaro Uribe, ha declarado que iniciará nuevas acciones para rescatar a los secuestrados por las FARC, entre ellos, a la emblemática Ingrid Betancourt, ex candidata a la presidencia y que está desaparecida desde 2002. Nadie sabe qué sucederá, pero cada vez que surgen estos anuncios, y se agita la frágil convivencia, soplan vientos de miedo por lo que estas acciones puedan desencadenar. Los colombianos ya llevan varias generaciones padeciendo. Si vamos a los tiempos del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, allá por 1948, que ocasionó aquella enorme protesta popular, el sangriento Bogotazo, y nos enteramos de la vulnerabilidad de los campesinos tantas veces masacrados sin distinción de edad ni de sexo; si a eso agregamos el nefasto condimento del narcotráfico y la violencia que conlleva, en fin, si analizamos eso, sabremos algo más de Colombia, pero tendremos tan sólo una visión parcial de la realidad. Porque Colombia es víctima de esa historia, es cierto, y aún trabaja para sacudirse los lastres de muerte y sufrimiento, pero es también un pueblo pujante que no se resigna a ser la piedra en el zapato de este continente. Contaba el mismo Samper que en Bogotá, hace no mucho, un grafiti decía: “Nuestro país se derrumba; y nosotros de rumba”. No es la alegría despreocupada a la que se refiere el grafiti, sino a una particular forma de enfrentar los problemas, sin victimizarse, con coraje y memoria para no volver a cometer ésos u otros errores mientras se está en proceso de pacificación. Colombia es un país que se despereza, una esmeralda en bruto que ya va tallando sus facetas y encontrando bellos fulgores en el potencial de su gente, en la riqueza de su tierra. Por eso es tan importante que demuestren lo que pueden hacer cuando se lo proponen; el Congreso de la Lengua ha sido claro ejemplo de ello. Y los que vamos y vemos, regresamos a nuestros países y contamos lo que hemos visto: un país que quiere y puede.

En estos momentos, parece alejado de la realidad hablar de una Colombia sana, pero no es inverosímil creer que la paz y la prosperidad están en un futuro próximo. Para ello trabajan los colombianos de buena fe, la mayoría por cierto. Ésas son sus reglas de juego. Y yo les creo.

Claudia Amengual - Magnolia

Magnolia

A Xavier Oquendo, poeta, amigo en la risa

A cada uno le llega el día
de pronunciar el gran Sí o el gran
No.
KONSTANTINO KAVAFIS (1901)

Hay un mundo en el que algunos hombres caminan hacia atrás. Y en ese mundo hay una ciudad que se llama Magnolia y un parque circular dentro de esa ciudad. Todos en el parque, sin excepción, caminan hacia adelante. Y hay una gran calle en ese parque, que lo circunda de tal manera que si uno entra por la única verja y va hacia derecha o izquierda, al cabo de mil horas de paso ágil llega al punto desde donde partió. A esa calle le llaman el primer camino y tiene el amarillo triste del albero que recuerda el horror de las plazas de toros. La gente se cita para dar paseos mientras habla de la vida que se va y del pasado a cuestas. Otros trotan a su aire, ajenos al bullicio de las voces y los ecos de las almas que han quedado flotando en el ambiente mareadas de tanto girar. Algunas de ellas salieron para comprobar que ya no tenían cuerpo adonde ir y prefirieron volver a la eternidad segura de ese limbo circular donde nadie pide cuentas.

Algún paisajista maldito debió de diseñar este parque para vengarse de un amor frustrado o de una traición dolorosa que le arruinó las ganas de vivir. Y es de suponer que dedicó a tal fin lo más destilado de sus rencores, y consumió los días en perfeccionar la obra, sin sueño ni descanso. Es necesario mucho amor, o mucho odio, para construir algo tan endiabladamente bello. Solamente quien ha amado alguna vez y ha esperado la llamada que siempre llega tarde, quemando sus horas en una abulia triste que es casi como no ser, solo aquel sabe que en el amor se tocan la vida y la muerte. Solamente quien ha amado, sabe cuánto puede odiar. Por eso ya nadie discute si el parque es hijo del amor o del odio, porque, al final, termina siendo lo mismo.

El primer camino es una trampa. Quien empieza su recorrido hacia el poniente va envejeciendo a cada paso, en tanto, los que van hacia el alba, recuperan la juventud desvanecida. En algún punto, los caminantes se encuentran. Jamás se reconocen porque han perdido la noción del tiempo y son demasiado viejos o demasiado niños como para distinguir a los que vienen en sentido contrario. Lo que estos caminantes ignoran es que ya sea hacia un lado o hacia el otro, el primer camino conduce a la nada. Los que van hacia el poniente devoran las horas de vida con una velocidad insólita y acaban tendiéndose extenuados, las articulaciones vueltas nudos, arrugada la piel, la boca seca. La muerte les llega en silencio, sin una queja y los cuerpos retorcidos se transforman en olivos que coronan el camino a ambos lados. Los que van hacia el alba atraviesan la ternura de la infancia sin plena conciencia del futuro blanco que les espera, y apenas caen al suelo, sin fuerzas en las piernas para caminar, la piel también arrugada, pero rosa, la boca húmeda de balbuceos incomprensibles, es poco después, decía, que desaparecen en la nada de la que alguna vez vinieron.

Lo cierto es que el primer camino está rodeado por una reja de dibujo amplio, con espacios tan grandes entre sus firuletes que dos hombres peleando podrían pasar por ellos. Pero, aun así, a nadie se le ocurre ingresar al parque por otro lado que no sea la verja principal, y el guarda vestido de impecable azul duerme en su caseta un sueño tan apacible que muchos creen que es una pieza de adorno y pasan a su lado sin ver que, cada tanto, los ojos se agitan bajo los párpados cerrados. Del otro lado, acompaña el camino un sendero ancho, donde hay un césped que nadie corta porque crece solo hacia los lados y teje una maraña espesa de hilos verdes que se detienen justo al llegar al camino. No hay cartel que lo indique, pero a nadie se le ocurre pisar este césped, ni tenderse en su frescor después del rocío para adivinar las formas de las nubes.

Al otro lado del sendero, hay un segundo camino, que acompaña la forma de los otros y que, por lo tanto, constituye un círculo más pequeño que el primero, pero igualmente enorme, tan grande que un barrio mediano de la ciudad cabría en el área que encierra. Nadie sabe cómo se accede a él porque lo rodea el sendero del césped que no se pisa. Persiste, por lo tanto, el enigma de saber cómo llegan a sus pedregullos los hombres y mujeres que andan en puntillas para no hacer ruido. Algún observador desprevenido anotó una vez que tal actitud era por no lastimarse los pies, y bastó con que los hombres y mujeres apoyaran sus plantas descalzas y caminaran con fuerza durante unos segundos, para que el ruido atronador de las piedras quebrándose hiciera enloquecer al hombre que desde ese día también va en puntillas y sin zapatos por miedo a ser diferente.

En el parque nunca llueve, pero tampoco hay sol. Una nube ambarina lo cubre de día y se abre en las noches para que entre de lleno la luna a bañar las flores. Estas flores frías, regadas con luz de plata, cubren una franja interior al segundo camino, una franja estrecha que podría abarcarse con los dos brazos extendidos, abiertos en cruz. Pero hay algo inexplicable en la belleza glacial de las flores de luna: quien las mira se congela en un éxtasis que le impide ver al otro lado. Y es común encontrarse a un hombre en puntillas adorando una flor con la mirada ausente sin la menor curiosidad por saber qué mundo gira en el círculo inmediato.

En el círculo inmediato hay un camino azul donde un hombre y una mujer se citan a toda hora, a cada minuto desde que existe el tiempo y hasta que ya no exista. Él está en un extremo del sendero y Ella en el opuesto, separados por un ángulo de perfectos ciento ochenta grados que nunca se altera porque los dos caminan al mismo paso. Da pena verlos buscarse, alimentar la esperanza de que en cualquier momento algo sucederá, un mínimo cambio que tuerza las circunstancias y que, por fin, después de tanto, de siempre, puedan fundirse en un abrazo. Él jadea desesperado cada vez que el viento le trae los olores del cuerpo de Ella; y Ella cierra los ojos sin dormir, a ver si en sueños logra alcanzarlo. Y así se les van las horas, con una frustración inmensa anegando el pensamiento. Bastaría un apurar Él, un enlentecer Ella, un detenerse en un punto, para que el encuentro fuera cuestión de segundos. Pero no lo saben y esperan que algún temblor divino altere la aparente inmutabilidad de las cosas. Mientras tanto se desean y caminan.

Un foso corre por dentro del tercer camino. Tiene agua hasta los bordes y, a falta de lluvia, es posible que se alimente de napas que vienen directamente de las entrañas ardientes de la tierra. Por eso es agua caliente, tan caliente que cualquiera que cayera en ella moriría al instante. Como mueren los pájaros que vienen a beber y quedan flotando con las alas quemadas. Por la noche, los ojos de los pájaros brillan y el foso se cuaja de estrellas. Al otro lado del foso está el cuarto camino que coincide con el centro del parque. Es tan rico en formas y colores, sonidos y perfumes que harían falta todos los libros para contenerlo. En este cuarto camino hay personas, animales, fábricas y selvas. También bosques y desiertos. Se hace el amor tanto como la guerra; la gente nace y muere con naturalidad. Casi todos sufren la conciencia implacable del paso del tiempo. Quizá por eso andan tan apurados, pero si uno les pregunta adónde van, no están muy seguros. Solo saben que caminan hacia una muerte segura. A eso, algunos le llaman Vida.

***

Mañana iré a Magnolia y no venceré la tentación de entrar al parque. Lo sé porque está predestinado, lo llevo marcado en la frente desde que nací. Todos sabemos que algún día habrá que tomar la decisión. Sé de algunos que no se han animado y permanecen fuera del parque engañados por la mentira atroz que se han inventado para justificar la incapacidad de atravesar sus miedos. He vivido todos estos años solo para ese momento en que cruce la verja y el parque me trague con sus fauces alucinantes y ya no pueda volver. Me pregunto si una vez dentro, recordaré lo que ahora sé: que hay cuatro caminos, que uno conduce a la nada, que no hay que acercarse al foso de los pájaros muertos, ni congelarse en la contemplación de las flores de luna, que no me lastimará ser diferente si apoyo la planta plena, que puedo vencer las distancias perennes de ciento ochenta grados con un mínimo cambio en mi ritmo de andar. Me pregunto si llegaré al cuarto camino, si seré persona y haré el amor y la guerra con la misma locura desatada; si el tiempo me acosará con su despotismo, si llamaré Vida a esa carrera desbocada tragando todo a mi paso, amontonando cosas con la ilusión estúpida de ser yo solo por tenerlas. Si creeré, por fin, la mentira más terrible con la que se engañan los hombres que viven afuera. Esa leyenda falsa según la cual el único que se salva es el que camina para atrás.



Cuento inédito

Claudia Amengual - Matar una cucaracha

Matar una cucaracha



Yo decidí no matarla. Sé que fue un acto consciente como buscar un poema en un libro cualquiera o elegir las mejores manzanas en la feria. Me detuve a pensar unos segundos y decidí que no. Y hasta creo que sentí un leve orgullo al vencer el reflejo natural de aplastarla. Un tipo racional, un tipo con dominio de sus reacciones, mi cerebro domesticando los instintos. Todo eso pasó por mi mente con la velocidad necesaria para que el orgullo naciera inesperado y me hiciera sentir mejor persona. "Mañana es lunes" pensé y ni siquiera la perspectiva de volver a mi oficina parda, sin ventanas ni sombras; ni siquiera el presente asfixiante de la tarde de domingo, nada pudo con aquella sensación fresca de sentirme un hombre capaz de tomar decisiones.

Estaba picando las cebollas cuando la vi deslizarse desde la puerta del baño y entrar a la cocina pegadita a la pared, donde ella sabía que era más difícil plantarle encima el zapato. Lo sabía porque las cucarachas tienen una memoria que les viene desde la eternidad; por eso resisten tanto, porque aprenden de las otras y saben que no hay que exponerse en lugares demasiado abiertos donde un pisotón es el fin. Y se quedó quietita mientras yo machacaba las cebollas hasta deshacerlas en una pasta blancuzca, bastante asquerosa. La hubiera matado, pero tenía los ojos cargados de lágrimas y un ardor que no me dejaba ver más allá de la tabla de picar. Y fue ese tiempo mínimo, mientras el llanto sin tristeza me lavaba los jugos de la cebolla, fue ese tiempo que me permitió pensar si tenía sentido matarla.

Era mi primera vez y estrenaba sensaciones cruzadas de piedad y de omnipotencia. La cucaracha se quedó esperando y yo puse la cebolla en una sartén.. Prendí el extractor de aire, pero lo apagué. El ruido se interponía en esa curiosa paz que había alcanzado. A nadie iba a molestarle el olor a cebollas y yo podía estar a gusto con el crepitar del aceite hirviendo y mi nueva condición de buena persona. Me puse a pelar las papas con un ojo puesto en la cucaracha que apenas movía las antenas y esperaba. "Si se mueve... si se mueve", pensaba, "si viene hacia mí, la mato". Pero no se movía, seguía junto a la pared, muy cerca de la puerta y yo pelaba las papas con un arte que aprendí Allá y que da envidia porque la cáscara sale finita, como un papel transparente.

Si habré aplastado cucarachas en estos cincuenta y tres años. Y siempre para sofocar el grito de alguna mujer. Primero era mi madre, después Gloria, después mis dos hijas. Solo la nieta no grita. Le gustan las cucarachas y a veces juega con ellas. Se las mete en la boca, como si fueran dátiles y todos corren desesperados y la obligan a escupir, pero yo creo que una cucaracha es menos peligrosa que un dátil, porque las cucarachas no tienen carozo. Los dátiles, sí. Mi nieta come cucarachas. Mi nieta... Si casi no me dejan verla. Gloria me la trae a veces, a escondidas. Me la trae para que nos vayamos conociendo. Debe de andar por el año, un poco menos quizá, ya perdí la cuenta. Aquí se pierden todas las cuentas y todos los partidos, todo se pierde aquí adentro. Mi casa ya no es mi casa, es una cocina en la que preparo una tortilla. Y una cucaracha que me mira. Me mira y espera.

Corto las papas en dados perfectamente iguales y se van a freír al aceite con las cebollas. Bajo la intensidad de la llama. Siempre es mejor cocinar a fuego lento. La cucaracha se ha movido unos centímetros, pero su mirada sigue clavada en mí. Empiezo a inquietarme. Junto las cáscaras y tiro todo a la basura. Guardo un trozo de pan en la alacena. Apenas me descuide, va a trepar a la mesada para andar entre la comida. Pienso si no será mejor matarla de una buena vez. Si cayera en la tortilla y alguien la encontrara, no me dejarían cocinar nunca más. Como tampoco me dejan estar con mi nieta. Todo porque come cucarachas y ellos creen que yo se las doy, pero no es cierto, ella las busca y se las lleva a la boca. Yo nada más la miro. Y ella me mira.

La cucaracha se mueve hacia mí. Me pongo en guardia. Se detiene y yo pienso que está presionándome demasiado, que pone a prueba mis nervios. No voy a descontrolarme esta vez. Mañana es lunes y vuelvo a la oficina, y hoy es domingo de tarde, la peor hora de cualquier vida, hoy es domingo y todos duermen la siesta. Y yo aquí, batiendo cinco huevos hasta que logro una espuma amarillenta y la largo encima de lo otro, revuelvo un poco, bajo todavía más el fuego. Me quedo un rato mirando cómo va coagulándose el líquido alrededor de las papas y las cebollas.

¡Olvidé la sal! ¡La sal! Todos van a darse cuenta en la cena. Olvidé la sal y ahora ya es tarde para agregarla. Y volverán a decirme que no sirvo para nada, que ni una mísera tortilla soy capaz de hacer. Volverán, como todos los días, como cada día desde hace un tiempo, me dirán que soy un inútil, y alguien sugerirá que debo volver Allá, que nunca debieron traerme. Y Gloria dirá que aquí estoy mejor, que cualquiera olvida un puñado de sal, que no es para tanto. Pero los demás insistirán hasta que Gloria se tape los oídos como la última vez y grite que la dejen en paz, que ella me cuida, que mi lugar es junto a ella. Y yo trataré de abrazarla, pero mis manos estarán duras, paralizadas por el miedo y me quedaré quieto mirando mientras los otros gritan, mis hijas, mis yernos, y Gloria llora y dice que la dejen en paz, que nos dejen en paz, que se vayan a vivir a otro lado, que ella me cuida. Y yo quiero decirle que no se preocupe porque yo cuido de ella.

Pero no puedo, estoy muerto de miedo parado junto a la pared con los músculos inertes. Sé que es ahora cuando debo dar vuelta la tortilla. Sé que un minuto más y empezará a quemarse y se pegará al fondo y se habrá estropeado la cena. Y dirán que no es solo la sal, que tampoco sirvo para dar vuelta una maldita tortilla, que para nada sirvo, que tendría que volver Allá. Pero yo no quiero. Yo quiero que sea domingo y que mañana sea lunes y yo vuelva a mi oficina parda sin ventanas ni sombras, la misma oficina de los últimos treinta años. Y que Gloria cebe mate para los dos y comamos galletas con queso. Que busquemos un tango en la radio y yo la invite a bailar, la tome por la cintura y ella se deje llevar. Que se ponga colorada si las nenas entran y yo le diga que no importa, que ya están grandecitas, que entienden, que pronto buscarán novio y se irán a otra parte. Y Gloria apretada contra mi pecho, me dirá cuánto me quiere y cerrará los ojos mientras bailamos.

La cucaracha siente mi miedo y avanza. Sabe que estoy paralizado y viene hacia mí. Parece levantar una pata y señalarme. Me ha visto. Ahora estoy seguro. Me ha visto y avanza. El olor a quemado es leve pero yo sé que es cuestión de segundos para que todo se eche a perder. Y todos me dirán inútil, se agarrarán la cabeza, me gritarán, le gritarán a la pobre Gloria. "¡Déjenla tranquila!" les digo, pero nadie me escucha. Solo me permiten este espacio blanco de la cocina. Y hoy ni siquiera eso. Quemé la comida. Tienen razón, no sirvo. Todo por esa cucaracha, esa maldita cucaracha, asquerosa cucaracha que me mira. Me mira y se acerca y juraría que algo dice, pero no, no estoy loco. Viene hacia mí; tendría que haberla matado apenas la vi asomar sus antenas repugnantes. Viene hacia mí, me huele y, ahora sí, ahora sí, estoy seguro, algo dice, son sonidos, algo dice... y avanza. Y la tortilla ya es un franco despojo de papas carbonizadas y el humo empieza a ganar mi aire. Y ellos no tardarán en venir y me dirán que soy el mismo inútil de siempre. Que no soy capaz de hacer una tortilla. Ni de matar una cucaracha.

Levanto mi pie y lo bajo con violencia. Le aplasto la cabeza contra el piso frío de la cocina. Grita. Chilla y se retuerce y yo vuelvo a descargar mi pie con furia. Una y otra vez. Agita las antenas, las patas, las inmundas patas, chilla demasiado. Muevo mi pie sobre su cabeza hasta que veo un líquido viscoso que me ensucia las suelas. El humo es negro y huele muy mal. Pronto vendrán todos, pero ya no me dirán que no puedo matar una cucaracha. Pronto vendrán todos al oír los gritos desesperados de esta cucaracha maldita que me ha hecho quemar la comida. Pronto vendrán todos a insultarme, a decirme que estoy loco, que nunca debí salir de Allá. Y verán a la cucaracha que se resiste a morir, que ahora es una masa viscosa de pelos y sangre, una mancha desfigurada sobre el suelo de la cocina, unas patas agitándose apenas, unas manitos, ¡Dios mío!, unas manitos...

Ya vienen, puedo oír sus pasos por el pasillo, vienen muy rápido, corren. Corren desesperados. Están locos. Todos van a gritar, todos van a gritar mucho. Y Gloria llorará por mí, por sus hijas, por su nieta...

domingo, 31 de agosto de 2008

Comentario del poema Millonarios - Juana de Ibarbourou

Guía para el análisis del poema Millonarios de Juana de Ibarbourou


Introducción:

Escribe una oración general sobre los jóvenes y relaciónala con el contenido de este poema. Conecta esta idea con el poema, menciona el autor, y el título.

Desarrollo.

En tu desarrollo explica los siguientes aspectos.

Lee el poema
Determina qué tipo de poema es
Escribe tu primera impresión sobre el poema que incluye tu comprensión y la generalización del tema.
Refiérete a la estructura del poema.
Cantidad de versos.
Rima.
Tipo de versos según el número de sílaba.
Explica en un párrafo la estructura y demuéstralo o sea haz las correspondientes citas
(escribe los versos )
¿Por qué podemos decir que este no es un soneto clásico italiano? Demuéstrelo.
¿Por qué crees tú que Ibarbourou decidió romper el esquema de un soneto clásico italiano? Demuéstrelo.
Analiza el primer cuarteto.
¿Qué dice en el primer verso? Coméntalo.
¿Cuántas partes tiene este verso? ¿Qué sugiere en cada una de ellas?
¿Cuál es la motivación de la voz poética?
¿Cómo quiere ella que sea el momento bajo la lluvia?
¿Por qué crees tú que ella escoge el momento bajo la lluvia?
Describe el escenario de los hechos.
¿Cómo describe ella a los enamorados?
Interprete descalzos y ligeros de ropa.
¿Por qué crees que la autora escogió este escenario?
¿Qué recurso poético utiliza la autora para describir el efecto de la lluvia sobre el cuerpo?
¿Por qué podemos decir que en la primera estrofa ya tenemos el escenario y la motivación?
¿Cuál es el tono que se percibe en este poema?
Interprete el primer verso del segundo cuarteto. ¿Cuántas partes tiene? ¿Qué dice en cada una?
Analice las razones que da la voz poética para justificar sus acciones
¿Cuál crees que sea la actitud de la poetisa Juana Ibarbourou hacia el amor de los jóvenes?
Interprete la comparación que hace la voz poética entre la naturaleza y el amor de los jóvenes.
Identifica el siguiente recurso poético que en la vía se arrulla.
Análisis de de los dos tercetos

¿Qué describe en el primer verso?
¿Cuál es la contradicción que se describe en este terceto?
¿Qué recurso poético emplea la autora para comunicarnos esta idea?
Interpreta la contradicción que se describe en este terceto entre la pobreza y la riqueza.
¿Cuál es el concepto que tiene la autora sobre la felicidad?
¿Qué recurso poético se aprecia en los versos 9, 10 y 11?
¿Quiénes son los millonarios?
¿Cómo ve el amor esta autora?
Conclusiones del ensayo-análisis.

En un párrafo:

Refiérete a tu comprensión del tema en una sola oración, demuestra que entendiste el poema profundamente.
Di cuanto te gustó o impresionó el poeta
Destaca los valores que encuentras en este poema.

Análisis del poema Millonarios de Juana de Ibarbourou
Los jóvenes muchas veces ignoran el qué dirán para unirse en la pasión y el goce del momento. El poema de Juana Ibarbourou Millonarios es un soneto que canta al amor en libertad.

La estructura de este soneto no sigue la forma de un soneto clásico estilo italiano como los de Garcilaso de la Vega, sino que hay algunos cambios

Tó ma me de la ma no Vá mo nos a la llu via 14 sílabas


des cal zos y li ge ros de ro pa, sin pa ra guas, 14 sílabas


con el ca be llo al vien to y el cuer po a la ca ri cia 14 sílabas


o bli cua, re fres can te y me nu da, del a gua. 14 sílabas

Los versos no son endecasílabos sino alejandrinos (14 sílabas). La rima predomina asonante y no consonante ABAB en el primer cuarteto rima libre en el segundo cuarteto todos los versos son sueltos ( no tienen rima) mientras que en los tercetos se vuelve a retomar la rima asonante en los versos 10, 11 y 12 CDD DED quedando sueltos los versos 9 y 13. De este modo estamos en presencia de un soneto contemporáneo que no sigue los preceptos de los sonetos clásicos.


¡Que rían los vecinos! Puesto que somos jóvenes -
y los dos nos amamos y nos gusta la lluvia, -
vamos a ser felices con el gozo sencillo -
de un casal de gorriones que en la vía se arrulla. -

Más allá están los campos y el camino de acacias C
y la quinta suntuosa de aquel pobre señor 10D
millonario y obeso, que con todos sus oros, 11D

no podría comprarnos ni un gramo del tesoro 12D
inefable y supremo que nos ha dado Dio
ser flexibles, ser jóvenes, estar llenos de amor.14D

Ibaurbourou creó su soneto fuera de toda norma. La forma del poema está en perfecta conjunción con la intención de la autora que sería demostrar como en la vida el amor de los jóvenes sobrepasa cualquier creencia tradicional de la concepción de la felicidad. La felicidad no se puede encerrar en lujos o palacios hermosos; va libre como en este soneto bajo la lluvia de la mano los dos amantes.

Esta idea no resiste esquemas clásicos o tradicionales, rompe cualquier barrera. Por eso, que mejor forma para expresar esta idea que romper el esquema del soneto clásico italiano.

En el primer cuarteto la voz poética establece su intención de vivir un momento de goce con su amor bajo el amparado natural de la lluvia. La lluvia sugiere, la persona enamorada invita.

En el primer verso podemos comprender la motivación de la voz poética: disfrutar bajo la lluvia" Tómame de la mano. Vámonos a la lluvia." El verso se divide en dos partes. La primera es una petición y casi una exigencia: "Tómame de la mano."En la segunda parte del verso la idea continua en el siguiente verso y hay un encabalgamiento que sigue hasta el final de la estrofa. La autora se vale de este recurso para insistir en la continuidad de los requisitos para esta aventura.

"descalzos y ligeros de ropa," y aclara "sin paraguas," Esta aclaración refuerza su deseo de estar al aire libre para disfrutar más.

Luego en el siguiente verso sigue describiendo su fantasía de cómo quiere que este momento de amor bajo la naturaleza se consuma. La voz poética nos resuelve "con el cabello al viento " y aún más el cuerpo estará en contacto con el agua fresca como elemento natural.

Para enfatizar esta imagen de los jóvenes enamorados bajo la lluvia utiliza la fuerza de ésta para incorporarla a su entorno, al ambiente perfecto de esta aventura. La lluvia acariciará sus cuerpos de forma "oblicua, refrescante y menuda "con la utilización de varios adjetivos para referirse al agua (adjetivación) logra una descripción muy sugerente de este momento de inocente placer.

En la primera estrofa ya tenemos el escenario con sus personajes y su motivación. El ambiente natural y la alegría de estos jóvenes se percibe inmediatamente.

En la segunda estrofa (segundo cuarteto) el primer verso también tiene dos partes. En la primera parte se vuelve a los demás, tal vez los espectadores o quizá los posibles espectadores ¡Que rían los vecinos! Lo hace con desenfreno, sin importarle. Hay una exaltación. Sube el nivel de entusiasmo y culmina la idea dando las razones por las cuales es importante que hagan esto. La voz narrativa se siente perdonada y justifica sus acciones con tres razones que van disminuyendo en importancia hasta disolverse en la simplicidad de la naturaleza a través de la lluvia dice "Puesto que somos jóvenes" Primera razón y la más importante en un segundo orden "los dos nos amamos" y finalmente la más simple y de valor circunstancial "nos gusta la lluvia," Y otra vez el recurso poético utilizado es el polisíndeton con la repetición de la conjunción y. Continúa el tercer verso del segundo cuarteto con una sentencia que reafirma la idea principal de la voz poética y su seguridad de que "vamos a ser felices".

Se puede apreciar el valor de la naturaleza en este soneto pues no solo la lluvia sino también la naturalidad de la conducta con los cuerpos bajo la lluvia con el pelo al viento. Este proceder de los enamorados se compara con la sencillez de lo natural; y lo dice directamente" con el gozo sencillo" igual que dos seres libres y espontáneos: dos gorriones que de manera casual se arrullan en la vía. Y llega elegancia y belleza con el hipérbaton que completa el cuarteto "que en la vía se arrulla".
En los dos tercetos se vuelve al mundo a su alrededor. Primero, también el mundo natural "los campos", "el camino de acacias. Ahora se centra en una persona que completa el cuadro con un acertado recurso poético paradoja y le llama pobre aunque es millonario. La contradicción de estas dos ideas pobreza frente a riqueza sitúa al lector ante la clave del concepto de la felicidad que posee la autora: el dinero y la riqueza per se no engendran felicidad. La autora continúa el desarrollo de esta idea con otro encabalgamiento que en este caso se prolonga desde el versos once hasta el verso trece pues plantea

"que con todos sus oros

no podría comprarnos ni un gramo del tesoro
inefable y supremo que nos ha dado Dios"

¿Quiénes son los millonarios? Es el señor en su quinta suntuosa o son los jóvenes?

La contraposición elegante y muy acertada nos expresa que la voz poética disfruta de un tesoro diferente, espiritual y duradero dado por Dios que es el amor.

Este amor es natural y libre por eso se asocia con los elementos de la naturaleza: lluvia, viento y gorriones en medio de los campos y los árboles (las acacias) mientras que el señor es un millonario obeso y tal vez viejo rodeado de oro, en su quinta suntuosa.

Y como ellos poseen cosas distintas en cuanto al valor; los jóvenes tienen un valor espiritual mientras que el señor millonario posee riqueza material; entonces la comparación refuerza el mensaje central que podría interpretarse como el amor es lo supremo en el ser humano, se materializa de modo natural en los jóvenes y se disfruta libremente. De este modo cierra el poema con el último verso ser flexibles, ser jóvenes, estar llenos de amor. Este tesoro más valioso que cualquier riqueza material se los ha dado Dios.

Este bello poema de Juana Ibarbourou encierra una imagen hermosa del amor de los jóvenes. Los millones que el amor representa no se pueden medir con gramos de oro porque este elemento espiritual es común, pero extraordinario, por eso va expuesto en un soneto con marcada originalidad creadora.