LOS HERALDOS NEGROS
Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!
Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema
Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
lunes, 2 de marzo de 2009
Análisis de Continuidad de los parques
El tema de esta obra se presenta ya en el título, dado que “continuidad de los parques” es precisamente el planteo del punto de fuga. Existen, para Cortázar, mundos paralelos que no podemos verificar, pero como también existen fisuras de esos mundo, a veces logramos ver algún aspecto de ellos. Esta continuidad de los parques es el punto de fuga, el punto por el que se pasa de una ficción a otra. La comunicación de estas ficciones son los parques, uno el del lector de la novela y el otro es un bosque donde está la cabaña en que se reúnen los amantes. Ambas ficciones se juntan, porque estamos ante la literatura fantástica. Este concepto implica la aparición de un ambiente cotidiano donde aparecen elementos raros, hasta que en esta atmósfera irrumpe un elemento fantástico, inexplicable, sobrenatural, que amenaza a los personajes.
Para Cortázar, la literatura es un juego, en el que el lector debe ser partícipe, sino éste no tiene sentido, ni el juego, ni la literatura, ni el hombre mismo, ya que él lo define como “homoludens”.
Este texto se podría dividir en dos partes, desde el aspecto formal y desde el contenido. Desde el punto de vista formal vemos que hay dos párrafos, y si miramos atentamente el contenido de esos párrafos, veremos que se corresponden con las dos ficciones y con su unión. El primer párrafo contiene la ficción del cuento y la de la novela, que conocemos desde el punto de vista del lector, pero siempre desde un narrador omnisciente y exterior. Y el segundo párrafo habla de la fusión de estas dos ficciones. En este juego planteado por Cortázar, se reitera el número dos, y la matemáticas no juega con las reglas conocidas, ya que uno más uno, no será dos, sino tres. Lo mismo pasa con estos mundos que tampoco juegan con las reglas conocidas: hay una ficción que se mezcla con otra aunque eso sea imposible.
En la primera parte vemos la presentación del lector de la novela. Este es un lector hembra, es decir un lector pasivo, que no se compromete con la lectura, que se deja llevar por ella, y que lee para evadirse. Este es un lector que no sirve, para Cortázar. Este autor, adhiriéndose a la idea de Umberto Eco de “obra abierta” espera que el lector sea activo, sea un co-autor, y que construya con él la historia. La lectura de evasión no involucra al lector, y éste debe saber que se juega la vida en cada lectura, sino es así, el leer no tiene sentido.
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes.
Este es un lector de ocasión, lee cuando tiene tiempo, su vida no está en la lectura, sino en sus negocios, que le importan mucho más. Por eso interrumpe la misma, son más urgentes sus negocios que se oponen al vuelo de la literatura. Los negocios dan de comer, la literatura no, por lo menos en apariencias. El problema es que el hombre no sólo es comida y trabajo, sino mucho más que eso. Él tiene la voluntad de ir leyendo, de no abandonar la novela, pero lo que importa es la forma de leer, lee para escapar de los negocios, para divertirse, y no hay entre la lectura y él una lucha, sino más bien un “dejarse interesar por la trama”. Desde el principio, la lectura gana la partida que él ni siquiera se da cuenta que está jugando. La trama son los acontecimientos de la historia, ordenados por el narrador. Ni si quiera hay de parte de él una construcción de la historia, la consume digerida. La metáfora que apoya esta idea es “por el dibujo de los personajes”: él no mira la profundidad de los personajes sino su parte exterior. Todo personaje, como toda persona, es mucho más que sus apariencias, tiene sus contradicciones y sus propósitos, que no siempre son claros, ni siquiera para él mismo. Si miramos el dibujo de los personajes y de las personas, sólo vemos lo obvio y exterior, perdiéndonos de un riquísimo mundo que se esconde en el interior.
Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles.
Complementando la visión de este lector hembra, vemos también que él es rico. Lo tiene todo. Una mansión, un apoderado que se dedique a sus negocios, un mayordomo, un parque para él sólo, una biblioteca. Todo esto no le sirve frente a lo que va a suceder, porque quien tiene todo, no necesita de la literatura, porque no puede reconocer sus vacíos. Este hombre potentado lee para evadirse porque no tiene vacíos, sino que quiere jugar a meterse en un mundo diferente, sólo que este mundo se meterá en el suyo y lo amenazará.
Es un hombre mezquino: discute con un subalterno una “cuestión de aparcerías”. Si a él le sobra, qué necesidad hay de discutir sobre cosas tan mínimas. Esto nos muestra que él no puede separarse de la plata, de lo material, de los negocios, por eso tampoco puede disfrutar de la literatura. Sólo después de resolver lo de su mundo, y encontrar todo en orden, puede sentarse a leer frente al parque de robles. Y la idea de parque no es casual, dado que un parque es un lugar inofensivo con árboles ordenados. Este lector necesita orden y tranquilidad para poder leer. Un lector verdaderamente comprometido y apasionado por la lectura, no necesita nada para comenzar esa lucha. Lo hace con placer, en cualquier lugar que se le proponga y en cualquier forma que esta lucha aparezca: así es un lector macho.
Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos.
Necesita de toda la comodidad, un sillón favorito, que no lo interrumpan, porque eso lo “irrita”. Es interesante ver que esta mención a la irrupción será como una especie de anticipo del final, ya que el lector será interrumpido, por la misma ficción que está leyendo, y será ingenuo al no verlo. Otro dato importante que anticipa el final y lo explica es la mención al terciopelo verde del sillón. Es este dato, entre otros, que empieza a revelarnos lo que realmente está pasando. El lector acaricia el terciopelo como forma de disfrutar de dónde está, y como para no dejarse llevar totalmente por la ficción.
Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles.
Aquí se platea el juego entre el lector y la novela, este juego es agónico, y si el lector fuera otro, podría manejarse de otra manera. Este lector no hace un esfuerzo para leer, porque retiene lo que necesita para entender lo que pasa superficialmente: los nombres y las imágenes. Esto no quiere decir que realmente entienda lo que lee. Ve y no ve. Los protagonistas de la novela están planeando su crimen, y él ve y no entiende realmente qué pasa.
Entre la ilusión novelesca y él se produce un juego de seducción, la ilusión lo gana en seguida, él se deja seducir, y eso implica perder el poder de manejar la situación. Esta relación lector/novela, empieza a parecerse a la relación sexual, hombre/mujer. A través de las palabras “gozaba del placer casi perverso”, podemos encontrar esta relación. Este juego erótico genera un placer, y la perversión está en ese irse dejando llevar por la ficción de la novela y a su vez tocar el terciopelo verde para recordarse dónde está. Y este recordatorio se refuerza con la confirmación de su entorno: los cigarrillos y el parque más allá de los ventanales. La metáfora “irse desgajando línea a línea” nos adelanta también el final. El personaje se irá perdiendo en cada línea que lee, va dejando parte de sí sin saberlo, ese es precisamente el peligro. Este peligro también se ve en la personificación del viento: “danzaba el aire del atardecer bajo los robles”. El aire tiene vida propia y le da vida al parque, por donde vendrá el peligro que el mismo lector ignora. La referencia al atardecer será otro dato que nos explique la correspondencia entre el mundo de la novela y el del cuento. Mientras en el cuento atardece, en la novela “empezaba a anochecer”.
Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte.
Éste es el final de la primera ficción. En este enunciado podemos ver cómo se da este juego. Cada expresión pertenece a una de las ficciones: “palabra a palabra, absorbido” esta expresión pertenece a la ficción del cuento, es el lector quien se encuentra absorbido; “por la sórdida disyuntiva de los héroes” se refiere a la ficción de la novela. Este diálogo por el cual el lector se siente absorbido es sórdido, oscuro, traicionero. Es interesante reparar en la palabra “disyuntiva” que sugiere otra vez el número dos. Estos personajes de la novela tienen dos alternativas y están tomando una decisión. La expresión “dejándose ir hacia las imágenes” vuelve a mezclarse en el enunciado y mira una vez más a la condición pasiva del lector del cuento; “que se concertaban y adquirían color y movimiento” ahora vuelve a la novela que empieza a tomar vida propia, así lo ve el lector, estos personajes empiezan a moverse por sí solos y el lector no ve el anticipo de esta situación, sino que lo siente como algo divertido. Es el final de este enunciado que muestra la sumisión absoluta del lector, que ahora es testigo del encuentro de estos amantes. Ser testigo implica no involucrase, sino ver, pero este lector que se encuentra en peligro no ve cuánto está involucrado en él.
Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama.
Vemos que entramos en la segunda parte porque cambia el ritmo de la historia, y cambia el punto de vista del narrador. Ahora éste se mete en la cabeza del lector de la novela y desde ahí cuenta lo que está leyendo. A su vez la narración se vuelve cinematográfica, porque predominan las imágenes. Se presentan a los protagonistas de la novela: la mujer y el amante, y todo se hace vertiginoso. La mujer está “recelosa”, es decir se siente temerosa, desconfiada. Se siente observada, y lo está. Pero quien lo hace no sabe qué está viendo en realidad. Si fuera un lector macho, ambos estarían perdidos, porque el lector no sería un testigo, sino o un cómplice o un estorbo para sus planes.
Es interesante ver que ese parque que se continúa, ahora es el bosque que oculta la cabaña y lastima al amante. Mientras el parque da tranquilidad al lector, por su orden y porque lo mira de lejos, en la novela, el bosque tiene otro desorden, es agresivo con los amantes, pero también los oculta.
Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
Entre ellos no sólo hay una relación de amantes, sino que también hay una relación vampiresca. Ella besa a su amante y limpia con ellos la sangre de la herida. La unión de ellos es por la sangre, por lo tanto están unidos por la pasión absorvente e inseparable, y a su vez están unidos por el proyecto de matar. Esta es una unión mucho más profunda que la simple relación de amantes. La sangre es símbolo tanto de vida como de muerte, y en los dos aspectos están unidos.
Pero este encuentro es diferente a todos los demás, por eso él rechaza las caricias. La relación entre ellos tiene otra característica que es la de ritual. Su encuentro es una “ceremonia”, algo sagrado, pero que siempre se repite de igual manera. Esta vez será diferente porque hay un proyecto que supone una esperanza de libertad. Su encuentro es secreto, porque son amantes, sin embargo nada hace suponer que sean amantes porque exista una relación de infidelidad. En ningún momento se dice que el lector de la novela sea casado, y por lo tanto nada nos hace suponer que la mujer sea su mujer. Si explicáramos el texto así, lo banalizaríamos y perdería su característica de fantástico.
Sin embargo, ellos están escondidos, y ese bosque que era agresivo para el amante, también es cómplice de ellos... oculta la cabaña. La expresión “protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos” se vuelve polisémica (muchos sentidos) en este contexto. Las hojas secas del bosque y los senderos ocultos, protegen la cabaña, pero también podríamos pensar en las hojas secas de la novela. Secas porque el lector es incapaz de darle vida, y menos aún de descubrir los senderos ocultos que lo llevan a su propia muerte.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada.
Esta expresión encierra el propósito de este encuentro que rompe con la ritualidad de los amantes. Hay entre ellos un puñal que comienza a entibiarse, es decir, comienza a cobrar vida, porque la idea de matar también cobra vida, como para el lector, estos amantes cobraron vida gracias a su imaginación (“dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento”). Es el anhelo de los amantes, el pecho de ellos que dan vida al puñal, sus pasiones, sus deseos, van alimentando la idea de matar. Ahora la libertad está animalizada, late, al unísono con el corazón de los amantes. Esta libertad es como un animal, esperando el momento para atacar. De la misma forma están los amantes. Así la libertad, el puñal y los amantes se transforman en uno solo.
Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre.
Otra vez aparecen las páginas como recuerdos de la presencia del lector, que se remite a ser testigo. El diálogo “anhelante corría”, lo que nos muestras una personificación del diálogo. Éste cobra vida, y el narrador, desde el punto de vista del lector, compara ese diálogo con un arroyo de serpientes. Esta comparación, a su vez encierra una metáfora. El diálogo corre como un arroyo, rápido, profundo, imparable, pero este arroyo no es de agua sino de serpientes, es decir hay referencia al mal, al veneno y a la traición. Si todo estaba decidido desde siempre, entonces la muerte del lector es parte de un destino que debe cumplirse, y del que no se puede evitar. Es esta expresión la que marca la necesidad de la muerte del lector, porque no se puede matar al autor, quien los creó. Y a causa de la falta de acción del lector, los personajes quedan atrapados por ese ritual que creó el autor, y que ya no quieren vivir más.
Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir.
El mismo narrador omnisciente, desde el punto de vista del lector de la novela afirma que “era necesario destruir”, pero el lector no comprende esa expresión, no es lo suficientemente competente para darse cuenta que es su vida la que es necesario destruir. Hay intentos de evitar lo que es inevitable en las caricia de uno de los personajes, pero en cada intento se dibuja la figura del lector que él no ve. El peligro para estos amantes es mucho, si el lector los descubriera, la libertad no podría concretarse.
Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Pero no existe la posibilidad de evitar el futuro, porque cada vez más se enredan en lo que se debe hacer. A esto sigue una enumeración de planificaciones que denotan el crimen (“coartadas”). Todo está planeado con absoluta perfección, este es un crimen motivado por la pasión, pero frío en su resolución. Es minucioso y no hay pérdidas de tiempo, cada minuto estaba perfectamente asignado en el plan.
Es interesante ver que este es un “doble repaso”, no olvidemos que son dos mundos muy diferentes los que se van a juntar. Y una pista de esa unión es la hora de la novela “empezaba a anochecer”, mientras que en el cuento era el atardecer. Son la misma hora del día, pero dicho de manera diferente.
Comienza luego la tercera parte de este texto. Es en realidad el segundo párrafo, el primero se ocupaba de la ficción del cuento y de la novela, presentaba ambas ficciones, ahora se presenta la mezcla, donde lo imposible sucede.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña.
Esta última parte comienza con una separación, ya no necesitan estar unidos físicamente para estarlo, lo están desde la sangre, desde la tarea en común, están unidos por la muerte para la vida de ellos mismos. Por eso el narrador utiliza la metáfora “atados rígidamente”, junto con la antítesis “se separaron”. La unión de ellos no es visible. Ella hablará con él a través de la sangre, aunque él no esté presente.
Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto.
La imagen de ella corriendo con el pelo suelto es una aliciente para el amante que ve la libertad de ella y se motiva a conseguirla definitivamente. Es una forma de tomar ánimos para la tarea que debe realizar, una tarea en la que se encuentra en peligro de ser descubierto.
Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa.
Es en esta parte que empezamos a ver indicios que refieren a la primera ficción, sin embargo, a no ser que nosotros seamos lectores muy atentos (como no lo es el lector de la novela) no nos daríamos cuenta de ellos. Los árboles, los setos, la alameda de la casa son la casa del lector, pero presentados de una manera confusa, envuelto en la “bruma malva del crepúsculo” que le da al paisaje una especie de atmósfera onírica, o extraña, y que sirve para encubrir al asesino.
Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba.
El narrador utiliza en este caso un recurso literario que cobra sentido en este doble mundo. Este recurso es un paralelismo sinonímico, esto es cuando se utiliza la misma estructura gramatical y sus contenidos son casi sinónimos. Así el paralelismo muestra los dos mundos, en el de la novela y el del cuento, y se repite dos veces, la primera oración responde al mundo de la novela que se coordina con la “y” con el del cuento. Y esta fórmula se repite en el segundo enunciado. Así, dos enunciados, y cada uno dos oraciones, siempre dos mundos, unidos, continuados.
Subió los tres peldaños del porche y entró.
Ahora son “tres peldaños”, dos mundos y el tercer mundo que es donde es posible que las realidades se junten. Las referencias numéricas en este cuento se hacen cada vez más visibles, y empiezan a ser una huella de lo fantástico que está ocurriendo. Una huella que sólo un lector prevenido puede ver.
Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer:
Ella no está presente pero lo está. Esta paradoja se da a través de la sangre que fluye ahora en él, y que le habla de lo que encontrará. No olvidemos que están unidos por la sangre, con todas las connotaciones que esa palabra conlleva. La mujer conoce la casa, esto ha servido a muchos para decir que ella es la esposa del lector, pero recordemos que nunca se ha mencionado que él estuviera casado, y que eso rompería la magia de lo fantástico.
Esa sangre “galopa” y esta metáfora sirve para sugerirnos la libertad esperada y la pasión desenfrenada que mueve a estos amantes a buscarlas a través de la muerte. Pasión que no deja de ser controlada por lo racional.
primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
A partir de este momento, la narración se vuelve vertiginosa. Todo se sucede rápidamente en imágenes, como si una cámara de cine entrara en la casa, desde los ojos del asesino, que va viendo cada cosa que encontrará. Es presumible que al sentir esa rapidez en la narración, supongamos que existen muchos verbos, ya que los verbos son los que mueven la acción. En este caso el narrador demuestra lo contrario. No utiliza verbos. La acción se precipita por la imágenes.
Una última apreciación que podríamos hacer es que el hombre no se encuentra ni en la primera, ni en la segunda habitación, sino en la puerta del salón. Si recordamos las referencias numéricas del cuento, es claro que no se encuentre en ninguna de las dos. Una podría presentar uno de los mundos y la otra el otro, él se encuentra en esa zona peligrosa donde las ficciones se juntan.
Y es la referencia al sillón de terciopelo verde lo que nos da la pauta de lo que está pasando realmente. Es allí donde comprendemos que se ha producido, hace rato, el hecho fantástico, pero como lectores, el cuento cierra cuando vuelve al comienzo y vemos que quien muere es el lector que está “leyendo una novela”, siendo “leyendo” una forma no personal del verbo, un gerundio que muestra la pasividad de la acción que continúa plácidamente hasta ese presente en el que no conocemos un final acabado. El hecho de que el final sea abierto invita a nosotros lectores a que reflexionemos sobre nuestra propia forma de leer. ¿Somos lectores comprometidos? ¿Pudimos ver lo que sucedía? ¿Debemos entonces morir, por no haber podido ser co-autores? ¿Qué significa leer para nosotros?
Para Cortázar, la literatura es un juego, en el que el lector debe ser partícipe, sino éste no tiene sentido, ni el juego, ni la literatura, ni el hombre mismo, ya que él lo define como “homoludens”.
Este texto se podría dividir en dos partes, desde el aspecto formal y desde el contenido. Desde el punto de vista formal vemos que hay dos párrafos, y si miramos atentamente el contenido de esos párrafos, veremos que se corresponden con las dos ficciones y con su unión. El primer párrafo contiene la ficción del cuento y la de la novela, que conocemos desde el punto de vista del lector, pero siempre desde un narrador omnisciente y exterior. Y el segundo párrafo habla de la fusión de estas dos ficciones. En este juego planteado por Cortázar, se reitera el número dos, y la matemáticas no juega con las reglas conocidas, ya que uno más uno, no será dos, sino tres. Lo mismo pasa con estos mundos que tampoco juegan con las reglas conocidas: hay una ficción que se mezcla con otra aunque eso sea imposible.
En la primera parte vemos la presentación del lector de la novela. Este es un lector hembra, es decir un lector pasivo, que no se compromete con la lectura, que se deja llevar por ella, y que lee para evadirse. Este es un lector que no sirve, para Cortázar. Este autor, adhiriéndose a la idea de Umberto Eco de “obra abierta” espera que el lector sea activo, sea un co-autor, y que construya con él la historia. La lectura de evasión no involucra al lector, y éste debe saber que se juega la vida en cada lectura, sino es así, el leer no tiene sentido.
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes.
Este es un lector de ocasión, lee cuando tiene tiempo, su vida no está en la lectura, sino en sus negocios, que le importan mucho más. Por eso interrumpe la misma, son más urgentes sus negocios que se oponen al vuelo de la literatura. Los negocios dan de comer, la literatura no, por lo menos en apariencias. El problema es que el hombre no sólo es comida y trabajo, sino mucho más que eso. Él tiene la voluntad de ir leyendo, de no abandonar la novela, pero lo que importa es la forma de leer, lee para escapar de los negocios, para divertirse, y no hay entre la lectura y él una lucha, sino más bien un “dejarse interesar por la trama”. Desde el principio, la lectura gana la partida que él ni siquiera se da cuenta que está jugando. La trama son los acontecimientos de la historia, ordenados por el narrador. Ni si quiera hay de parte de él una construcción de la historia, la consume digerida. La metáfora que apoya esta idea es “por el dibujo de los personajes”: él no mira la profundidad de los personajes sino su parte exterior. Todo personaje, como toda persona, es mucho más que sus apariencias, tiene sus contradicciones y sus propósitos, que no siempre son claros, ni siquiera para él mismo. Si miramos el dibujo de los personajes y de las personas, sólo vemos lo obvio y exterior, perdiéndonos de un riquísimo mundo que se esconde en el interior.
Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles.
Complementando la visión de este lector hembra, vemos también que él es rico. Lo tiene todo. Una mansión, un apoderado que se dedique a sus negocios, un mayordomo, un parque para él sólo, una biblioteca. Todo esto no le sirve frente a lo que va a suceder, porque quien tiene todo, no necesita de la literatura, porque no puede reconocer sus vacíos. Este hombre potentado lee para evadirse porque no tiene vacíos, sino que quiere jugar a meterse en un mundo diferente, sólo que este mundo se meterá en el suyo y lo amenazará.
Es un hombre mezquino: discute con un subalterno una “cuestión de aparcerías”. Si a él le sobra, qué necesidad hay de discutir sobre cosas tan mínimas. Esto nos muestra que él no puede separarse de la plata, de lo material, de los negocios, por eso tampoco puede disfrutar de la literatura. Sólo después de resolver lo de su mundo, y encontrar todo en orden, puede sentarse a leer frente al parque de robles. Y la idea de parque no es casual, dado que un parque es un lugar inofensivo con árboles ordenados. Este lector necesita orden y tranquilidad para poder leer. Un lector verdaderamente comprometido y apasionado por la lectura, no necesita nada para comenzar esa lucha. Lo hace con placer, en cualquier lugar que se le proponga y en cualquier forma que esta lucha aparezca: así es un lector macho.
Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos.
Necesita de toda la comodidad, un sillón favorito, que no lo interrumpan, porque eso lo “irrita”. Es interesante ver que esta mención a la irrupción será como una especie de anticipo del final, ya que el lector será interrumpido, por la misma ficción que está leyendo, y será ingenuo al no verlo. Otro dato importante que anticipa el final y lo explica es la mención al terciopelo verde del sillón. Es este dato, entre otros, que empieza a revelarnos lo que realmente está pasando. El lector acaricia el terciopelo como forma de disfrutar de dónde está, y como para no dejarse llevar totalmente por la ficción.
Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles.
Aquí se platea el juego entre el lector y la novela, este juego es agónico, y si el lector fuera otro, podría manejarse de otra manera. Este lector no hace un esfuerzo para leer, porque retiene lo que necesita para entender lo que pasa superficialmente: los nombres y las imágenes. Esto no quiere decir que realmente entienda lo que lee. Ve y no ve. Los protagonistas de la novela están planeando su crimen, y él ve y no entiende realmente qué pasa.
Entre la ilusión novelesca y él se produce un juego de seducción, la ilusión lo gana en seguida, él se deja seducir, y eso implica perder el poder de manejar la situación. Esta relación lector/novela, empieza a parecerse a la relación sexual, hombre/mujer. A través de las palabras “gozaba del placer casi perverso”, podemos encontrar esta relación. Este juego erótico genera un placer, y la perversión está en ese irse dejando llevar por la ficción de la novela y a su vez tocar el terciopelo verde para recordarse dónde está. Y este recordatorio se refuerza con la confirmación de su entorno: los cigarrillos y el parque más allá de los ventanales. La metáfora “irse desgajando línea a línea” nos adelanta también el final. El personaje se irá perdiendo en cada línea que lee, va dejando parte de sí sin saberlo, ese es precisamente el peligro. Este peligro también se ve en la personificación del viento: “danzaba el aire del atardecer bajo los robles”. El aire tiene vida propia y le da vida al parque, por donde vendrá el peligro que el mismo lector ignora. La referencia al atardecer será otro dato que nos explique la correspondencia entre el mundo de la novela y el del cuento. Mientras en el cuento atardece, en la novela “empezaba a anochecer”.
Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte.
Éste es el final de la primera ficción. En este enunciado podemos ver cómo se da este juego. Cada expresión pertenece a una de las ficciones: “palabra a palabra, absorbido” esta expresión pertenece a la ficción del cuento, es el lector quien se encuentra absorbido; “por la sórdida disyuntiva de los héroes” se refiere a la ficción de la novela. Este diálogo por el cual el lector se siente absorbido es sórdido, oscuro, traicionero. Es interesante reparar en la palabra “disyuntiva” que sugiere otra vez el número dos. Estos personajes de la novela tienen dos alternativas y están tomando una decisión. La expresión “dejándose ir hacia las imágenes” vuelve a mezclarse en el enunciado y mira una vez más a la condición pasiva del lector del cuento; “que se concertaban y adquirían color y movimiento” ahora vuelve a la novela que empieza a tomar vida propia, así lo ve el lector, estos personajes empiezan a moverse por sí solos y el lector no ve el anticipo de esta situación, sino que lo siente como algo divertido. Es el final de este enunciado que muestra la sumisión absoluta del lector, que ahora es testigo del encuentro de estos amantes. Ser testigo implica no involucrase, sino ver, pero este lector que se encuentra en peligro no ve cuánto está involucrado en él.
Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama.
Vemos que entramos en la segunda parte porque cambia el ritmo de la historia, y cambia el punto de vista del narrador. Ahora éste se mete en la cabeza del lector de la novela y desde ahí cuenta lo que está leyendo. A su vez la narración se vuelve cinematográfica, porque predominan las imágenes. Se presentan a los protagonistas de la novela: la mujer y el amante, y todo se hace vertiginoso. La mujer está “recelosa”, es decir se siente temerosa, desconfiada. Se siente observada, y lo está. Pero quien lo hace no sabe qué está viendo en realidad. Si fuera un lector macho, ambos estarían perdidos, porque el lector no sería un testigo, sino o un cómplice o un estorbo para sus planes.
Es interesante ver que ese parque que se continúa, ahora es el bosque que oculta la cabaña y lastima al amante. Mientras el parque da tranquilidad al lector, por su orden y porque lo mira de lejos, en la novela, el bosque tiene otro desorden, es agresivo con los amantes, pero también los oculta.
Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
Entre ellos no sólo hay una relación de amantes, sino que también hay una relación vampiresca. Ella besa a su amante y limpia con ellos la sangre de la herida. La unión de ellos es por la sangre, por lo tanto están unidos por la pasión absorvente e inseparable, y a su vez están unidos por el proyecto de matar. Esta es una unión mucho más profunda que la simple relación de amantes. La sangre es símbolo tanto de vida como de muerte, y en los dos aspectos están unidos.
Pero este encuentro es diferente a todos los demás, por eso él rechaza las caricias. La relación entre ellos tiene otra característica que es la de ritual. Su encuentro es una “ceremonia”, algo sagrado, pero que siempre se repite de igual manera. Esta vez será diferente porque hay un proyecto que supone una esperanza de libertad. Su encuentro es secreto, porque son amantes, sin embargo nada hace suponer que sean amantes porque exista una relación de infidelidad. En ningún momento se dice que el lector de la novela sea casado, y por lo tanto nada nos hace suponer que la mujer sea su mujer. Si explicáramos el texto así, lo banalizaríamos y perdería su característica de fantástico.
Sin embargo, ellos están escondidos, y ese bosque que era agresivo para el amante, también es cómplice de ellos... oculta la cabaña. La expresión “protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos” se vuelve polisémica (muchos sentidos) en este contexto. Las hojas secas del bosque y los senderos ocultos, protegen la cabaña, pero también podríamos pensar en las hojas secas de la novela. Secas porque el lector es incapaz de darle vida, y menos aún de descubrir los senderos ocultos que lo llevan a su propia muerte.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada.
Esta expresión encierra el propósito de este encuentro que rompe con la ritualidad de los amantes. Hay entre ellos un puñal que comienza a entibiarse, es decir, comienza a cobrar vida, porque la idea de matar también cobra vida, como para el lector, estos amantes cobraron vida gracias a su imaginación (“dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento”). Es el anhelo de los amantes, el pecho de ellos que dan vida al puñal, sus pasiones, sus deseos, van alimentando la idea de matar. Ahora la libertad está animalizada, late, al unísono con el corazón de los amantes. Esta libertad es como un animal, esperando el momento para atacar. De la misma forma están los amantes. Así la libertad, el puñal y los amantes se transforman en uno solo.
Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre.
Otra vez aparecen las páginas como recuerdos de la presencia del lector, que se remite a ser testigo. El diálogo “anhelante corría”, lo que nos muestras una personificación del diálogo. Éste cobra vida, y el narrador, desde el punto de vista del lector, compara ese diálogo con un arroyo de serpientes. Esta comparación, a su vez encierra una metáfora. El diálogo corre como un arroyo, rápido, profundo, imparable, pero este arroyo no es de agua sino de serpientes, es decir hay referencia al mal, al veneno y a la traición. Si todo estaba decidido desde siempre, entonces la muerte del lector es parte de un destino que debe cumplirse, y del que no se puede evitar. Es esta expresión la que marca la necesidad de la muerte del lector, porque no se puede matar al autor, quien los creó. Y a causa de la falta de acción del lector, los personajes quedan atrapados por ese ritual que creó el autor, y que ya no quieren vivir más.
Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir.
El mismo narrador omnisciente, desde el punto de vista del lector de la novela afirma que “era necesario destruir”, pero el lector no comprende esa expresión, no es lo suficientemente competente para darse cuenta que es su vida la que es necesario destruir. Hay intentos de evitar lo que es inevitable en las caricia de uno de los personajes, pero en cada intento se dibuja la figura del lector que él no ve. El peligro para estos amantes es mucho, si el lector los descubriera, la libertad no podría concretarse.
Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Pero no existe la posibilidad de evitar el futuro, porque cada vez más se enredan en lo que se debe hacer. A esto sigue una enumeración de planificaciones que denotan el crimen (“coartadas”). Todo está planeado con absoluta perfección, este es un crimen motivado por la pasión, pero frío en su resolución. Es minucioso y no hay pérdidas de tiempo, cada minuto estaba perfectamente asignado en el plan.
Es interesante ver que este es un “doble repaso”, no olvidemos que son dos mundos muy diferentes los que se van a juntar. Y una pista de esa unión es la hora de la novela “empezaba a anochecer”, mientras que en el cuento era el atardecer. Son la misma hora del día, pero dicho de manera diferente.
Comienza luego la tercera parte de este texto. Es en realidad el segundo párrafo, el primero se ocupaba de la ficción del cuento y de la novela, presentaba ambas ficciones, ahora se presenta la mezcla, donde lo imposible sucede.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña.
Esta última parte comienza con una separación, ya no necesitan estar unidos físicamente para estarlo, lo están desde la sangre, desde la tarea en común, están unidos por la muerte para la vida de ellos mismos. Por eso el narrador utiliza la metáfora “atados rígidamente”, junto con la antítesis “se separaron”. La unión de ellos no es visible. Ella hablará con él a través de la sangre, aunque él no esté presente.
Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto.
La imagen de ella corriendo con el pelo suelto es una aliciente para el amante que ve la libertad de ella y se motiva a conseguirla definitivamente. Es una forma de tomar ánimos para la tarea que debe realizar, una tarea en la que se encuentra en peligro de ser descubierto.
Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa.
Es en esta parte que empezamos a ver indicios que refieren a la primera ficción, sin embargo, a no ser que nosotros seamos lectores muy atentos (como no lo es el lector de la novela) no nos daríamos cuenta de ellos. Los árboles, los setos, la alameda de la casa son la casa del lector, pero presentados de una manera confusa, envuelto en la “bruma malva del crepúsculo” que le da al paisaje una especie de atmósfera onírica, o extraña, y que sirve para encubrir al asesino.
Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba.
El narrador utiliza en este caso un recurso literario que cobra sentido en este doble mundo. Este recurso es un paralelismo sinonímico, esto es cuando se utiliza la misma estructura gramatical y sus contenidos son casi sinónimos. Así el paralelismo muestra los dos mundos, en el de la novela y el del cuento, y se repite dos veces, la primera oración responde al mundo de la novela que se coordina con la “y” con el del cuento. Y esta fórmula se repite en el segundo enunciado. Así, dos enunciados, y cada uno dos oraciones, siempre dos mundos, unidos, continuados.
Subió los tres peldaños del porche y entró.
Ahora son “tres peldaños”, dos mundos y el tercer mundo que es donde es posible que las realidades se junten. Las referencias numéricas en este cuento se hacen cada vez más visibles, y empiezan a ser una huella de lo fantástico que está ocurriendo. Una huella que sólo un lector prevenido puede ver.
Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer:
Ella no está presente pero lo está. Esta paradoja se da a través de la sangre que fluye ahora en él, y que le habla de lo que encontrará. No olvidemos que están unidos por la sangre, con todas las connotaciones que esa palabra conlleva. La mujer conoce la casa, esto ha servido a muchos para decir que ella es la esposa del lector, pero recordemos que nunca se ha mencionado que él estuviera casado, y que eso rompería la magia de lo fantástico.
Esa sangre “galopa” y esta metáfora sirve para sugerirnos la libertad esperada y la pasión desenfrenada que mueve a estos amantes a buscarlas a través de la muerte. Pasión que no deja de ser controlada por lo racional.
primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
A partir de este momento, la narración se vuelve vertiginosa. Todo se sucede rápidamente en imágenes, como si una cámara de cine entrara en la casa, desde los ojos del asesino, que va viendo cada cosa que encontrará. Es presumible que al sentir esa rapidez en la narración, supongamos que existen muchos verbos, ya que los verbos son los que mueven la acción. En este caso el narrador demuestra lo contrario. No utiliza verbos. La acción se precipita por la imágenes.
Una última apreciación que podríamos hacer es que el hombre no se encuentra ni en la primera, ni en la segunda habitación, sino en la puerta del salón. Si recordamos las referencias numéricas del cuento, es claro que no se encuentre en ninguna de las dos. Una podría presentar uno de los mundos y la otra el otro, él se encuentra en esa zona peligrosa donde las ficciones se juntan.
Y es la referencia al sillón de terciopelo verde lo que nos da la pauta de lo que está pasando realmente. Es allí donde comprendemos que se ha producido, hace rato, el hecho fantástico, pero como lectores, el cuento cierra cuando vuelve al comienzo y vemos que quien muere es el lector que está “leyendo una novela”, siendo “leyendo” una forma no personal del verbo, un gerundio que muestra la pasividad de la acción que continúa plácidamente hasta ese presente en el que no conocemos un final acabado. El hecho de que el final sea abierto invita a nosotros lectores a que reflexionemos sobre nuestra propia forma de leer. ¿Somos lectores comprometidos? ¿Pudimos ver lo que sucedía? ¿Debemos entonces morir, por no haber podido ser co-autores? ¿Qué significa leer para nosotros?
Etiquetas:
Continuidad de los parques
,
Julio Cortázar
,
Literatura 3ero
Análisis de Casa Tomada – Cortázar
Este texto se inscribe dentro de la tradición de la literatura fantástica, que ha acaparado gran parte de la literatura del siglo XIX europea, pero que no se restringe a esa época. La literatura fantástica existió en todas las épocas desde el comienzo de la literatura. Sin embargo a partir del Siglo XIX se transforma en lo que conocemos hoy, y se va perfeccionando hasta que llega a mediados del siglo XX y abre las puertas para la Ciencia Ficción.
En la literatura fantástica se presenta una situación cotidiana, común, las circunstancias que rodean al personaje parecen no tener ninguna diferencia a las que rodean nuestra vida. Pero eso es sólo un apariencia, porque en realidad en esas circunstancias siempre podemos percibir algo extraño, algo diferente que no podemos precisar hasta que no aparece lo fantástico. Esto coloca al lector, muchas veces, en una atmósfera onírica o de extrañamiento. Una vez que el lector entra en ese clima y acepta las reglas de juego que propone el narrador sucede lo fantástico, un hecho inexplicable, sobrenatural que amenaza al personaje y que nunca tiene una explicación racional que tranquilice ni al personaje, ni al lector. De esta manera lo fantástico es aceptado naturalmente como parte de la historia sin ser cuestionado, por más sobrenatural que sea. Todo queda dentro de las reglas de la verosimilitud, aunque sepamos que eso no nos pasará a nosotros, se presenta al lector como algo posible.
La diferencia entre la literatura fantástica y la Ciencia Ficción es que en la primera sólo se presenta un hecho amenazante, en la segunda se nos introduce desde el principio en un mundo con reglas diferentes, generalmente ambientado en el futuro, donde todo es extraño a nuestra cotidianeidad, pero que aceptamos como posible en otro tiempo. El elemento tecnológico o científico da un marco de racionalidad y seguridad, y ese mundo no amenaza al personaje, él se mueve perfectamente en él y conoce sus reglas, somos los lectores quienes las descubrimos. Allí, entonces, los personajes viven experiencias que pueden sernos familiares o no, pero nadie está amenazado (ni lector, ni personaje) por ese mundo, como sí sucede con lo fantástico. Otro elemento que diferencia ambas literaturas en el elemento científico, que se da en la Ciencia Ficción. Ese elemento puede amenazar pero está explicado por el avance de la ciencia. En la literatura fantástica, el elemento amenazador es sobrenatural, no tiene una explicación científica, aunque sus personajes procuren buscarla. Esto es lo que lo hace más difícil de manejar para el hombre, porque al no existir un respuesta que explique lo sucedido, no existe tampoco forma de combatirlo.
En el caso de Casa Tomada tenemos un elemento fantástico, pero parecería que los personajes saben de qué se trata, y sino lo saben, tampoco intentan explicarlo, sólo lo aceptan y se adecuan a ello. Eso resulta muy extraño a primera vista, pero una vez que se empieza a analizar las circunstancias de los personajes podemos aventurar por qué no averiguan.
El texto está dividido formalmente en seis partes. Cada parte se concentra en un momento de la historia:
1 ) Presentación de personajes
2 ) Presentación de la casa
3 ) Toman la casa
4 ) Adecuación a la nueva situación: ventajas y desventajas
5 ) Lo íntimo: los sueños y el silencio
6 ) Toman definitivamente la casa.
Las dos primeras partes corresponden a la introducción. Desde la tercera parte hasta la quinta corresponden al nudo, y la sexta parte corresponde al desenlace del cuento.
Si bien la forma de narrar en primera persona hace a veces difícil encontrar esta estructura, uno la puede ver claramente al deducir lo fundamental asociado a los hechos que ocurren.
Este es un narrador personaje, por lo tanto es interno, forma parte de los hechos que narra. Esto nos lleva a diferenciar narrador de personaje a la hora de tratar de deducir cuánto sabe de los hechos narrados. Si afirmamos que el personaje sabe lo que está pasando, pero no lo dice, podríamos deducir que el narrador (que es la figura que nos da a conocer la historia) aunque sea el personaje, nos llega a nosotros como infrasciente. El narrador infrasciente es aquel que sabe menos que los personajes. Él como personaje sabe lo que pasa, pero como narrador no lo dice. Y aún cuando no supiera qué está pasando sería infrasciente, porque hay una cantidad de cosas que no dice de su relación con Irene, tal vez porque no se anima ni siquiera a decírselas a sí mismo, pero que nosotros podemos deducir. Otra vez aparece en Cortázar la idea de obra abierta. Es el lector quien debe terminar de cerrar la historia con su elaboración racional.
1) Presentación de personajes
El texto comienza con la mención de casa y asegurando que les gustaba la misma. En ella se sentían cómodos. Dos características se dice de ella “espaciosa y antigua”. En ella sólo viven dos personajes humanos, lo que nos mostrará que la casa es muy grande para ellos, pueden tener independencia, sin embargo eligen estar siempre juntos, trabajando en unidad, mantienen sus gustos pero ambos están con el otro, unidos por esa casa. El término antigua también nos da la pauta que estos personajes están unidos a la casa por cuestiones afectivas: es la casa de sus bisabuelos, su abuelo paterno y sus padres, además de toda su infancia. La casa es el marco para mostrar cómo estos dos personajes se han quedado en el pasado, no han logrado avanzar y construir una vida fuera de esa casa. Las excusas son muchas, pero lo cierto es que estos personajes son guardianes de una casa que representa el pasado. Viven en una especie de tumba de los recuerdos y ellos se empecinan en mantenerla limpia y cuidada, esa es su tarea.
La casa aparece en primer término porque es un personaje vivo, es la protagonista de la historia, esto es un elemento de los que podríamos ver como cotidianos pero que resulta extraño, y termina de explicarse cuando aparece el elemento fantástico. Los personajes humanos son dos, pero la casa va adquirir tal protagonismo y va cobrar una vida independiente a los personajes humanos, por lo tanto se transformará en un personaje humanizado.
Una de las excusas que se ponen los protagonistas es que las casas antiguas ya casi no existen, y es un privilegio poder mantenerla. Hoy en día, asegura el narrador, las casas antiguas mueren para ser vendidos sus materiales. Esa es la mirada que él tiene, pero podría pensarse que se venden como una forma de comenzar una nueva etapa, algo que ellos ni siquiera se plantean. Estos personajes se caracterizan por la pasividad absoluta, no tienen curiosidad, no tienen inquietudes, más allá de los hobbies que son más bien pasatiempos, no tienen ambiciones, ni sueños, casi podríamos decir que están tan muertos como sus ancestros, aún cuando sigan moviéndose. Son guardianes de un museo que a nadie le interesa, sólo a ellos, y del que no se pueden desprender porque son parte de él.
La de ellos es una vida ordenada, organizada y rutinaria. Otro elemento que nos remite a la muerte. Cuando el tiempo pasa siempre igual, cuando nada diferente nos recuerda que hay un nuevo día, nada nos marca que estamos creciendo, avanzando, entonces ¿qué nos diferencia de la muerte, donde nada diferente puede pasar?
Ellos se habituaron a vivir solos, y el narrador reconoce que es una locura ya que ocho personas podrían vivir allí sin molestarse. Esto también es un anticipo de lo que va a suceder, ya que ellos viven con otras personas sin saberlo, o por lo menos con una fuerza que hace murmullos cuando toman la casa.
Todo lo que hacen es preciso, tiene su hora marcada y lo que les da satisfacción es almorzar “pensando que la casa profunda y silenciosa”. Sus pensamientos giran entorno al cuidado de la misma, su vida está unida a la tarea de mantenerla limpia. Estas nuevas características de la casa también serán claves para lo fantástico. La casa es profunda, encierra mucho más que lo aparente, viene de las profundidades que nos da el recuerdo, el pasado. Y es silenciosa, otra característica que se transformará cuando tomen la casa. Ellos son silenciosos y la casa va a empezar a hablar, aunque ellos no puedan percibir exactamente lo que dice. Eso es porque no quieren saber. La clave de no querer saber está en ese reconocimiento que hace el narrador personaje cuando dice: “entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa”. Irene ha rechazado varios pretendientes sin motivo aparente, y a él se le murió la chica antes de que llegaran a comprometerse. Han quedado estancados allí, ni ella tuvo más pretendientes ni él se ha vuelto a comprometer. El personaje narrador piensa que tal vez la culpa de esta situación es de la casa, quienes los mantiene unidos en la tarea de preservarla, como si en realidad ellos se hubieran casado con la casa. Pero en realidad la casa sirve como un cómplice que resguarda ese “matrimonio de hermanos”. Un matrimonio también silencioso como la casa, ese silencio es lo que impera, lo que los caracteriza. El personaje habla todo el tiempo de lo que hacen, pero no habla de lo que sienten. Ellos parecen estar casados sin saberlo, sin decirlo, y sin concretarlo carnalmente, pero el incesto es lo que se esconde tras ese silencio. Un incesto silencioso y platónico, contemplativo, unido por la fuerza de la vida en común, cotidiana y rutinaria que les impone la casa. La casa es la excusa para estar juntos. Con esta vida ellos cierran “la genealogía asentada por los bisabuelos”, con ellos se termina la vida de esa familia, ellos son los últimos descendientes. Por eso es que están más atados a la muerte que a la vida.
Las perspectivas de futuro que imagina el personaje dejan claro que su vida termina con la casa: “nos moriríamos allí algún día”. Luego de su muerte, el narrador supone la muerte también de la casa: “vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse”. Ellos están tan unida a ella que nada se puede suponer más que la muerte, incluso hasta una especie de suicidio, dado que piensan en destruirla ellos antes de que ello pasara. Por lo tanto, todo el cuidado de la casa no tiene más que el fin de la destrucción y la muerte, así que todo el deseo de preservación es inútil aún en ese momento. No existe un futuro, ni un proyecto para dedicarle tanto tiempo a la casa. Estos personajes sólo viven en el absoluto y vacío presente.
La actividad principal de Irene era tejido, pero a diferencia del mito de Penélope, ella no tejía y destejía esperando a su marido. Ella no espera nada. Sin embargo, la forma en que la mira el personaje narrador es de absoluta admiración. La diferencia del resto de las mujeres. Irene para él teje cosas útiles para la vida cotidiana. Incluso él se involucra en su tarea, no sólo siendo el destinatario de alguna de las prendas, y observando con cuidado su labor, sino también porque es quien le compra la lana en el centro. Él es el único que sale de la casa, y ella jamás rechaza el color de la lana que él le trae, aún cuando no le diga que color quiere. Ella no parece tener ni siquiera esa pretensión. Son dos personajes viejos (aún cuando son jóvenes aún) amalgamados como un viejo matrimonio que no discute porque saben cuales son los gustos del otro.
Los gustos de él, la literatura, están estancados también. Nada que le interese llega a la Argentina desde hace mucho tiempo. Así que su único placer es la casa y lo que esa casa encierra: Irene y su matrimonio encubierto con ella. Ella para él es perfecta, y lo expresa cuando dice: “Irene es una chica nacida para no molestar a nadie”.
“Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia”. El narrador se relega a un segundo plano, sin embargo es por él que sabemos realmente lo que está pasando entre ellos. Para él la casa e Irene son lo más amado, y aunque él no comprende por qué teje tanto, ni la pasión de esa actividad, él la admira sin preguntar. Irene hace pañoletas que guarda en un cajón y él no pregunta para qué las quiere. Afirma que no hace cosas inútiles, pero acá vemos que él no comprende su utilidad, sin embargo respeta su intimidad y no pregunta. Esta falta de curiosidad es característica en ellos. Sabe que un libro se puede releer y encontrar cosas nuevas, pero no llega a comprender la tarea de Irene. La respeta y la literaturiza “a mí me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados”, la ve con la admiración contemplativa del poeta que se fascina en los detalles más banales.
Son una familia acomodada. No necesitan nada para vivir. Viven de rentas y esa inactividad también hace a la falta de sorpresas, al aburrimiento de quien sólo vive cada día esperando, como única sorpresa, la muerte.
Descripción de la casa
La descripción de la casa es prácticamente gráfica. Podríamos aventurar que sería algo así:

Luego de la descripción minuciosa de la casa, el narrador asegura que ellos sólo viven en la parte delantera de la misma, otra muestra de su falta de motivaciones, de su comodidad y pasividad. Ellos no se aventuran más allá, aún cuando saben que la casa es grande y en ella podrían hacer muchas más cosas que limpiarla. Pero su tarea, su obsesión es la limpieza, y es interesante la mención que hace al polvo que se junta en la casa. El polvo es una referencia a la muerte, no sólo a la suciedad. Polvo somos y al polvo volveremos, fue la condena de Dios en la Biblia. Si el polvo se junta en la casa casi empecinadamente, de alguna manera la muerte también los rodea, aunque su tarea sea sacarlo de allí: “Hay demasiada tierra en el aire” dice el narrador, y eso se transforma en una especie de reconocimiento de su condición, y esta tierra es porfiada, porque nunca termina de irse, sino que se deposita en otro lado. Siempre está, lo cubre todo, aparece como testigo de la dejadez de estos hermanos.
La toma de la casa
La casa es tomada en circunstancias cotidianas. Ellos ni lo imaginan. Están en su rutina diaria, cuando el hecho los sorprende. No saben lo que es. Tampoco se lo preguntan. Dice el narrador: “escuché algo en el comedor o la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación”. No puede precisar el sonido, pero en el fondo de la casa hay vida, como si hubiera una conversación pero ahogada. No puede ser clara. No puede escucharse, porque ellos tampoco quieren saber. Algo se agita, las sillas parecen que cayeran. Esa vida del interior de la casa podría verse como el reflejo de lo que ellos callan. Tal vez podríamos pensar que es la fuerza de sus antepasados que se están diciendo lo que ellos no quieren ver. Tienen más vida los muertos que ellos mismo que están vivos. Esa fuerza protesta, está allí, marca una presencia que asusta. El personaje narrador se apoya sobre la puerta y la cierra con llave y con cerrojo, para asegurarse que la fuerza no se acercará más, no pasará para este lado de la casa.
Lo extraño viene con la actitud del personaje. No intenta averiguar. No se muestra sorprendido, es como si esta situación se estuviera esperando, aunque no en ese momento. Sigue con su rutina, como si nada hubiere pasado. Va a la cocina, tarea que iba a hacer antes del descubrimiento de que habían tomado la casa, y calienta el agua, como pensaba hacer, sin que este hecho modifique en lo más mínimo su plan de acción. Y con esa misma tranquilidad, casi diríamos negación, comunica a su hermana que han tomado la casa.
Es en la reacción de ella que vemos la gravedad del suceso: ella deja caer el tejido. La idea la conmociona. Lo mira con “sus graves ojos cansados”. Reconoce la gravedad de la situación pero tampoco pregunta, tampoco quiere saber. Ambos saben que están en falta, ambos saben que viven como un matrimonio y eso no está permitido, pero ninguno lo dice abiertamente jamás. La casa, refugio del incesto, parece empezar a rebelarse ante tanto silencio.
Luego de asegurarse que la casa ha sido tomada, la actitud de la hermana es igual a la de él: continúa con su tarea, recoge el tejido y sentencia pasivamente “tendremos que vivir en este lado”. Ellos han vivido adecuándose a la casa, y a los requerimientos de ésta, ¿por qué no lo habrían de hacer ahora?
Sin curiosidad el hombre está muerto. El querer saber es el motor de nuestras vidas, en este caso, es justamente lo contrario. El querer saber resulta peligroso, porque implica abrir la puerta a algo prohibido y a una revisión de sus vidas y sus actos que no están dispuestos a hacer: enfrentarse a sí mismos y a los otros, incluso a su decisión de que la genealogía de su familia terminara en esa decisión de no casarse jamás y construir una nueva vida. Esto resulta insoportable para estos hermanos que se encuentran cómodos en esta pasividad.
A Irene le afecta más la situación que a él, ya que le cuesta reanudar su trabajo. Éste niega, le quita importancia a lo sucedido, tanto es así que lo trasmite al lector cuando en vez de preocuparse por la situación que ha empezado a invadirlos, piensa en un detalle tan nimio como lo es el chaleco gris que está tejiendo Irene.
Esta segunda parte del análisis incluye, en primera instancia, la adecuación de estos hermanos a la nueva situación. Han tomado la casa, no sabemos quién, y los hermanos pasivamente aceptan el hecho, aún cuando han perdido y han ganado con esta nueva situación. Sin embargo nunca se prestan ha hacer una revisión profunda de su nueva condición. Para ellos sólo se trata de un cambio en la rutina.
En segunda instancia, el narrador plantea cómo son las noches en esta nueva situación, y el silencio en contraposición con el ruido de la casa.
En última instancia, tenemos el desenlace, en el que el pierden definitivamente la casa.
Nueva situación
Al principio el narrador dice que les resultaba penoso encontrar que había muchas cosas que habían perdido. Esto significa que parte de sus vidas estaba del otro lado de la casa, pero ellos no se habían dado cuenta que era así. Recordemos que el narrador había dicho que ellos vivían en la primera parte de la casa, y que sólo iban al fondo a limpiar. El tema es que siempre hay parte de nosotros esparcido por muchos lados que ni siquiera nosotros sabemos. En estos pequeños descubrimientos, ellos también se descubren a sí mismo. Descubren que existían cosas que les interesaba pero que no sabían que así era, porque siempre estaban al alcance de sus manos.
Sin embargo ninguna de esas son lo suficientemente queridas como para sobrepasar el límite de retomar la casa y averiguar qué es lo que estaban escuchando. Esto parece mostrarnos que los personajes creen que quienes tomaron la casa tienen derecho a hacerlo, tal vez porque es suya. De allí podríamos aventurar que son la fuerza de los muertos quienes han decidido cobrar vida en esa parte de la casa. Vienen a echarlos, tal vez a precipitarlos a la vida que ellos se niegan a vivir. Todo se invierte: los vivos están muertos y los muertos, vivos.
Las cosas que extrañan son cosas pequeñas, excepto porque el narrador pierde sus libros de Literatura francesa, que es su único entretenimiento, aparte de observar a Irene tejer. Ahora estará más concentrado en esto último, y en un álbum de filatelia, que ya analizaremos. Recordemos que el personaje narrador, enamorado de la literatura francesa, había asegurado que nada nuevo llegaba a Buenos Aires desde hacía muchísimo tiempo. Así que es de suponer que ya ha leído esos libros. Son parte de la muerte, ahora y antes. Releerlos no es otra cosa de la que ya hacen: alimentarse del pasado y los muertos, no aceptando la posibilidad de un cambio que abra paso a lo nuevo.
Las ventajas que obtienen siempre están en relación a la casa y su limpieza. Ahora pueden levantarse más tarde y terminar antes. Inmediatamente los hermanos encuentran la solución perfecta para su comodidad. Ellos son maestros en adecuarse a la comodidad, y aún, en la situación incómoda en la que se encuentran. Ahora pueden cocinar una sola vez al día, y no tienen que levantarse a cocinar en la noche. Toda la “actividad social” de ellos se traslada al cuarto de Irene. En éste comen y están cuando cae la noche como una algo habitual pero sin advertir el peligro que puede traer para estos personajes que no quieren revisar qué significa eso.
Otra cosa interesante es que cocinan “platos para comer fríos de noche”. Teniendo presente que este es un “matrimonio de hermanos” que nunca concretan una actividad sexual, esta idea de platos fríos cobra un nuevo significado. A parte de la practicidad que eso puede implicar, el texto en su contexto habilita a pensar también en la necesidad de frialdad que deben tener a esa hora donde todo se puede confundir y salir a la luz.
El narrador se encuentra perdido por la falta de sus libros, pero enseguida encuentra un nuevo entretenimiento: la colección de estampillas del padre. La filatelia es un entretenimiento de viejos, y al ser del padre implica que también es de los muertos. Los muertos se quedan con cosas de la vida de ellos, y ellos tenían de su lado cosas de sus ancestros. Ellos también convivían con ellos pero no tenían presente cuán presente estaban. No cambian, se mantienen en la misma línea como si se resistieran a vivir sus propias vidas.
Comparten sin compartir realmente. Lo hacen desde la muerte de la pasividad. Los diálogos son para incluir al otro en su actividad pero no significa que realmente estén unidos entre ellos. Sin esos diálogos irrelevantes, la situación se tornaría en la absoluta soledad y silencio que tal vez los uniera mucho más que esos diálogos superficiales y cordiales.
“Estábamos bien y poco a poco empezamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar”. Esta es otra de las revelaciones del narrador que muestran la base de esta relación: no pensar. Pensar resulta siempre peligroso, uno puede descubrir cosas que le molestan, pero también las puede cambiar. Ellos se niegan a eso, y quien no piensa, no sufre, pero tampoco vive. Sin embargo a pesar de esa porfiada idea de estar bien sin pensar, en la siguiente parte veremos sus pensamientos.
El silencio
Es realmente en esta parte que podemos inferir lo que el silencio conlleva. De esto no hablan ellos. Suponemos que Irene no sabe lo que el narrador personaje piensa, así como nunca sabremos qué piensa Irene que es como una especie de fiel ayudante silenciosa, casi como su otro yo femenino.
Esta parte del cuento está encerrada entre paréntesis lo que nos hace suponer la idea de secreto. Lo que se pone en paréntesis, según la gramática, es aquello que sirve para aclarar pero que se puede quitar de la oración sin que esta cambie sustancialmente. Sin embargo en este caso, esta parte no puede ser obviada porque aclara, y es sustancial a la historia. Por otra parte, la curva de entonación, cuando aparece el paréntesis, baja, es decir lo que está entre paréntesis se dice más bajo que el resto de la oración. De esta manera podemos inferir que toda esta parte se dice más bajo que el resto. De allí podemos pensar que el narrador nos revela parte de su intimidad cotidiana, por eso podemos decir “el silencio”, porque aquí está parte de lo que el silencio encierra.
Si ellos podían vivir sin pensar, ahora veremos que en realidad eso les resulta imposible, por lo menos al narrador, hombre eminentemente intelectual, cuya idea de “no pensar” sería matar su condición.
Ambos hermanos escuchan los sueños del otro. En la noche, el silencio de la casa los une, a pesar de que hay un living de por medio, ambos están pendientes del otro en su cuarto. Sienten sus sueños, saben lo que dicen, cuando el sueño es una pesadilla y se cae el cobertor, cuando tosen, encienden la luz, hasta la respiración se sienten (situación muy sugestiva), en fin, todo lo que pasa en el cuarto del otro. Es como si estuvieran en el mismo cuarto, pero no lo están, y eso les provoca insomnio, se desvelan. Esta inquietud a la hora de dormir es reveladora de todo lo que está pasando entre ellos internamente. Eso que ellos no quieren decir, aparece en la noche y en su actitud.
La voz de Irene es “de estatua o papagayo” y con esa metáfora el narrador sugiere que lo que sale de ella es parte de su inconsciente, nada que ella pueda controlar. El narrador no nos dice qué dice entre sueños, pero seguramente es lo que la tiene intranquila. Así vemos que la toma de la casa viene a revelar lo que ellos no quieren ver, y esto ha empezado a invadirlos también a ellos. Ya no duermen tranquilos, ya empiezan a verse sin quererlo.
El silencio lo invade todo, no sólo de noche sino también de día. Ya no aparecen casi diálogos, los personajes se limitan a callar para no decir. El único ruido que se presenta en el día es el de la cotidianeidad, el de los objetos, el que nace inevitablemente de la tarea que se realiza. Solamente hablan en los lugares en que se pueden escuchar las voces de la casa tomada. Allí hablan en voz alta para no escuchar. No importa de lo que hablan, sino que el fin es no escuchar. Incluso, reveladoramente, se dice que Irene “cantaba canciones de cuna”. Recordemos que esto viene de una mujer que ha rechazado dos pretendientes sin motivo, por lo tanto podremos suponer que habiendo llegado a los cuarenta años, éste es un tema de frustración. Algo de lo que pasa en la parte tomada los afecta, y el recurrir a lo infantil, lo primitivo en sus vidas, puede marcar esta frustración de no haber hecho su vida, de su deseo reprimido. Por otra parte, canta aquello que seguramente aprendió de sus ancestros, como si eso le trajera paz a todos, con el único fin de no pensar.
Cuando vuelven a su espacio a habitual, parecería que el silencio se hace mayor “la casa se ponía callada”. Se percibe aquí como la personificación usada por el narrador refleja la vida que esta casa ha adquirido para ellos. Esta es una persona independiente que ya no pueden manejar. Tanto así, que el silencio entre ellos se ahonda, “pisábamos muy despacio para no molestarnos”. Ellos procuran el silencio, porque los nervios que provocan el estar cerca de la parte tomada hace que cuando vuelven a su lugar deseen el silencio. La comunicación se ha vuelto nula entre ellos, aunque nunca existió en profundidad, ahora es más profunda aún.
Segunda toma de la casa
En esta segunda toma cambia la reacción de ellos. El personaje narrador se detiene bruscamente, ahora no puede ya hacer como si nada pasara. A esta reacción le corresponde la alarma de Irene, que se para al lado de él sin decir nada. El silencio sigue imperando en ellos y es la primera vez que se paran a escuchar. Tampoco se miran, no hay entre ellos un contacto, sólo es la situación la que los une. Cuando reaccionan, él toma su brazo, primer indicio de acercamiento que terminará con él tomando la cintura de ella y ella llorando. Estos indicios nunca se habían dado antes.
Salen sin mirar atrás, por primera vez, son obligados a dejar todo el pasado, todo lo que los mantenía unidos. El ruido que escuchan tiene la característica de ser sordo, así que existe pero sin poder entenderse realmente, aunque ellos parecen saber qué están sugiriendo esos sonidos.
Se refugian en el zaguán e Irene pierde su entretenimiento del tejido. Así quedan con lo puesto, con lo único que tienen: a ellos. Deben despojarse totalmente de su vida pasada. Esa fuerza que toma la casa, que tal vez venga de la muerte, de lo sobrenatural, no es otra cosa que una fuerza vital para ellos, aunque ellos no lo puedan ver. Esta partida puede sugerir la muerte de la vieja vida y el comienzo de una nueva que no sabemos cómo se resolverá realmente.
Nada de lo que ha quedado dentro es un motivador para los personajes para entrar a buscarlo. Lo pierden todo, y ahora el miedo apoya su pasividad.
El narrador termina tirando las llaves por las alcantarillas, por lástima a los ladrones que quieran tomar la casa, a los que él llama “pobre diablo”. Considera que son dignos de lástima porque lo que está dentro de la casa es mucho más terrible que el robo de la casa. La casa no termina como ellos habían imaginado, en manos de primos distantes. Termina abandonada por ellos, como una señal de un mundo antiguo que debe morir, que debe acabarse para dar paso a lo nuevo. Ya no quedaban casas como esas, había dicho el narrador, como una referencia a los tiempos modernos en los que ese pasado, esa tradición estaba muriendo, ahora finalmente muere, y no queda esperanzas de que se puedan conservar como testimonio de una tradición. Tal vez, esa tradición está más viva aún de lo que se supone, dentro de su mundo y expulsa vitalmente a estos hermanos a que vivan su momento.
En la literatura fantástica se presenta una situación cotidiana, común, las circunstancias que rodean al personaje parecen no tener ninguna diferencia a las que rodean nuestra vida. Pero eso es sólo un apariencia, porque en realidad en esas circunstancias siempre podemos percibir algo extraño, algo diferente que no podemos precisar hasta que no aparece lo fantástico. Esto coloca al lector, muchas veces, en una atmósfera onírica o de extrañamiento. Una vez que el lector entra en ese clima y acepta las reglas de juego que propone el narrador sucede lo fantástico, un hecho inexplicable, sobrenatural que amenaza al personaje y que nunca tiene una explicación racional que tranquilice ni al personaje, ni al lector. De esta manera lo fantástico es aceptado naturalmente como parte de la historia sin ser cuestionado, por más sobrenatural que sea. Todo queda dentro de las reglas de la verosimilitud, aunque sepamos que eso no nos pasará a nosotros, se presenta al lector como algo posible.
La diferencia entre la literatura fantástica y la Ciencia Ficción es que en la primera sólo se presenta un hecho amenazante, en la segunda se nos introduce desde el principio en un mundo con reglas diferentes, generalmente ambientado en el futuro, donde todo es extraño a nuestra cotidianeidad, pero que aceptamos como posible en otro tiempo. El elemento tecnológico o científico da un marco de racionalidad y seguridad, y ese mundo no amenaza al personaje, él se mueve perfectamente en él y conoce sus reglas, somos los lectores quienes las descubrimos. Allí, entonces, los personajes viven experiencias que pueden sernos familiares o no, pero nadie está amenazado (ni lector, ni personaje) por ese mundo, como sí sucede con lo fantástico. Otro elemento que diferencia ambas literaturas en el elemento científico, que se da en la Ciencia Ficción. Ese elemento puede amenazar pero está explicado por el avance de la ciencia. En la literatura fantástica, el elemento amenazador es sobrenatural, no tiene una explicación científica, aunque sus personajes procuren buscarla. Esto es lo que lo hace más difícil de manejar para el hombre, porque al no existir un respuesta que explique lo sucedido, no existe tampoco forma de combatirlo.
En el caso de Casa Tomada tenemos un elemento fantástico, pero parecería que los personajes saben de qué se trata, y sino lo saben, tampoco intentan explicarlo, sólo lo aceptan y se adecuan a ello. Eso resulta muy extraño a primera vista, pero una vez que se empieza a analizar las circunstancias de los personajes podemos aventurar por qué no averiguan.
El texto está dividido formalmente en seis partes. Cada parte se concentra en un momento de la historia:
1 ) Presentación de personajes
2 ) Presentación de la casa
3 ) Toman la casa
4 ) Adecuación a la nueva situación: ventajas y desventajas
5 ) Lo íntimo: los sueños y el silencio
6 ) Toman definitivamente la casa.
Las dos primeras partes corresponden a la introducción. Desde la tercera parte hasta la quinta corresponden al nudo, y la sexta parte corresponde al desenlace del cuento.
Si bien la forma de narrar en primera persona hace a veces difícil encontrar esta estructura, uno la puede ver claramente al deducir lo fundamental asociado a los hechos que ocurren.
Este es un narrador personaje, por lo tanto es interno, forma parte de los hechos que narra. Esto nos lleva a diferenciar narrador de personaje a la hora de tratar de deducir cuánto sabe de los hechos narrados. Si afirmamos que el personaje sabe lo que está pasando, pero no lo dice, podríamos deducir que el narrador (que es la figura que nos da a conocer la historia) aunque sea el personaje, nos llega a nosotros como infrasciente. El narrador infrasciente es aquel que sabe menos que los personajes. Él como personaje sabe lo que pasa, pero como narrador no lo dice. Y aún cuando no supiera qué está pasando sería infrasciente, porque hay una cantidad de cosas que no dice de su relación con Irene, tal vez porque no se anima ni siquiera a decírselas a sí mismo, pero que nosotros podemos deducir. Otra vez aparece en Cortázar la idea de obra abierta. Es el lector quien debe terminar de cerrar la historia con su elaboración racional.
1) Presentación de personajes
El texto comienza con la mención de casa y asegurando que les gustaba la misma. En ella se sentían cómodos. Dos características se dice de ella “espaciosa y antigua”. En ella sólo viven dos personajes humanos, lo que nos mostrará que la casa es muy grande para ellos, pueden tener independencia, sin embargo eligen estar siempre juntos, trabajando en unidad, mantienen sus gustos pero ambos están con el otro, unidos por esa casa. El término antigua también nos da la pauta que estos personajes están unidos a la casa por cuestiones afectivas: es la casa de sus bisabuelos, su abuelo paterno y sus padres, además de toda su infancia. La casa es el marco para mostrar cómo estos dos personajes se han quedado en el pasado, no han logrado avanzar y construir una vida fuera de esa casa. Las excusas son muchas, pero lo cierto es que estos personajes son guardianes de una casa que representa el pasado. Viven en una especie de tumba de los recuerdos y ellos se empecinan en mantenerla limpia y cuidada, esa es su tarea.
La casa aparece en primer término porque es un personaje vivo, es la protagonista de la historia, esto es un elemento de los que podríamos ver como cotidianos pero que resulta extraño, y termina de explicarse cuando aparece el elemento fantástico. Los personajes humanos son dos, pero la casa va adquirir tal protagonismo y va cobrar una vida independiente a los personajes humanos, por lo tanto se transformará en un personaje humanizado.
Una de las excusas que se ponen los protagonistas es que las casas antiguas ya casi no existen, y es un privilegio poder mantenerla. Hoy en día, asegura el narrador, las casas antiguas mueren para ser vendidos sus materiales. Esa es la mirada que él tiene, pero podría pensarse que se venden como una forma de comenzar una nueva etapa, algo que ellos ni siquiera se plantean. Estos personajes se caracterizan por la pasividad absoluta, no tienen curiosidad, no tienen inquietudes, más allá de los hobbies que son más bien pasatiempos, no tienen ambiciones, ni sueños, casi podríamos decir que están tan muertos como sus ancestros, aún cuando sigan moviéndose. Son guardianes de un museo que a nadie le interesa, sólo a ellos, y del que no se pueden desprender porque son parte de él.
La de ellos es una vida ordenada, organizada y rutinaria. Otro elemento que nos remite a la muerte. Cuando el tiempo pasa siempre igual, cuando nada diferente nos recuerda que hay un nuevo día, nada nos marca que estamos creciendo, avanzando, entonces ¿qué nos diferencia de la muerte, donde nada diferente puede pasar?
Ellos se habituaron a vivir solos, y el narrador reconoce que es una locura ya que ocho personas podrían vivir allí sin molestarse. Esto también es un anticipo de lo que va a suceder, ya que ellos viven con otras personas sin saberlo, o por lo menos con una fuerza que hace murmullos cuando toman la casa.
Todo lo que hacen es preciso, tiene su hora marcada y lo que les da satisfacción es almorzar “pensando que la casa profunda y silenciosa”. Sus pensamientos giran entorno al cuidado de la misma, su vida está unida a la tarea de mantenerla limpia. Estas nuevas características de la casa también serán claves para lo fantástico. La casa es profunda, encierra mucho más que lo aparente, viene de las profundidades que nos da el recuerdo, el pasado. Y es silenciosa, otra característica que se transformará cuando tomen la casa. Ellos son silenciosos y la casa va a empezar a hablar, aunque ellos no puedan percibir exactamente lo que dice. Eso es porque no quieren saber. La clave de no querer saber está en ese reconocimiento que hace el narrador personaje cuando dice: “entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa”. Irene ha rechazado varios pretendientes sin motivo aparente, y a él se le murió la chica antes de que llegaran a comprometerse. Han quedado estancados allí, ni ella tuvo más pretendientes ni él se ha vuelto a comprometer. El personaje narrador piensa que tal vez la culpa de esta situación es de la casa, quienes los mantiene unidos en la tarea de preservarla, como si en realidad ellos se hubieran casado con la casa. Pero en realidad la casa sirve como un cómplice que resguarda ese “matrimonio de hermanos”. Un matrimonio también silencioso como la casa, ese silencio es lo que impera, lo que los caracteriza. El personaje habla todo el tiempo de lo que hacen, pero no habla de lo que sienten. Ellos parecen estar casados sin saberlo, sin decirlo, y sin concretarlo carnalmente, pero el incesto es lo que se esconde tras ese silencio. Un incesto silencioso y platónico, contemplativo, unido por la fuerza de la vida en común, cotidiana y rutinaria que les impone la casa. La casa es la excusa para estar juntos. Con esta vida ellos cierran “la genealogía asentada por los bisabuelos”, con ellos se termina la vida de esa familia, ellos son los últimos descendientes. Por eso es que están más atados a la muerte que a la vida.
Las perspectivas de futuro que imagina el personaje dejan claro que su vida termina con la casa: “nos moriríamos allí algún día”. Luego de su muerte, el narrador supone la muerte también de la casa: “vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse”. Ellos están tan unida a ella que nada se puede suponer más que la muerte, incluso hasta una especie de suicidio, dado que piensan en destruirla ellos antes de que ello pasara. Por lo tanto, todo el cuidado de la casa no tiene más que el fin de la destrucción y la muerte, así que todo el deseo de preservación es inútil aún en ese momento. No existe un futuro, ni un proyecto para dedicarle tanto tiempo a la casa. Estos personajes sólo viven en el absoluto y vacío presente.
La actividad principal de Irene era tejido, pero a diferencia del mito de Penélope, ella no tejía y destejía esperando a su marido. Ella no espera nada. Sin embargo, la forma en que la mira el personaje narrador es de absoluta admiración. La diferencia del resto de las mujeres. Irene para él teje cosas útiles para la vida cotidiana. Incluso él se involucra en su tarea, no sólo siendo el destinatario de alguna de las prendas, y observando con cuidado su labor, sino también porque es quien le compra la lana en el centro. Él es el único que sale de la casa, y ella jamás rechaza el color de la lana que él le trae, aún cuando no le diga que color quiere. Ella no parece tener ni siquiera esa pretensión. Son dos personajes viejos (aún cuando son jóvenes aún) amalgamados como un viejo matrimonio que no discute porque saben cuales son los gustos del otro.
Los gustos de él, la literatura, están estancados también. Nada que le interese llega a la Argentina desde hace mucho tiempo. Así que su único placer es la casa y lo que esa casa encierra: Irene y su matrimonio encubierto con ella. Ella para él es perfecta, y lo expresa cuando dice: “Irene es una chica nacida para no molestar a nadie”.
“Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia”. El narrador se relega a un segundo plano, sin embargo es por él que sabemos realmente lo que está pasando entre ellos. Para él la casa e Irene son lo más amado, y aunque él no comprende por qué teje tanto, ni la pasión de esa actividad, él la admira sin preguntar. Irene hace pañoletas que guarda en un cajón y él no pregunta para qué las quiere. Afirma que no hace cosas inútiles, pero acá vemos que él no comprende su utilidad, sin embargo respeta su intimidad y no pregunta. Esta falta de curiosidad es característica en ellos. Sabe que un libro se puede releer y encontrar cosas nuevas, pero no llega a comprender la tarea de Irene. La respeta y la literaturiza “a mí me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados”, la ve con la admiración contemplativa del poeta que se fascina en los detalles más banales.
Son una familia acomodada. No necesitan nada para vivir. Viven de rentas y esa inactividad también hace a la falta de sorpresas, al aburrimiento de quien sólo vive cada día esperando, como única sorpresa, la muerte.
Descripción de la casa
La descripción de la casa es prácticamente gráfica. Podríamos aventurar que sería algo así:

Luego de la descripción minuciosa de la casa, el narrador asegura que ellos sólo viven en la parte delantera de la misma, otra muestra de su falta de motivaciones, de su comodidad y pasividad. Ellos no se aventuran más allá, aún cuando saben que la casa es grande y en ella podrían hacer muchas más cosas que limpiarla. Pero su tarea, su obsesión es la limpieza, y es interesante la mención que hace al polvo que se junta en la casa. El polvo es una referencia a la muerte, no sólo a la suciedad. Polvo somos y al polvo volveremos, fue la condena de Dios en la Biblia. Si el polvo se junta en la casa casi empecinadamente, de alguna manera la muerte también los rodea, aunque su tarea sea sacarlo de allí: “Hay demasiada tierra en el aire” dice el narrador, y eso se transforma en una especie de reconocimiento de su condición, y esta tierra es porfiada, porque nunca termina de irse, sino que se deposita en otro lado. Siempre está, lo cubre todo, aparece como testigo de la dejadez de estos hermanos.
La toma de la casa
La casa es tomada en circunstancias cotidianas. Ellos ni lo imaginan. Están en su rutina diaria, cuando el hecho los sorprende. No saben lo que es. Tampoco se lo preguntan. Dice el narrador: “escuché algo en el comedor o la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación”. No puede precisar el sonido, pero en el fondo de la casa hay vida, como si hubiera una conversación pero ahogada. No puede ser clara. No puede escucharse, porque ellos tampoco quieren saber. Algo se agita, las sillas parecen que cayeran. Esa vida del interior de la casa podría verse como el reflejo de lo que ellos callan. Tal vez podríamos pensar que es la fuerza de sus antepasados que se están diciendo lo que ellos no quieren ver. Tienen más vida los muertos que ellos mismo que están vivos. Esa fuerza protesta, está allí, marca una presencia que asusta. El personaje narrador se apoya sobre la puerta y la cierra con llave y con cerrojo, para asegurarse que la fuerza no se acercará más, no pasará para este lado de la casa.
Lo extraño viene con la actitud del personaje. No intenta averiguar. No se muestra sorprendido, es como si esta situación se estuviera esperando, aunque no en ese momento. Sigue con su rutina, como si nada hubiere pasado. Va a la cocina, tarea que iba a hacer antes del descubrimiento de que habían tomado la casa, y calienta el agua, como pensaba hacer, sin que este hecho modifique en lo más mínimo su plan de acción. Y con esa misma tranquilidad, casi diríamos negación, comunica a su hermana que han tomado la casa.
Es en la reacción de ella que vemos la gravedad del suceso: ella deja caer el tejido. La idea la conmociona. Lo mira con “sus graves ojos cansados”. Reconoce la gravedad de la situación pero tampoco pregunta, tampoco quiere saber. Ambos saben que están en falta, ambos saben que viven como un matrimonio y eso no está permitido, pero ninguno lo dice abiertamente jamás. La casa, refugio del incesto, parece empezar a rebelarse ante tanto silencio.
Luego de asegurarse que la casa ha sido tomada, la actitud de la hermana es igual a la de él: continúa con su tarea, recoge el tejido y sentencia pasivamente “tendremos que vivir en este lado”. Ellos han vivido adecuándose a la casa, y a los requerimientos de ésta, ¿por qué no lo habrían de hacer ahora?
Sin curiosidad el hombre está muerto. El querer saber es el motor de nuestras vidas, en este caso, es justamente lo contrario. El querer saber resulta peligroso, porque implica abrir la puerta a algo prohibido y a una revisión de sus vidas y sus actos que no están dispuestos a hacer: enfrentarse a sí mismos y a los otros, incluso a su decisión de que la genealogía de su familia terminara en esa decisión de no casarse jamás y construir una nueva vida. Esto resulta insoportable para estos hermanos que se encuentran cómodos en esta pasividad.
A Irene le afecta más la situación que a él, ya que le cuesta reanudar su trabajo. Éste niega, le quita importancia a lo sucedido, tanto es así que lo trasmite al lector cuando en vez de preocuparse por la situación que ha empezado a invadirlos, piensa en un detalle tan nimio como lo es el chaleco gris que está tejiendo Irene.
Esta segunda parte del análisis incluye, en primera instancia, la adecuación de estos hermanos a la nueva situación. Han tomado la casa, no sabemos quién, y los hermanos pasivamente aceptan el hecho, aún cuando han perdido y han ganado con esta nueva situación. Sin embargo nunca se prestan ha hacer una revisión profunda de su nueva condición. Para ellos sólo se trata de un cambio en la rutina.
En segunda instancia, el narrador plantea cómo son las noches en esta nueva situación, y el silencio en contraposición con el ruido de la casa.
En última instancia, tenemos el desenlace, en el que el pierden definitivamente la casa.
Nueva situación
Al principio el narrador dice que les resultaba penoso encontrar que había muchas cosas que habían perdido. Esto significa que parte de sus vidas estaba del otro lado de la casa, pero ellos no se habían dado cuenta que era así. Recordemos que el narrador había dicho que ellos vivían en la primera parte de la casa, y que sólo iban al fondo a limpiar. El tema es que siempre hay parte de nosotros esparcido por muchos lados que ni siquiera nosotros sabemos. En estos pequeños descubrimientos, ellos también se descubren a sí mismo. Descubren que existían cosas que les interesaba pero que no sabían que así era, porque siempre estaban al alcance de sus manos.
Sin embargo ninguna de esas son lo suficientemente queridas como para sobrepasar el límite de retomar la casa y averiguar qué es lo que estaban escuchando. Esto parece mostrarnos que los personajes creen que quienes tomaron la casa tienen derecho a hacerlo, tal vez porque es suya. De allí podríamos aventurar que son la fuerza de los muertos quienes han decidido cobrar vida en esa parte de la casa. Vienen a echarlos, tal vez a precipitarlos a la vida que ellos se niegan a vivir. Todo se invierte: los vivos están muertos y los muertos, vivos.
Las cosas que extrañan son cosas pequeñas, excepto porque el narrador pierde sus libros de Literatura francesa, que es su único entretenimiento, aparte de observar a Irene tejer. Ahora estará más concentrado en esto último, y en un álbum de filatelia, que ya analizaremos. Recordemos que el personaje narrador, enamorado de la literatura francesa, había asegurado que nada nuevo llegaba a Buenos Aires desde hacía muchísimo tiempo. Así que es de suponer que ya ha leído esos libros. Son parte de la muerte, ahora y antes. Releerlos no es otra cosa de la que ya hacen: alimentarse del pasado y los muertos, no aceptando la posibilidad de un cambio que abra paso a lo nuevo.
Las ventajas que obtienen siempre están en relación a la casa y su limpieza. Ahora pueden levantarse más tarde y terminar antes. Inmediatamente los hermanos encuentran la solución perfecta para su comodidad. Ellos son maestros en adecuarse a la comodidad, y aún, en la situación incómoda en la que se encuentran. Ahora pueden cocinar una sola vez al día, y no tienen que levantarse a cocinar en la noche. Toda la “actividad social” de ellos se traslada al cuarto de Irene. En éste comen y están cuando cae la noche como una algo habitual pero sin advertir el peligro que puede traer para estos personajes que no quieren revisar qué significa eso.
Otra cosa interesante es que cocinan “platos para comer fríos de noche”. Teniendo presente que este es un “matrimonio de hermanos” que nunca concretan una actividad sexual, esta idea de platos fríos cobra un nuevo significado. A parte de la practicidad que eso puede implicar, el texto en su contexto habilita a pensar también en la necesidad de frialdad que deben tener a esa hora donde todo se puede confundir y salir a la luz.
El narrador se encuentra perdido por la falta de sus libros, pero enseguida encuentra un nuevo entretenimiento: la colección de estampillas del padre. La filatelia es un entretenimiento de viejos, y al ser del padre implica que también es de los muertos. Los muertos se quedan con cosas de la vida de ellos, y ellos tenían de su lado cosas de sus ancestros. Ellos también convivían con ellos pero no tenían presente cuán presente estaban. No cambian, se mantienen en la misma línea como si se resistieran a vivir sus propias vidas.
Comparten sin compartir realmente. Lo hacen desde la muerte de la pasividad. Los diálogos son para incluir al otro en su actividad pero no significa que realmente estén unidos entre ellos. Sin esos diálogos irrelevantes, la situación se tornaría en la absoluta soledad y silencio que tal vez los uniera mucho más que esos diálogos superficiales y cordiales.
“Estábamos bien y poco a poco empezamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar”. Esta es otra de las revelaciones del narrador que muestran la base de esta relación: no pensar. Pensar resulta siempre peligroso, uno puede descubrir cosas que le molestan, pero también las puede cambiar. Ellos se niegan a eso, y quien no piensa, no sufre, pero tampoco vive. Sin embargo a pesar de esa porfiada idea de estar bien sin pensar, en la siguiente parte veremos sus pensamientos.
El silencio
Es realmente en esta parte que podemos inferir lo que el silencio conlleva. De esto no hablan ellos. Suponemos que Irene no sabe lo que el narrador personaje piensa, así como nunca sabremos qué piensa Irene que es como una especie de fiel ayudante silenciosa, casi como su otro yo femenino.
Esta parte del cuento está encerrada entre paréntesis lo que nos hace suponer la idea de secreto. Lo que se pone en paréntesis, según la gramática, es aquello que sirve para aclarar pero que se puede quitar de la oración sin que esta cambie sustancialmente. Sin embargo en este caso, esta parte no puede ser obviada porque aclara, y es sustancial a la historia. Por otra parte, la curva de entonación, cuando aparece el paréntesis, baja, es decir lo que está entre paréntesis se dice más bajo que el resto de la oración. De esta manera podemos inferir que toda esta parte se dice más bajo que el resto. De allí podemos pensar que el narrador nos revela parte de su intimidad cotidiana, por eso podemos decir “el silencio”, porque aquí está parte de lo que el silencio encierra.
Si ellos podían vivir sin pensar, ahora veremos que en realidad eso les resulta imposible, por lo menos al narrador, hombre eminentemente intelectual, cuya idea de “no pensar” sería matar su condición.
Ambos hermanos escuchan los sueños del otro. En la noche, el silencio de la casa los une, a pesar de que hay un living de por medio, ambos están pendientes del otro en su cuarto. Sienten sus sueños, saben lo que dicen, cuando el sueño es una pesadilla y se cae el cobertor, cuando tosen, encienden la luz, hasta la respiración se sienten (situación muy sugestiva), en fin, todo lo que pasa en el cuarto del otro. Es como si estuvieran en el mismo cuarto, pero no lo están, y eso les provoca insomnio, se desvelan. Esta inquietud a la hora de dormir es reveladora de todo lo que está pasando entre ellos internamente. Eso que ellos no quieren decir, aparece en la noche y en su actitud.
La voz de Irene es “de estatua o papagayo” y con esa metáfora el narrador sugiere que lo que sale de ella es parte de su inconsciente, nada que ella pueda controlar. El narrador no nos dice qué dice entre sueños, pero seguramente es lo que la tiene intranquila. Así vemos que la toma de la casa viene a revelar lo que ellos no quieren ver, y esto ha empezado a invadirlos también a ellos. Ya no duermen tranquilos, ya empiezan a verse sin quererlo.
El silencio lo invade todo, no sólo de noche sino también de día. Ya no aparecen casi diálogos, los personajes se limitan a callar para no decir. El único ruido que se presenta en el día es el de la cotidianeidad, el de los objetos, el que nace inevitablemente de la tarea que se realiza. Solamente hablan en los lugares en que se pueden escuchar las voces de la casa tomada. Allí hablan en voz alta para no escuchar. No importa de lo que hablan, sino que el fin es no escuchar. Incluso, reveladoramente, se dice que Irene “cantaba canciones de cuna”. Recordemos que esto viene de una mujer que ha rechazado dos pretendientes sin motivo, por lo tanto podremos suponer que habiendo llegado a los cuarenta años, éste es un tema de frustración. Algo de lo que pasa en la parte tomada los afecta, y el recurrir a lo infantil, lo primitivo en sus vidas, puede marcar esta frustración de no haber hecho su vida, de su deseo reprimido. Por otra parte, canta aquello que seguramente aprendió de sus ancestros, como si eso le trajera paz a todos, con el único fin de no pensar.
Cuando vuelven a su espacio a habitual, parecería que el silencio se hace mayor “la casa se ponía callada”. Se percibe aquí como la personificación usada por el narrador refleja la vida que esta casa ha adquirido para ellos. Esta es una persona independiente que ya no pueden manejar. Tanto así, que el silencio entre ellos se ahonda, “pisábamos muy despacio para no molestarnos”. Ellos procuran el silencio, porque los nervios que provocan el estar cerca de la parte tomada hace que cuando vuelven a su lugar deseen el silencio. La comunicación se ha vuelto nula entre ellos, aunque nunca existió en profundidad, ahora es más profunda aún.
Segunda toma de la casa
En esta segunda toma cambia la reacción de ellos. El personaje narrador se detiene bruscamente, ahora no puede ya hacer como si nada pasara. A esta reacción le corresponde la alarma de Irene, que se para al lado de él sin decir nada. El silencio sigue imperando en ellos y es la primera vez que se paran a escuchar. Tampoco se miran, no hay entre ellos un contacto, sólo es la situación la que los une. Cuando reaccionan, él toma su brazo, primer indicio de acercamiento que terminará con él tomando la cintura de ella y ella llorando. Estos indicios nunca se habían dado antes.
Salen sin mirar atrás, por primera vez, son obligados a dejar todo el pasado, todo lo que los mantenía unidos. El ruido que escuchan tiene la característica de ser sordo, así que existe pero sin poder entenderse realmente, aunque ellos parecen saber qué están sugiriendo esos sonidos.
Se refugian en el zaguán e Irene pierde su entretenimiento del tejido. Así quedan con lo puesto, con lo único que tienen: a ellos. Deben despojarse totalmente de su vida pasada. Esa fuerza que toma la casa, que tal vez venga de la muerte, de lo sobrenatural, no es otra cosa que una fuerza vital para ellos, aunque ellos no lo puedan ver. Esta partida puede sugerir la muerte de la vieja vida y el comienzo de una nueva que no sabemos cómo se resolverá realmente.
Nada de lo que ha quedado dentro es un motivador para los personajes para entrar a buscarlo. Lo pierden todo, y ahora el miedo apoya su pasividad.
El narrador termina tirando las llaves por las alcantarillas, por lástima a los ladrones que quieran tomar la casa, a los que él llama “pobre diablo”. Considera que son dignos de lástima porque lo que está dentro de la casa es mucho más terrible que el robo de la casa. La casa no termina como ellos habían imaginado, en manos de primos distantes. Termina abandonada por ellos, como una señal de un mundo antiguo que debe morir, que debe acabarse para dar paso a lo nuevo. Ya no quedaban casas como esas, había dicho el narrador, como una referencia a los tiempos modernos en los que ese pasado, esa tradición estaba muriendo, ahora finalmente muere, y no queda esperanzas de que se puedan conservar como testimonio de una tradición. Tal vez, esa tradición está más viva aún de lo que se supone, dentro de su mundo y expulsa vitalmente a estos hermanos a que vivan su momento.
miércoles, 24 de diciembre de 2008
Texto y Análisis de Los Heraldos Negros - Material proporcionado por la Profesora Paola de Nigris
LOS HERALDOS NEGROS
Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!
Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema
Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Este poema lleva por título “Los heraldos negros”, dándole también nombre al libro que compone una serie creaciones en las que el poeta pone en cuestionamiento su relación íntima con Dios. Esta Duda de la atención divina parte de la misma existencia y vivencia del yo lírico, que sufre por el dolor humano, que es irreparable y hasta insoportable.
La antinomia Amor/ Dios, Dolor/Hombre es el tema del poema. ¿Cómo un Dios que es amor permite el dolor que parece partir del odio de Dios? Como si ese Dios se ensañara especialmente en el sufrimiento humano. Sobre estos ejes gira todo su cuestionamiento.
El carácter del poema es casi dialógico. El yo lírico parece hablarnos, hacernos vernos en esos golpes, hacernos reflexionar sobre ellos, hayamos o no sentido estos golpes aún. Pero nos involucra y esos golpes son los golpes de cualquier vida, de la Cruz que cada hombre lleva por el simple hecho de existir
Estamos frente a un poeta que se aparta del modernismo latinoamericano lleno de un lenguaje ornamental y colorido, para acercarse al existencialismo de principios de siglo, parco y filosófico. Aquella doctrina filosófica que cuestiona la existencia del hombre con un propósito definido. No olvidemos que ya ha pasado una primera guerra mundial y que el hombre ha visto la crueldad y las barbaridades de la guerra. A la juventud muriendo en forma instantánea y al hambre que esta Guerra Mundial ha conllevado. Es lógico que éste se pregunte: para qué existimos, qué es ser hombre, qué debe hacerse con este existir.
El título mismo responde a un poema de Rubén Darío, modernista, que se llama “Heraldos”. Este poema esta cargado de colores y relaciona a cada color con los amores que el yo lírico tuvo en su vida. Cada heraldo (mensajero) le trae el recuerdo de una característica de un amor pasado. En el caso de Vallejo estos también son “Heraldos”, pero todos negros, porque son anuncios de la muerte, de la oscuridad, de la soledad y la desolación. Este poema de Vallejo también rompe con la formalidad métrica muy estricta en los poemas modernistas, sin embargo, el juego que hace de sonoridades en las rimas sugieren toda una serie de sentidos. Mezcla rimas consonantes con asonantes. La única rima consonante es “sé”. Esta es una certeza que no existe, porque va acompañada del “no”, así la certeza se transforma en duda, una duda que se vuelve existencial, “Yo no sé”, y lo que el yo lírico no sabe es el sentido de esos golpes que provocan dolores insostenibles. Las rimas asonantes aparecen desde la segunda estrofa: “fuerte/Muerte”, “blasfema/quema”, “palmada/mirada”. Estas coincidencias sonoras sugieren un sentido en el que se revela la impotencia del hombre, ante lo absoluto, la Muerte, la blasfemia, y el llamado divino.
Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!
El yo lírico comienza el verso con una certeza y la termina con una duda. Existen, “hay golpes”, no son una duda porque al menos él los ha sentido, y si quien escucha no los reconoce, tal vez ahora sí los haga o se prepare para hacerlos. Los heraldos negros que anuncian, no amores, sino muerte, son mensajes para el hombre, y que tarde o temprano recibiremos. Éste utiliza un zeugma (cuando se une un concepto concreto con uno abstracto) que permiten la visualización del esos golpes. La vida tiene momentos muy difíciles que parecen golpes, si es así, entonces hay una mano o obstáculo que los provoca. Son “tan fuertes” que desquilibran al hombre, lo desestabilizan. Esa es la única certeza palpable, lo demás es duda: de dónde vienen, por qué suceden, cuál es el propósito, por qué se sufren. Todo es una gran duda, que el yo lírico expresa después de una reticencia (los puntos suspensivos) donde el silencio se llena de preguntas nunca formuladas, porque no tienen respuesta, sólo una única certeza. Existen y se sienten.
En el segundo verso el yo lírico aventura una posible respuesta a través de una comparación sugestiva: “golpes como del odio de Dios”. Esa mano que golpea al hombre no puede venir de otro lado que no sea de Dios, pero este es un Dios que ha cambiado su condición. Si Dios es Amor, es imposible que odie, pero son tan fuertes esos golpes, que así los siente el yo lírico. Es interesante ver como la palabra “Dios” y la palabra “odio” tienen casi los mismo fonemas pero ordenados de forma diferente. Dios ha cambiado, para este yo lírico, de condición, como han cambiado sus fonemas, y es capaz de odiar al hombre, en vez de amarlo. Esa es una posible explicación de que estos golpes sean tan fuertes y tan desestabilizadores.
Luego de la cesura, aparece una nueva comparación, en un intento desesperado del yo lírico de explicar la naturaleza de estos golpes vividos.
...como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!
Utiliza nuevamente un zeugma para que lo sufrido quede planteado en una sensación concreta, reconocida por el lector: “la resaca”. Esta palabra tiene múltiples significados. Podría asociarse a los residuos que deja el mar al volver la ola, y también puede verse como al malestar después de el exceso de bebida o a la turbación de una situación inesperada. Sea cual sea el significado, el yo lírico se desequilibra con esos golpes y sólo queda esos residuos del movimiento producido, los residuos de “todo lo sufrido”, eso que no puede controlarse porque son las consecuencias del dolor, que uno no puede prever. Es el adjetivo “todo” lo que comienza a darnos una idea de la inmensidad de esos golpes.
Pero esos golpes no sólo traen resaca sino que tampoco desaparecen del individuo, quedan allí, estancados, empozados, en lo más íntimo del ser, lo que hace imposible su recuperación. El pozo es difícil de vaciar y el agua allí no corre, por lo tanto es agua de muerte, por su suciedad. Esta queda en lugar al que ni siquiera podemos acceder: el alma, porque tampoco sabemos dónde está para poder limpiarla. Este juego entre lo concreto y lo abstracto, hace sencilla la comprensión del poema pero también lo hace sensible al lector, quien inmediatamente comprende y siente de qué se está hablando.
Esta primera estrofa termina con la misma Duda. El yo lírico se desvive por explicar qué clase de golpes son los que le afectan pero no puede explicar su origen, no puede explicar su por qué, y mucho menos, para qué. Todo el poema será ese intento de explicar la clase de golpes de los que habla, y en estos se deja entrever la duda existencial. Tres veces planteará la Duda, y sabemos que este es un número religiosamente importante, porque tres son las personas divinas, unidas en una sola. Tres veces duda, y uno sólo es el hecho: los golpes.
Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
La segunda estrofa comienza con una nueva certeza: “son pocos”. Eso puede aliviar un tanto a la condición humana. Si el hombre frente a Dios es como una hormiga, y si Dios realmente se ensañara en golpearnos, no existiría la raza humana, en estas ideas podemos ver que el hombre ve consecuencias del accionar divino sin comprender sus motivaciones. Es ese límite del conocimiento humano lo que angustia al hombre. La sentencia termina como empieza, con el verbo “ser”, que adquiere la dimensión de existir. Que sean pocos no lo libra de que existan y duelan, por eso otra vez vuelve a la reticencia como la suspensión de lo inefable, lo inexplicable, lo incomprensible.
Estos golpes dejan marcas físicas y oscuras que son visibles para cualquiera que los vea, están en el rostro y no importa cuán fuerte sea la persona que los recibe. Marcan al hombre, oscurecen su faz y este color va quitando la luz del rostro, señal de lo divino. Si son “zanjas oscuras” son profundas y no pueden borrarse. Dios vuelve a cambiar de condición, es capaz de dejar oscuridad en un rostro “fiero”. Nadie está a salvo de estos golpes, ellos son como latigazos que marcan el lomo y obligan al hombre a estar agachado, a encorvarse, a someterse, a aceptar sin cuestionamientos, sin posibilidad de réplica.
En los siguientes dos versos el yo lírico intenta una explicación que sirve también para describir esos golpes.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
En esta explicación tampoco hay certezas “tal vez”, no lo sabe pero se asemejan a “los potros de bárbaros atilas”, aquel personaje tan temido por su bravura, que fue capaz de poner en jaque a todo el imperio romano, y asolar a toda Europa. Se decía que por donde pasaba el caballo de Atila no volvía a crecer el pasto. Vivían de los saqueos más crueles. Así siente los golpes este yo lírico, nada puede volver a crecer después de esos golpes, porque ni siquiera es Atila, sino muchos atilas, y muchos potros. No existe la posibilidad de recuperación después de esos golpes, es por eso que termina concluyendo: “o los heraldos negros que nos manda la Muerte”. Cada golpe, son mensajes de la Muerte, con mayúscula, con respeto, casi personificada. La Muerte le manda mensajeros al hombre para recordarle que existe, que es implacable, que es dolorosa, y que es para todos. Y aún más, que está más cerca de lo que uno piensa.
Son las caídas hondas de los cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema
La tercera estrofa comienza, nuevamente con una certeza, la de existir pero ahora asociado directamente a Cristo. Éste que debe estar en todo hombre, cae con esos golpes, y su caída es profunda, por eso es muy difícil reanimarlo. Uno de los poderes que tenía Cristo era hacer revivir a los muertos, pero si éste cae, no existe la posibilidad de resurrección para el hombre. Y cae hondamente. Es importante ver que no habla de Cristo que es único sino de “los cristos”, que son personales. La propuesta cristiana es personal, cada hombre debe vivir a Cristo, y aquí el yo lírico involucra al lector en ese plural, son los cristos del alma, los personales, en el que confiamos y nos apoyamos, en el que sostenemos nuestras vidas, ése es el que cae. Y ese plural en minúscula se opone al “Destino” en mayúscula, personificado, que termina determinando la vida del hombre. La fe que debería ser para Cristo, adora en realidad al Destino que se opone al Libre Albedrío cristiano. Según este último concepto el hombre puede elegir su camino, pero si la fe adora al Destino, no existe la posibilidad de elección. El hombre está determinado a sufrir. A su vez hay una oposición entre la palabra “adorable” y la palabra “blasfema”. Ambas pertenecen al campo religioso, pero una es una bendición y la otra una maldición. Ese Destino nos maldice, en eso radica su personificación, tiene el poder de hacernos sufrir casi por el placer perverso de hacerlo, por el hecho de haber elegido adorarlo. En el alma del hombre, estos golpes hacen que la fe en “los cristos” mengüe y empecemos a pensar que estamos destinados a sufrir la maldición del Destino.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema
En estos dos último versos ya no son sólo golpes oscuros, sino también sangrientos. Nuestra sangre, motor de la vida, son consecuencias de los golpes, en cada uno de ellos se nos va un poco de vida y pasión. Vamos quedando cada vez más caídos y débiles. Allí el yo lírico utiliza una comparación sin nexo que afirma, con un ejemplo, lo que ellos significan. El pan, que es vida, que es metáfora del alimento divino, no llega al hombre, queda en la puerta, quemado, no cumple su propósito, porque esos golpes no permiten que el hombre confíe plenamente en este pan. El pan, hermoso, a punto de salir para alimentarnos, crocante y sabroso, se quema cuando se encuentra con el mundo. Esta es la imagen de una profunda desolación. El mensaje de Dios puede ser precioso pero no alimenta, no alcanza, cuando uno lo enfrenta al mundo, parece querer decir el yo lírico. La justicia de Dios parece ser extraña para el hombre, porque existen esos golpes inexplicables.
Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
En la última estrofa concluye en la desolación del hombre, este queda solo y desamparado frente a todo lo que ha recibido, a todo lo que ha vivido, a todo lo que sufrido. Por eso el yo lírico, haciendo nuevamente uso de la reticencia, reitera la expresión “pobre”, porque nada es frente a estos golpes, nada es frente a esa mano que se los prodiga y que ni siquiera sabe de dónde viene. Esa misma mano es la que lo llama, comparación que utiliza para mostrar el desconcierto humano, su impotencia. Alguien lo llama, alguien le avisa, pero nunca se muestra qué o quién: son los heraldos negros. Y lo único que podemos ver es la reacción del hombre, que está con sus ojos locos, de dolor, de angustia, de desesperación, de no saber, de no entender.
Y otra vez todo “se empoza”, lo que se ha vivido, la angustia, el dolor, la incomprensión, todo, no es más que culpa que se refleja en sus ojos. El hombre siente culpa porque al no comprender, no sabe si lo vivido no es también merecido. Esta nueva comparación con un “charco” hace pensar en lo que no fluye, en el estancamiento, en lo que no puede renacer, porque no hay vida en el agua estancada.
El poema termina con la misma afirmación del principio, que queda flotando en el aire.
Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!
Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema
Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Este poema lleva por título “Los heraldos negros”, dándole también nombre al libro que compone una serie creaciones en las que el poeta pone en cuestionamiento su relación íntima con Dios. Esta Duda de la atención divina parte de la misma existencia y vivencia del yo lírico, que sufre por el dolor humano, que es irreparable y hasta insoportable.
La antinomia Amor/ Dios, Dolor/Hombre es el tema del poema. ¿Cómo un Dios que es amor permite el dolor que parece partir del odio de Dios? Como si ese Dios se ensañara especialmente en el sufrimiento humano. Sobre estos ejes gira todo su cuestionamiento.
El carácter del poema es casi dialógico. El yo lírico parece hablarnos, hacernos vernos en esos golpes, hacernos reflexionar sobre ellos, hayamos o no sentido estos golpes aún. Pero nos involucra y esos golpes son los golpes de cualquier vida, de la Cruz que cada hombre lleva por el simple hecho de existir
Estamos frente a un poeta que se aparta del modernismo latinoamericano lleno de un lenguaje ornamental y colorido, para acercarse al existencialismo de principios de siglo, parco y filosófico. Aquella doctrina filosófica que cuestiona la existencia del hombre con un propósito definido. No olvidemos que ya ha pasado una primera guerra mundial y que el hombre ha visto la crueldad y las barbaridades de la guerra. A la juventud muriendo en forma instantánea y al hambre que esta Guerra Mundial ha conllevado. Es lógico que éste se pregunte: para qué existimos, qué es ser hombre, qué debe hacerse con este existir.
El título mismo responde a un poema de Rubén Darío, modernista, que se llama “Heraldos”. Este poema esta cargado de colores y relaciona a cada color con los amores que el yo lírico tuvo en su vida. Cada heraldo (mensajero) le trae el recuerdo de una característica de un amor pasado. En el caso de Vallejo estos también son “Heraldos”, pero todos negros, porque son anuncios de la muerte, de la oscuridad, de la soledad y la desolación. Este poema de Vallejo también rompe con la formalidad métrica muy estricta en los poemas modernistas, sin embargo, el juego que hace de sonoridades en las rimas sugieren toda una serie de sentidos. Mezcla rimas consonantes con asonantes. La única rima consonante es “sé”. Esta es una certeza que no existe, porque va acompañada del “no”, así la certeza se transforma en duda, una duda que se vuelve existencial, “Yo no sé”, y lo que el yo lírico no sabe es el sentido de esos golpes que provocan dolores insostenibles. Las rimas asonantes aparecen desde la segunda estrofa: “fuerte/Muerte”, “blasfema/quema”, “palmada/mirada”. Estas coincidencias sonoras sugieren un sentido en el que se revela la impotencia del hombre, ante lo absoluto, la Muerte, la blasfemia, y el llamado divino.
Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!
El yo lírico comienza el verso con una certeza y la termina con una duda. Existen, “hay golpes”, no son una duda porque al menos él los ha sentido, y si quien escucha no los reconoce, tal vez ahora sí los haga o se prepare para hacerlos. Los heraldos negros que anuncian, no amores, sino muerte, son mensajes para el hombre, y que tarde o temprano recibiremos. Éste utiliza un zeugma (cuando se une un concepto concreto con uno abstracto) que permiten la visualización del esos golpes. La vida tiene momentos muy difíciles que parecen golpes, si es así, entonces hay una mano o obstáculo que los provoca. Son “tan fuertes” que desquilibran al hombre, lo desestabilizan. Esa es la única certeza palpable, lo demás es duda: de dónde vienen, por qué suceden, cuál es el propósito, por qué se sufren. Todo es una gran duda, que el yo lírico expresa después de una reticencia (los puntos suspensivos) donde el silencio se llena de preguntas nunca formuladas, porque no tienen respuesta, sólo una única certeza. Existen y se sienten.
En el segundo verso el yo lírico aventura una posible respuesta a través de una comparación sugestiva: “golpes como del odio de Dios”. Esa mano que golpea al hombre no puede venir de otro lado que no sea de Dios, pero este es un Dios que ha cambiado su condición. Si Dios es Amor, es imposible que odie, pero son tan fuertes esos golpes, que así los siente el yo lírico. Es interesante ver como la palabra “Dios” y la palabra “odio” tienen casi los mismo fonemas pero ordenados de forma diferente. Dios ha cambiado, para este yo lírico, de condición, como han cambiado sus fonemas, y es capaz de odiar al hombre, en vez de amarlo. Esa es una posible explicación de que estos golpes sean tan fuertes y tan desestabilizadores.
Luego de la cesura, aparece una nueva comparación, en un intento desesperado del yo lírico de explicar la naturaleza de estos golpes vividos.
...como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!
Utiliza nuevamente un zeugma para que lo sufrido quede planteado en una sensación concreta, reconocida por el lector: “la resaca”. Esta palabra tiene múltiples significados. Podría asociarse a los residuos que deja el mar al volver la ola, y también puede verse como al malestar después de el exceso de bebida o a la turbación de una situación inesperada. Sea cual sea el significado, el yo lírico se desequilibra con esos golpes y sólo queda esos residuos del movimiento producido, los residuos de “todo lo sufrido”, eso que no puede controlarse porque son las consecuencias del dolor, que uno no puede prever. Es el adjetivo “todo” lo que comienza a darnos una idea de la inmensidad de esos golpes.
Pero esos golpes no sólo traen resaca sino que tampoco desaparecen del individuo, quedan allí, estancados, empozados, en lo más íntimo del ser, lo que hace imposible su recuperación. El pozo es difícil de vaciar y el agua allí no corre, por lo tanto es agua de muerte, por su suciedad. Esta queda en lugar al que ni siquiera podemos acceder: el alma, porque tampoco sabemos dónde está para poder limpiarla. Este juego entre lo concreto y lo abstracto, hace sencilla la comprensión del poema pero también lo hace sensible al lector, quien inmediatamente comprende y siente de qué se está hablando.
Esta primera estrofa termina con la misma Duda. El yo lírico se desvive por explicar qué clase de golpes son los que le afectan pero no puede explicar su origen, no puede explicar su por qué, y mucho menos, para qué. Todo el poema será ese intento de explicar la clase de golpes de los que habla, y en estos se deja entrever la duda existencial. Tres veces planteará la Duda, y sabemos que este es un número religiosamente importante, porque tres son las personas divinas, unidas en una sola. Tres veces duda, y uno sólo es el hecho: los golpes.
Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
La segunda estrofa comienza con una nueva certeza: “son pocos”. Eso puede aliviar un tanto a la condición humana. Si el hombre frente a Dios es como una hormiga, y si Dios realmente se ensañara en golpearnos, no existiría la raza humana, en estas ideas podemos ver que el hombre ve consecuencias del accionar divino sin comprender sus motivaciones. Es ese límite del conocimiento humano lo que angustia al hombre. La sentencia termina como empieza, con el verbo “ser”, que adquiere la dimensión de existir. Que sean pocos no lo libra de que existan y duelan, por eso otra vez vuelve a la reticencia como la suspensión de lo inefable, lo inexplicable, lo incomprensible.
Estos golpes dejan marcas físicas y oscuras que son visibles para cualquiera que los vea, están en el rostro y no importa cuán fuerte sea la persona que los recibe. Marcan al hombre, oscurecen su faz y este color va quitando la luz del rostro, señal de lo divino. Si son “zanjas oscuras” son profundas y no pueden borrarse. Dios vuelve a cambiar de condición, es capaz de dejar oscuridad en un rostro “fiero”. Nadie está a salvo de estos golpes, ellos son como latigazos que marcan el lomo y obligan al hombre a estar agachado, a encorvarse, a someterse, a aceptar sin cuestionamientos, sin posibilidad de réplica.
En los siguientes dos versos el yo lírico intenta una explicación que sirve también para describir esos golpes.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
En esta explicación tampoco hay certezas “tal vez”, no lo sabe pero se asemejan a “los potros de bárbaros atilas”, aquel personaje tan temido por su bravura, que fue capaz de poner en jaque a todo el imperio romano, y asolar a toda Europa. Se decía que por donde pasaba el caballo de Atila no volvía a crecer el pasto. Vivían de los saqueos más crueles. Así siente los golpes este yo lírico, nada puede volver a crecer después de esos golpes, porque ni siquiera es Atila, sino muchos atilas, y muchos potros. No existe la posibilidad de recuperación después de esos golpes, es por eso que termina concluyendo: “o los heraldos negros que nos manda la Muerte”. Cada golpe, son mensajes de la Muerte, con mayúscula, con respeto, casi personificada. La Muerte le manda mensajeros al hombre para recordarle que existe, que es implacable, que es dolorosa, y que es para todos. Y aún más, que está más cerca de lo que uno piensa.
Son las caídas hondas de los cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema
La tercera estrofa comienza, nuevamente con una certeza, la de existir pero ahora asociado directamente a Cristo. Éste que debe estar en todo hombre, cae con esos golpes, y su caída es profunda, por eso es muy difícil reanimarlo. Uno de los poderes que tenía Cristo era hacer revivir a los muertos, pero si éste cae, no existe la posibilidad de resurrección para el hombre. Y cae hondamente. Es importante ver que no habla de Cristo que es único sino de “los cristos”, que son personales. La propuesta cristiana es personal, cada hombre debe vivir a Cristo, y aquí el yo lírico involucra al lector en ese plural, son los cristos del alma, los personales, en el que confiamos y nos apoyamos, en el que sostenemos nuestras vidas, ése es el que cae. Y ese plural en minúscula se opone al “Destino” en mayúscula, personificado, que termina determinando la vida del hombre. La fe que debería ser para Cristo, adora en realidad al Destino que se opone al Libre Albedrío cristiano. Según este último concepto el hombre puede elegir su camino, pero si la fe adora al Destino, no existe la posibilidad de elección. El hombre está determinado a sufrir. A su vez hay una oposición entre la palabra “adorable” y la palabra “blasfema”. Ambas pertenecen al campo religioso, pero una es una bendición y la otra una maldición. Ese Destino nos maldice, en eso radica su personificación, tiene el poder de hacernos sufrir casi por el placer perverso de hacerlo, por el hecho de haber elegido adorarlo. En el alma del hombre, estos golpes hacen que la fe en “los cristos” mengüe y empecemos a pensar que estamos destinados a sufrir la maldición del Destino.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema
En estos dos último versos ya no son sólo golpes oscuros, sino también sangrientos. Nuestra sangre, motor de la vida, son consecuencias de los golpes, en cada uno de ellos se nos va un poco de vida y pasión. Vamos quedando cada vez más caídos y débiles. Allí el yo lírico utiliza una comparación sin nexo que afirma, con un ejemplo, lo que ellos significan. El pan, que es vida, que es metáfora del alimento divino, no llega al hombre, queda en la puerta, quemado, no cumple su propósito, porque esos golpes no permiten que el hombre confíe plenamente en este pan. El pan, hermoso, a punto de salir para alimentarnos, crocante y sabroso, se quema cuando se encuentra con el mundo. Esta es la imagen de una profunda desolación. El mensaje de Dios puede ser precioso pero no alimenta, no alcanza, cuando uno lo enfrenta al mundo, parece querer decir el yo lírico. La justicia de Dios parece ser extraña para el hombre, porque existen esos golpes inexplicables.
Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
En la última estrofa concluye en la desolación del hombre, este queda solo y desamparado frente a todo lo que ha recibido, a todo lo que ha vivido, a todo lo que sufrido. Por eso el yo lírico, haciendo nuevamente uso de la reticencia, reitera la expresión “pobre”, porque nada es frente a estos golpes, nada es frente a esa mano que se los prodiga y que ni siquiera sabe de dónde viene. Esa misma mano es la que lo llama, comparación que utiliza para mostrar el desconcierto humano, su impotencia. Alguien lo llama, alguien le avisa, pero nunca se muestra qué o quién: son los heraldos negros. Y lo único que podemos ver es la reacción del hombre, que está con sus ojos locos, de dolor, de angustia, de desesperación, de no saber, de no entender.
Y otra vez todo “se empoza”, lo que se ha vivido, la angustia, el dolor, la incomprensión, todo, no es más que culpa que se refleja en sus ojos. El hombre siente culpa porque al no comprender, no sabe si lo vivido no es también merecido. Esta nueva comparación con un “charco” hace pensar en lo que no fluye, en el estancamiento, en lo que no puede renacer, porque no hay vida en el agua estancada.
El poema termina con la misma afirmación del principio, que queda flotando en el aire.