martes, 9 de octubre de 2012

La Pradera (El hombre ilustrado)


George, me gustaría que mirases el cuarto de los niños.
¿Qué pasa?
No sé.
¿Entonces?
Sólo quiero que mires, nada más, o que llames a un psiquiatra.
La mujer se detuvo en medio de la cocina y observó la estufa, que se cantaba a sí misma, preparando una cena para cuatro.
Algo ha cambiado en el cuarto de los niñosdijo.
Bueno, vamos a ver.
Descendieron al vestíbulo de la casa de la Vida Feliz, la casa que los vestía, los alimentaba, los acunaba de noche, y jugaba y cantaba, y era buena con ellos. El ruido de los pasos hizo funcionar un oculto dispositivo y la luz se encendió en el cuarto de los juegos, aun antes que llegaran a él.
¿Y bien?dijo George Hadley.
La pareja se detuvo en el piso cubierto de hierbas.
El cuarto de los niños medía doce metros de ancho, por doce de largo, por diez de alto. El cuarto, de muros desnudos y de dos dimensiones, estaba en silencio, desierto como el claro de una selva bajo la alta luz del sol. Alrededor de las figuras erguidas de George y Lydia Hadley, las paredes ronronearon, dulcemente, y dejaron ver unas claras lejanías, y apareció una pradera africana en tres dimensiones, una pradera completa con sus guijarros diminutos y sus briznas de paja. Y sobre George y Lydia, el techo se convirtió en un cielo muy azul, con un sol amarillo y ardiente.
George Hadley sintió que unas gotas de sudor le corrían por la cara.

Alejémonos de este soldijo. Es demasiado real, quizá. Pero no veo nada malo.
De los odorófonos ocultos salió un viento oloroso que bañó a George y Lydia, de pie entre las hierbas tostadas por el sol. El olor de las plantas selváticas, el olor verde y fresco de los charcos ocultos, el olor intenso y acre de los animales, el olor del polvo como un rojo pimentón en el aire cálido…Y luego los sonidos: el golpear de los cascos de lejanos antílopes en el suelo de hierbas; las alas de los buitres, como papeles crujientes…Una sombra atravesó la luz del cielo. La sombra tembló sobre la cabeza erguida y sudorosa de George Hadley.
¡Qué animales desagradables!oyó que decía su mujer.
Buitres.
Mira, allá lejos están los leones. Van en busca de agua. Acaban de comerdijo Lydia. No sé qué.
Algún animal. Una cebra, o quizá la cría de una jirafa.
¿Estás seguro?Dijo su mujer nerviosamente.
George parecía divertido.
No. Es un poco tarde para saberlo. Sólo quedan unos huesos, y los buitres alrededor.
¿Oíste ese grito?preguntó la mujer.
No.
Hace un instante.
No, lo siento.
Los leones se acercaban. Y Geroge Hadley volvió a admirar el genio mecánico que había concebido este cuarto. Un milagro de eficiencia. En todas las casas tendría que haber un cuarto semejante.
Pues bien, ahí estaba África.
Y ahí estaban los leones ahora, a una media docena de pasos, tan reales, que la mano casi sentía la aspereza de la piel, y la boca se llenaba del olor a cortinas polvorientas de las tibias melenas. En el mediodía silencioso se oía el sonido de los pulmones de fieltro de los leones, y de las fauces anhelantes y húmedas salía un olor de carne fresca.
Los leones miraron a George y a Lydia con ojos terribles, verdes y amarillos.
¡Cuidado! gritó Lydia.
Los leones corrieron hacia ellos.
Lydia dio un salto y corrió. George la siguió instintivamente. Afuera, en el vestíbulo, después de haber cerrado ruidosamente la puerta, George se rió y Lydia se echó a llorar, y los dos se miraron asombrados.
¡George! ¡Casi nos alcanzan!
Paredes, Lydia; recuérdalo. Paredes de cristal. Eso son los leones. Parecen reales, lo admito. África en casa. Pero es sólo una película suprasensible en tres dimensiones, y otra película detrás de los muros de cristal que registra las ondas mentales. Sólo odorófonos y altavoces, Lydia. Toma, aquí tienes mi pañuelo.
Estoy asustada.Lydia se acercó a su marido, se apretó contra él y exclamó:¿Has visto? ¿Has sentido? ¡Es demasiado real!
Escucha, Lydia…
Tienes que decirles a Wendy y Peter que no lean más sobre África.
Por supuesto, por supuestole dijo George, y la acarició suavemente.
¿Me lo prometes?
Te lo prometo.
Y cierra el cuarto unos días. Hasta que me tranquilice.
Será difícil, a causa de Peter. Ya sabes. Cuando lo castigué hace un mes y cerré el cuarto unas horas, tuvo una pataleta. Y lo mismo Wendy, viven para ese cuarto.
Hay que cerrarlo. No hay otro remedio.
Muy bien. George cerró con llave, desanimadamente.
Has trabajado mucho. Necesitas un descanso.
No sé…no sédijo Lydia, sonándose la nariz. Se sentó en una silla que enseguida empezó a hamacarse, consolándola.No tengo, quizá, bastante trabajo. Me sobra tiempo y me pongo a pensar. ¿Por qué no cerramos la casa, sólo unos días, y nos vamos de vacaciones?
Pero qué te ocurre, ¿quieres freírme tú misma unos huevos?
Lydia asintió con un movimiento de cabeza.
¿Y barrer la casa?
Sí, sí.
Pero yo creí que habíamos comprado esta casa para no hacer nada.
Eso es, exactamente. Nada es mío aquí. Esta casa es una esposa una madre y una niñera. ¿Puedo competir con unos leones? ¿Puedo bañar a los niños con la misma rapidez y eficacia que la bañera automática? No puedo. Y no se trata sólo de mí. También de ti. Comienzas, tú también a sentirte inútil.
¿Te parece?
George pensó un momento, tratando de ver dentro de sí mismo.
¡Oh, George!Lydia miró por encima del hombro de su marido, la puerta del cuartoEsos leones no pueden salir de ahí, ¿no es cierto?
George miró y vio que la puerta se estremecía, como si algo la hubiese golpeado desde dentro.
Claro que no dijo George.

Comieron solos. Wendy y Peter estaban en un parque de diversiones en el otro extremo de la ciudad. George Hadley contemplaba, pensativo, la mesa de donde surgían mecánicamente los platos de comida. Podríamos cerrar el cuarto unos pocos días, pensaba George. Y parecía evidente que los niños habían abusado un poco de África. Ese sol. Aún lo sentía en el cuello como una garra caliente. Y los leones. Y el olor de la sangre. Era notable, de veras. Las paredes recogían las emanaciones telepáticas de los niños y creaban lo necesario para satisfacer todos los deseos. Los niños pensaban en leones y aparecían leones. Los niños pensaban en cebras, y aparecían cebras. En el sol, y había sol. En jirafas, y había jirafas. En la muerte, y había muerte.
Esto último. Pensaban en la muerte. Wendy y Peter eran muy jóvenes para pensar en la muerte.
Esta pradera africana, interminable y tórrida…y esa muerte espantosa entre las fauces de un león. Una vez, y otra vez…
¿Adónde vas?preguntó Lydia.
George no contestó. Dejó, preocupado, que las luces se encendieran ante él, que se apagaran detrás, y se dirigió lentamente hacia el cuarto de los niños. Escuchó con el oído pegado a la puerta. A lo lejos rugió un león. Hizo girar la llave y abrió la puerta. No había entrado aún cuando escuchó un grito lejano. Los leones rugieron otra vez.
George entró en África. Cuantas veces en este último año se había encontrado, al abrir la puerta, en el país de las Maravillas con Alicia, o con Aladino y su lámpara maravillosa. Pero ahora…esta África amarilla y calurosa, este horno alimentado con crímenes. La figura solitaria de George Hadley se abrió paso entre los pastos salvajes. Los leones, inclinados sobre sus presas, alzaron la cabeza y miraron a George.
Váyanseles dijo a los leones.
Los leones no se fueron.
George conocía muy bien el mecanismo del cuarto. Uno pensaba cualquier cosa, y los pensamientos aparecían en los muros.
¡Vamos! ¡Aladino y su lámpara!gritó.
La pradera siguió allí; los leones siguieron allí.
¡Vamos, cuarto! ¡He pedido a Aladino!
Nada cambió. Los leones de piel tostada gruñeron.
George volvió a su cena.
Ese cuarto idiota está estropeadole dijo a su mujer.No responde.
O…
¿O qué?
O no puede responderdijo Lydia. Los niños han pensado tantos días en África y los leones y las muertes que el cuarto se ha habituado.
Podría ser.

Hola, mamá. Hola, papá.
Los Hadley volvieron la cabeza. Wendy y Peter entraban en ese momento por la puerta principal.
Llegan justo a tiempo para cenar.
Comimos muchas salchichas y helados de fresadijeron los niños tomándose de la mano. Pero miraremos cómo comen.
Sí. Háblennos del cuarto de juegos.dijo George.
Los niños lo observaron, parpadeando, y luego se miraron.
¿El cuarto de juegos?
África y todas esas cosasdijo el padre fingiendo cierta jovialidad.
No entiendodijo Peter.
Tu madre y yo acabamos de hacer un viaje por África.
No hay África en el cuartodijo Peter simplemente.
--Oh, vamos Peter. Yo sé por qué te lo digo.
--No me acuerdo de ninguna Áfricalle dijo Peter a Wendy ¿Te acuerdas tú?
--No.
Ve a ver y vuelve a contarnos.
La niña obedeció.
--¡Wendy, ven aquí!gritó George Hadley; pero Wendy ya se había ido.
Las luces de la casa siguieron a la niña como una nube de luciérnagas. George recordó, un poco tarde, que después de su última inspección no había cerrado la puerta con llave.
Wendy mirará y vendrá a contarnos.
A mí no tiene nada que contarme. Yo lo he visto.
Estoy seguro de que te engañas, papá.
--No, Peter. Ven conmigo.
Pero Wendy ya estaba de vuelta.
--No es Áfricadijo sin aliento.
Iremos a verlodijo George Hadley, y todos atravesaron el vestíbulo y entraron en el cuarto.
Había allí un hermoso bosque verde, un hermoso río, una montaña de color violeta, y unas voces agudas que cantaban. El hada Rima, envuelta en el misterio de su belleza, se escondía entre los árboles, con los largos cabellos cubiertos de mariposas, como ramilletes animados. La selva africana había desaparecido. Los leones habían desaparecido.
George Hadley miró la nueva escena.
Vamos, a la camales dijo a los niños.
Los niños abrieron la boca.
Ya me escucharon dijo George.
Los niños se metieron en el tubo neumático, y un viento se los llevó como hojas amarillas a los dormitorios. George Hadley atravesó el melodioso cañaveral. Se inclinó en el lugar donde habían estado los leones y alzó algo del suelo. Luego se volvió lentamente hacia su mujer.
¿Qué es eso?le preguntó Lydia.
Una vieja maleta míadijo George.
Se la mostró. La maleta tenía aún el olor de los pastos calientes, y el olor de los leones. Sobre ella se veían algunas gotas de saliva, y a los lados, unas manchas de sangre.
George Hadley cerró con dos vueltas de llave la puerta del cuarto.

Había pasado la mitad de la noche y todavía estaba despierto, y sabía que su mujer también estaba despierta.
¿Crees que Wendy habrá cambiado el cuarto? preguntó Lydia al fin.
Por supuesto.
¿Convirtió la pradera en un bosque y reemplazó a los leones por Rima?
Sí.
¿Por qué?
No lo sé. Pero ese cuarto seguirá cerrado hasta que lo descubra.
¿Cómo fue a parar allí tu maleta?
No sé nadadijo Georgesólo sé que estoy arrepentido de haberles comprado el cuarto. Me parece que voy a pedirle a David McClean que venga mañana por la mañana para que vea esa África.
Pero el cuarto ya no es África. Es el país de los árboles y Rima.
Presiento que mañana será África de nuevo.
Un momento después se oyeron dos gritos. Dos gritos. Dos personas que gritaban en el piso de abajo. Y luego el rugido de los leones.
Wendy y Peter no están en sus dormitoriosdijo Lydia.
George escuchó los latidos de su propio corazón.
NodijoHan entrado en el cuarto de juegos.
Esos gritos…Me parecieron familiares.
¿Sí?
Horríblemente familiares.
Y aunque las camas trataron de acunarlos, George y Lydia no pudieron dormirse hasta después de una hora. Un olor a gatos llenaba el aire de la noche.

¿Papá?dijo Peter.
Sí.
Peter se miró los zapatos. Ya nunca miraba a su padre, ni a su madre.
¿Vas a cerrar para siempre el cuarto de juegos?
No quiero que cierres el cuartodijo Peter fríamente.Nunca.
A propósito. Hemos pensado en cerrar la casa por un mes, más o menos. Llevar durante un tiempo una vida más libre y responsable.
¡Eso sería horrible!¡Será mejor que no lo pienses más, papá!
¡No permitiré que ningún hijo mío me amenace!
Y Peter se fue al cuarto de los niños.

¿Llego a tiempo?dijo David McClean.¿Qué pasa aquí?
David, tú eres psiquiatra. Quiero que examines el cuarto de los niños.
George y David McClean atravesaron el vestíbulo.
Cerré con llave el cuartoexplicó Georgey los niños se metieron en él durante la noche. Dejé que se quedaran y formaran las figuras. Para que tú pudieras verlas.
Un grito terrible salió del cuarto.
Ahí lo tienesdijo George Hadley. A ver qué te parece.
Los hombres entraron sin llamar.
Los gritos habían cesado. Los leones comían.
Salid un momento, niñosdijo George. No alteren la combinación mental. Dejen las paredes así.
Los niños se fueron y los dos hombres observaron a los leones, que agrupados a lo lejos devoraban sus presas con gran satisfacción.
Me gustaría saber qué comendijo George Hadley.
Te daré un buen consejodijo McCleanlíbrate de este cuarto maldito y lleva a los niños a mi consultorio durante un año. Todos los días.
¿Es tan grave?
Temo que sí. Permitiste que esta casa los reemplazara a ti y a tu mujer en el cuidado y cariño de tus hijos. Y ahora pretendes prohibirles la entrada. No es raro que haya odio aquí.
Los leones habían terminado su rojo festín y miraban a los hombres desde las orillas del claro.
Los leones parecen reales, ¿no es cierto?dijo GerogeMe imagino que es imposible que…
¿Qué?
Que se conviertan en verdaderos leones.
No sé.
Al cuarto no le va a gustar que lo desconecten.
A nadie le gusta morir. Ni siquiera a un cuarto.
Me pregunto si me odiará porque quiero apagarlo..
Se siente la paranoia en el airedijo McClean. Se inclinó y alzó del suelo una bufanda manchada de sangre.¿Es tuya?
Nodijo George con el rostro tensoEs de Lydia.
Entraron juntos al cuarto de los fusibles y movieron el interruptor que mataba el cuarto.

Los dos niños tuvieron un ataque de nervios. Gritaron, patalearon y rompieron algunas cosas.
¡No puedes hacerle eso a nuestro cuarto!
Vamos , niños.
Los niños se dejaron caer en un sofá, llorando.
Gerogedijo Lydiapor favor, enciéndeles el cuarto, aunque sólo sea un momento. No puedes ser tan rudo.
No.
No puedes ser tan cruel.
Lydia, está parado y así seguirá. Hoy mismo terminamos con esta casa maldita.
Y George recorrió la casa apagando todos los aparatos que encontró en su camino. La casa se llenó de cadáveres.
¡No lo dejes!gemía Peter mirando el techo, como si estuviese hablándole a la casa.¡No dejes que lo mate todo!
Sólo un rato, un ratitolloraban los niños.
George,dijo Lydia un rato no puede hacerles daño.
Bueno…bueno. Aunque sólo sea para que se callen. Un minuto, nada más. Y luego lo apagaremos para siempre. En seguida saldremos de vacaciones. McClean llegará en media hora, para ayudarnos con la mudanza y acompañarnos al aeropuerto. Bueno, voy a vestirme. Enciéndeles el cuarto un minuto, Lydia. Pero sólo un minuto, no lo olvides.
Y la madre y los niños se fueron charlando animadamente, mientras George se dejaba llevar por el tubo neumático hasta el primer piso.
Lydia volvió un minuto más tarde.
Me sentiré feliz cunado nos vayamossuspiró la mujer.
¿Los has dejado en el cuarto?
Quería vestirme. ¡Oh, esa África horrorosa! ¿Por qué les gustará tanto?
Será mejor que bajemos antes que los niños vuelvan a entusiasmarse con sus condenados leones.
En ese mismo instante se oyeron las voces infantiles.
¡Papá, mamá!, ¡Vengan pronto! ¡Rápido!
George y Lydia bajaron por el tubo neumático y corrieron hacia el vestíbulo. Los niños no estaban allí.
¡Wendy! ¡Peter!
Entraron en el cuarto de juegos. En la selva sólo se veía a los leones expectantes, con los ojos fijos en George y Lydia.
¿Peter, Wendy?
La puerta se cerró de golpe.
¡Wendy, Peter!
George Hadley y su mujer se volvieron y corrieron hacia la puerta.
¡ Abran la puerta!gritó George Hadley moviendo el pestillo. ¡Pero han cerrado del otro lado! ¡Peter!
George golpeó la puerta¡Abran!
Se oyó la voz de Peter, afuera, junto a la puerta.
No permitan que paren el cuarto de juegos y la casa.
El señor George hadley y su señora golpearon otra vez la puerta.
Vamos, no sean ridículos, niños. Es hora de irse. El señor McClean llegará en seguida y…
Y se oyeron entonces los ruidos.
Los leones avanzaban por la hierba amarilla, entre las briznas secas, lanzando unos rugidos cavernosos.
Los leones.
El señor Hadley y su mujer se miraron. Luego se volvieron y observaron a los animales que se deslizaban lentamente hacia ellos, con las cabezas bajas y las colas tiesas.
El señor y la señora Hadley gritaron. Y comprendieron entonces por qué aquellos otros gritos les habían parecido familiares.

Bueno, aquí estoy dijo McClean desde el umbral del cuarto de los niños.Oh, hola añadió, y miró fijamente a las dos criaturas. Wendy y Peter estaban sentados en el claro de la selva, comiendo una comida fría. Detrás de ellos se veían unos pozos de agua y los pastos amarillos. Arriba brillaba el sol. McClean empezó a transpirar.¿Dónde están sus padres?
Los niños alzaron la cabeza y sonrieron.
Oh, no van a tardar mucho.
Muy bien, ya es hora de irse.
El señor McClean miró a lo lejos y vio que los leones jugaban lanzándose zarpazos, y que luego volvían a comer, en silencio, bajo los árboles sombríos.
Se puso la mano sobre los ojos y observó atentamente a los leones. Los leones terminaron de comer. Se acercaron al agua. Una sombra pasó sobre el rostro sudoroso del señor MCClean. Muchas sombras pasaron. Los buitres descendían desde el cielo luminoso.
¿Una taza de té?preguntó Wendy en medio del silencio.

martes, 2 de octubre de 2012

Macbeth - Acto I - Escenas 1, 2, 3, 5

ACTO I

ESCENA PRIMERA

Tarde tempestuosa
TRES BRUJAS
BRUJA 1.ª. - ¿Cuándo volvemos a juntarnos, cuando relampaguee, cuando truene o cuando llueva?
BRUJA 2.ª. - Cuando acabe el estruendo de la batalla, y unos la pierdan y otros la ganen.
BRUJA 3.ª. - Entonces será antes de ponerse el sol.
BRUJA 1.ª. - ¿Dónde hemos de encontrarnos?
BRUJA 2.ª. - En el yermo.
BRUJA 3.ª. - Allí toparemos con Macbeth.
BRUJA 1.ª. - Me llama Morrongo.
BRUJA 2.ª. - Y a mí el Sapo.
Las tres juntas. - El mal es bien, y el bien es mal: cortemos los aires y la niebla.

ESCENA II

Campamento
DUNCAN, MALCOLM, UN ESCUDERO, UN SARGENTO, LÉNNOX Y ROSS
DUNCAN. - ¿Quién es aquel herido? Quizá nos traiga nuevas del campamento.
MALCOLM. - Es el escudero que puso en peligro su vida por salvar la mía. ¡Buenas tardes, amigo! Cuenta tú al Rey el estado del combate.
ESCUDERO. - Sigue indeciso, semejante a una lucha entre dos nadadores que quieren mutuamente sofocarse. Con el traidor Macdonwald, en quien se juntan todas las infamias, van unidos muchos caballeros y gente plebeya de las islas de Occidente. La fortuna, como ramera, les otorga sus favores, pero en vano, porque el fuerte Macbecth, hijo predilecto de la victoria, penetra entre las filas hasta encontrarle, y le taja la cabeza, y la clava sobre nuestras empalizadas.
DUNCAN. - ¡Bravo caballero, ornamento de mi linaje!
ESCUDERO. - Así como el sol de la mañana produce a veces tempestad y torbellinos, así de esta victoria resultaron nuevos peligros. Óyeme, Rey. Cuando el valor, brazo de la justicia, había logrado ahuyentar a aquella muchedumbre allegadiza, he aquí que se rehace el de Noruega, y arroja nuevos campeones a la lid.
DUNCAN . - ¿Y entonces no se desalentaron Macbeth y Banquo?
SARGENTO. - ¡Desalentarse! Bueno es eso! Como el águila viendo gorriones, o el león liebres. Son cañones de doble carga. Con tal ímpetu menudearon sus golpes sobre los contrarios, que pensé que querían reproducir el sacrificio del Calvario. Pero estoy perdiendo sangre, y necesito curar mis heridas.
DUNCAN. - Tan nobles son como tus palabras. Buscad un cirujano. ¿Pero quién viene?
MALCOLM. - El señor de Ross.
LENNOX. - Grande es la ansiedad que su rostro manifiesta. Debe ser portador de grandes nuevas.
(Entra Ross)
ROSS. - ¡Salud al Rey!
DUNCAN. - ¿De dónde vienes, noble señor?
ROSS. - Poderoso monarca, vengo de Fife, donde el aire agita en mengua nuestra los estandartes noruegos. Su Rey, con lucida hueste y con ayuda del traidor señor de Cáudor, renovó la lucha, pero el terrible esposo de Belona, cubierto de espesa malla, les resistió brazo a brazo, y hierro a hierro, y logré domeñar su altivez y postrarla por tierra. Al fin, logramos la victoria.
DUNCAN. - ¡Felicidad suprema!
ROSS. - El rey Suenon de Noruega quería capitular, pero no le permitimos ni aun enterrar sus muertos, sin que pagara antes en la isla de Colme la contribución de guerra.
DUNCAN. - Nunca volverá el de Cáudor a poner en peligro la seguridad de mis Estados. Manda tú poner a precio su cabeza, y saluda a Macbeth con el título que el otro tenía.
ROSS. - Cumpliré tu voluntad.
DUNCAN. - Macbeth goce desde hoy lo que Cáudor perdió.

ESCENA III

Un páramo
TRES BRUJAS, MACBETH Y BANQUO
BRUJA 1.ª. - ¿Qué has hecho, hermana?
BRUJA 2.ª. - Matar puercos.
BRUJA 3.ª. - ¿Dónde has estado, hermana?
BRUJA 1.ª. - La mujer del marinero tenía castañas en su falda, y estaba mordiéndolas. Yo le dije: «Dame alguna», y la asquerosa, harta de bazofia, me contestó: «Vade retro, condenada bruja». Su marido se fue a Alepo, mandando el Tigre. Yo, como rata sin cola, navegaré en una tela de cedazo, donde cabe bien mi cuerpo. Así lo haré, así lo haré.
BRUJA 2.ª. - Yo te ayudaré con un viento desfavorable.
BRUJA 1.ª. - Gracias.
BRUJA 3.ª. - Yo con otro.
BRUJA 1.ª. - De los demás yo soy señora. ¿Qué puerta quedará segura, cuando de todos los puntos de la rosa soplen los vientos? Ni una vez podrá conciliar el sueño. Su vida será la del precito, y las tormentas agitarán sin cesar su nave. ¡Ved!
BRUJA 2.ª. - ¿Qué es eso?
BRUJA 1.ª. - El dedo de un marinero, que se ahogó al volver de su viaje.
BRUJA 3.ª. - ¡Tambor, tambor! Ya llega Macbeth.
Las tres brujas. - Juatemos las manos, hagamos una rueda, como hermanas enviadas del cielo y de la tierra. Tres vueltas por ti, tres por ti, tres por mi: son nueve, cuenta justa. ¡Silencio! Ya ha llegado el término del conjuro.
(Llega. Macbeth y Banquo)
MACBETH. - ¡Día de sangre, pero hermoso más que cuantos he visto!
BANQUO. - ¿Está lejos el castillo de Forres? ¿Quiénes serán aquellas mujeres arrugadas y de tan extraño aspecto? No parecen seres humanos. ¿Sois vivientes? ¿Puedo haceros una pregunta? Debéis de entenderme, porque las tres, al mismo tiempo, ponéis en los labios vuestros dedos, que semejan los de un cadáver. No me atrevo a llamaros mujeres, por las barbas.
MACBETH. - Si tenéis lengua, decidnos quiénes sois.
BRUJA 1.ª. - ¡Salud, Macbeth, señor de Glamis!
BRUJA 2.ª. - ¡Salud, Macbeth, señor de Cáudor!
BRUJA 3.ª. - ¡Salud, Macbeth, tú serás rey!
BANQUO. - ¿De qué nace ese terror, amigo Macbeth? ¿Por qué te asustan tan gratas nuevas? Decidme: ¿sois fantasmas o seres reales? Habéis saludado a mi amigo con títulos de gloria y anuncio de grandezas futuras y pampas reales. Decidme algo a mí, si es que sabéis qué granos han de germinar o morir en la serie de los tiempos. No temo de vosotras ni odio ni favor.
Brujas. - ¡Salud!
BRUJA 1.ª. - Serás más grande que Macbeth y menos.
BRUJA 2.ª. - Más feliz y menos feliz.
BRUJA 3.ª. - No rey, pero padre de reyes. ¡Salud, Macbeth y Banquo!
BRUJA 1.ª y 2.ª. - ¡Salud!
MACBETH. - No os vayáis, oscuras mensajeras. Ya sé que soy señor de Glamis por muerte de Sinel, pero ¿cómo he de serlo de Cáudor, si el señor vive próspera y felizmente? Tan absurdo es llamarme señor de Cáudor como rey. ¿Quién os dio esas noticias? ¿Por qué me habéis venido a sorprender en este desierto con tales presagios ?
BANQUO. - Son sin duda espíritus vaporosos que engendra la tierra, como los produce también el agua. ¿Por dónde habrán desaparecido?
MACBETH. - Los cuerpos se han disuelto en el aire, como se pierde en el aire la respiración. ¡Ojalá se hubieran quedado!
BANQUO. - ¿Será verdad lo que hemos visto? ¿o habremos probado algona yerba de las que trastornan el juicio?
MACBETH. - Tus hijos han de ser reyes.
BANQUO. - Lo serás tú mismo.
MACBETH. - ¡Y también señor de Cáudor! ¿No lo dijeron así?
BANQUO. - ¿Quién llega?
ROSS. - Macbeth, el Rey ha oido tus hazañas. Incierto entre la admiración y el aplauso, no sabe cómo elogiarte, por el valor con que has lidiado contra los noruegos, sin percatarte tú mismo del estrago que en ellos hacías. Van llegando tan densos como el granizo los mensajeros de la victoria, y todos se hacen lenguas de tu heroismo.
ANGUS. - El Rey nos envía a darte las gracias y a llevarte a su presencia.
ROSS. - Él me encarga que te salude con el título de señor de Cáudor.
BANQUO. - ¡Conque también el diablo dice verdad!
MACBETH. - Si vive el de Cáudor ¿por qué me atavían con ropas ajenas?
ANGUS. - Vive el que llevaba ese título, pero debe perder la vida, y se ha fulminado contra él dura sentencia. No afirmo que se uniera con los noruegos contra su patria, pero está convicto y confeso de traidor.
MACBETH. - (Aparte). ¡Ya soy señor de Glamis, y señor de Cáudor! Falta lo demás. (A Ross y Angus). Gracias. (A Banquo). ¿Crees que tus hijos serán reyes, conforme a la promesa de los que me han hecho señor de Cáudor?
BANQUO. - Esa promesa quizá te haga ambicionar el solio. Pero mira que a veces el demonio nos engaña con la verdad, y nos trae la perdición envuelta en dones que parecen inocentes. Oídme dos palabras, amigos míos.
MACBETH. - ¡Con dos verdades se abre la escena de este drama, que ha de terminar con una corona regia! ¿Es un bien o un mal este pensamiento? Si es un mal, ¿por qué empieza a cumplirse, y soy ya señor de Cáudor? Si es un bien, ¿por qué me aterran horribles imágenes, y palpita mi corazón de un modo inusitado? El pensamiento del homicidio, más horroroso que la realidad misma, comienza a dominarme y a oscurecer mi albedrio. Sólo tiene vida en mí lo que aún no existe.
BANQUO. - ¡Qué absorto y embebecido está nuestro compañero!
MACBETH. - Si los hades quieren hacerme rey, lo harán sin que yo busque la corona.
BANQUO. - El nuevo honor le viene como vestido nuevo: no se le ajusta bien, por falta de costumbre!
MACBETH. - Corra el tiempo, y suceda lo que quiera.
BANQUO. - A tus órdenes, generoso Macbeth.
MACBETH. - Perdón, amigos. Estaba distraído con antiguas memorias. Agradezco y recordaré siempre vuestros favores. Cabalguemos a ver al Rey. (A Banquo). Medita tú lo que nos ha sucedido. Luego hablaremos con toda libertad.
BANQUO. - Así lo deseo.
MACBETH. - Hasta después. Ni una palabra más. Vamos, caballeros.

ESCENA V

Habitación en el castillo de Macbeth, en Inverness
LADY MACBETH, UN CRIADO Y MACBETH
LADY MACBETH. - (Leyendo una carta de su marido). «Las brujas me salieron al encuentro el día de la victoria. Su ciencia es superior a la de los mortales. Quise preguntarlas más, pero se deshicieron en niebla. Aún no había salido yo de mi asombro, cuando llegan anuncios del Rey saludándome como a señor de Glamis y de Cáudor, lo mismo que las hechiceras, pero éstas dijeron además: «Salve, Macbeth: tu serás rey». He querido, esposa amada, confiarte este secreto, para que no dejes por ignorancia, ni un solo momento, de gozar la dicha que nos está profetizada. Piénsalo bien. Adiós». ¡Ya eres señor de Glamis y de Cáudor! Lo demás se cumplirá también, pero desconfío de tu carácter criado con la leche de la clemencia. No sabes ir por atajos sino por el camino recto. Tienes ambición de gloria, pero temes el mal. Quisieras conseguir por medios lícitos un fin injusto, y coger el fruto de la traición sin ser traidor. Te espanta lo que vas a hacer, pero después de hecho, no quisieras que se deshiciese. ¡Ven pronto! Infundiré mi alma en tus oídos, y mi lengua será azote que espante y disipe las nieblas que te impiden llegar a esa corona, que el hado y el influjo de las estrellas aparejan para tus sienes.
CRIADO. - Esta noche llega el Rey.
LADY MACBETH. - ¿Estás en ti? ¿No ves que tu señor no está en el castillo, ni nos ha avisado?
CRIADO. - También él se acerca. Un compañero mío vino casi sin aliento a traer la noticia.
LADY MACBETH. - Cuidad bien al mensajero. Es portador de grandes nuevas. (Aparte). El cuervo se enronquece de tanto graznar, anunciando que el rey Duncan llega al castillo. ¡Espíritus agitadores del pensamiento, despojadme de mi sexo, haced más espesa mi sangre, henchidme de crueldad de pies a cabeza, ahogad los remordimientos, y ni la compasión ni el escrúpulo sean parte a detenerme ni a colocarse entre el propósito y el golpe! ¡Espíritus del mal, inspiradores de todo crimen, incorpóreos, invisibles, convertid en hiel la leche de mis pechos! Baja, hórrida noche: tiende tu manto, roba al infierno sus densas humaredas, para que no vea mi puñal el golpe que va a dar, ni el cielo pueda apartar el velo de la niebla, y contemplarme y decirme a voces: «Detente». (Llega Macbeth). ¡Noble señor de Glamis y de Cáudor, aún más ilustre que uno y otro por la profética salutación de las hechiceras! tu carta me ha hecho salir de lo presente, y columbrar lo futuro, y extasiarme con él.
MACBETH. - Esposa mía, esta noche llega Duncan.
LADY MACBETH. - ¿Y cuándo se va?
MACBETH. - Dice que mañana.
LADY MACBETH. - ¡Nunca verá el sol de mañana! En tu rostro, esposo mío, leo como en un libro abierto lo que esta noche va a pasar. Disimula prudente; oculte tu semblante lo que tu alma medita. Den tu lengua, tus manos y tus ojos la bienvenida al rey Duncan; debes esconder el áspid entre las flores. Yo me encargo de lo demás. El trono es nuestro.
MACBETH. - Ya hablaremos despacio.
LADY MACBETH. - Muéstrate alegre.

Lazarillo de Tormes - Tratado I - Análisis

Ante el pedido de mis alumnos de 4to año del liceo 65 sobre materiales de Lazarillo de Tormes les recomiendo esta página

http://literaturacuarto.blogspot.com/2009/05/analisis-del-tratado-i.html

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Saludos

martes, 29 de mayo de 2012

Poema XLVIII - Walt Whitman

Poema XLVIII - de Canto a mi mismo Walt Whitman Y yo he dicho que el alma no vale más que el cuerpo, y que el cuerpo no vale más que el alma, y que nada, ni Dios, es más grande para uno que uno mismo. Y aquel que camina una sola legua sin amor, camina amortajado hacia su propio funeral. Tú y yo, sin un céntimo, podemos comprar el pico más alto de la sierra; y el fulgor de una pupila y un guisante en su vaina humillan toda la sabiduría del mundo. No hay otro oficio ni empleo que aquel que enseña al mozo a ser un héroe. Y por blando que sea un objeto, puede ser un día el eje en que descanse la rueda del universo. Y digo a todos los hombres y mujeres: Serenad vuestro espíritu frente a los universos infinitos. Y digo también: No os preocupéis de Dios. A mí, que todo me preocupa, no me preocupa dios. No me preocupan ni Dios ni la muerte. Yo oigo y veo a Dios en todas las cosas, pero no lo comprendo, como no comprendo que haya nada en el mundo más admirable que yo. ¿Por qué voy a empeñarme en que Dios sea otra cosa mejor que este día? En cada hora hay algo de dios y en cada minuto también. En el rostro de las mujeres y en el rostro de los hombres está Dios, y en mi propio rostro lo veo también cuando me miro al espejo. Encuentro cartas de dios en la calle, cartas firmadas con su nombre y no las recojo porque sé que en cualquier sitio encontraré otras semejantes. Miles y miles me saldrán al paso, puntuales, por dondequiera que camine.