domingo, 24 de febrero de 2013

La rama seca - Ana María Matute


La rama seca
Ana María Matute
1
Apenas tenía seis años y aún no la llevaban al campo. Era por el tiempo de la siega, con un calor grande, abrasador, sobre los senderos. La dejaban en casa, cerrada con llave, y le decían:

-Que seas buena, que no alborotes: y si algo te pasara, asómate a la ventana y llama a doña Clementina.

Ella decía que sí con la cabeza. Pero nunca le ocurría nada, y se pasaba el día sentada al borde de la ventana, jugando con "Pipa".

Doña Clementina la veía desde el huertecillo. Sus casas estaban pegadas la una a la otra, aunque la de doña Clementina era mucho más grande, y tenía, además, un huerto con un peral y dos ciruelos. Al otro lado del muro se abría el ventanuco tras el cual la niña se sentaba siempre. A veces, doña Clementina levantaba los ojos de su costura y la miraba.

-¿Qué haces, niña?

La niña tenía la carita delgada, pálida, entre las flacas trenzas de un negro mate.

-Juego con "Pipa" -decía.

Doña Clementina seguía cosiendo y no volvía a pensar en la niña. Luego, poco a poco, fue escuchando aquel raro parloteo que le llegaba de lo alto, a través de las ramas del peral. En su ventana, la pequeña de los Mediavilla se pasaba el día hablando, al parecer, con alguien.

-¿Con quién hablas, tú?

-Con "Pipa".

Doña Clementina, día a día, se llenó de una curiosidad leve, tierna, por la niña y por "Pipa". Doña Clementina estaba casada con don Leoncio, el médico. Don Leoncio era un hombre adusto y dado al vino, que se pasaba el día renegando de la aldea y de sus habitantes. No tenían hijos y doña Clementina estaba ya hecha a su soledad. En un principio, apenas pensaba en aquella criatura, también solitaria, que se sentaba al alféizar de la ventana. Por piedad la miraba de cuando en cuando y se aseguraba de que nada malo le ocurría. La mujer Mediavilla se lo pidió:

-Doña Clementina, ya que usted cose en el huerto por las tardes, ¿querrá echar de cuando en cuando una mirada a la ventana, por si le pasara algo a la niña? Sabe usted, es aún pequeña para llevarla a los pagos...

-Sí, mujer, nada me cuesta. Marcha sin cuidado...

Luego, poco a poco, la niña de los Mediavilla y su charloteo ininteligible, allá arriba, fueron metiéndosele pecho adentro.

-Cuando acaben con las tareas del campo y la niña vuelva a jugar en la calle, la echaré a faltar -se decía.
2
Un día, por fin, se enteró de quién era "Pipa".

-La muñeca -explicó la niña.

-Enséñamela...

La niña levantó en su mano terrosa un objeto que doña Clementina no podía ver claramente.

-No la veo, hija. Échamela...

La niña vaciló.

-Pero luego, ¿me la devolverá?

-Claro está...

La niña le echó a "Pipa" y doña Clementina, cuando la tuvo en sus manos, se quedó pensativa. "Pipa" era simplemente una ramita seca envuelta en un trozo de percal sujeto con un cordel. Le dio la vuelta entre los dedos y miró con cierta tristeza hacia la ventana. La niña la observaba con ojos impacientes y extendía las dos manos.

-¿Me la echa, doña Clementina...?

Doña Clementina se levantó de la silla y arrojó de nuevo a "Pipa" hacia la ventana. "Pipa" pasó sobre la cabeza de la niña y entró en la oscuridad de la casa. La cabeza de la niña desapareció y al cabo de un rato asomó de nuevo, embebida en su juego.

Desde aquel día doña Clementina empezó a escucharla. La niña hablaba infatigablemente con "Pipa".

-"Pipa", no tengas miedo, estate quieta. ¡Ay, "Pipa", cómo me miras! Cogeré un palo grande y le romperé la cabeza al lobo. No tengas miedo, "Pipa"... Siéntate, estate quietecita, te voy a contar, el lobo está ahora escondido en la montaña...

La niña hablaba con "Pipa" del lobo, del hombre mendigo con su saco lleno de gatos muertos, del horno del pan, de la comida. Cuando llegaba la hora de comer la niña cogía el plato que su madre le dejó tapado, al arrimo de las ascuas. Lo llevaba a la ventana y comía despacito, con su cuchara de hueso. Tenía a "Pipa" en las rodillas, y la hacía participar de su comida.

-Abre la boca, "Pipa", que pareces tonta...

Doña Clementina la oía en silencio. La escuchaba, bebía cada una de sus palabras. Igual que escuchaba al viento sobre la hierba y entre las ramas, la algarabía de los pájaros y el rumor de la acequia.
3
Un día, la niña dejó de asomarse a la ventana. Doña Clementina le preguntó a la mujer Mediavilla:

-¿Y la pequeña?

-Ay, está delicá, sabe usted. Don Leoncio dice que le dieron las fiebres de Malta.

-No sabía nada...

Claro, ¿cómo iba a saber algo? Su marido nunca le contaba los sucesos de la aldea.

-Sí -continuó explicando la Mediavilla-. Se conoce que algún día debí dejarme la leche sin hervir... ¿sabe usted? ¡Tiene una tanto que hacer! Ya ve usted, ahora, en tanto se reponga, he de privarme de los brazos de Pascualín.

Pascualín tenía doce años y quedaba durante el día al cuidado de la niña. En realidad, Pascualín salía a la calle o se iba a robar fruta al huerto vecino, al del cura o al del alcalde. A veces, doña Clementina oía la voz de la niña que llamaba. Un día se decidió a ir, aunque sabía que su marido la regañaría.

La casa era angosta, maloliente y oscura. Junto al establo nacía una escalera, en la que se acostaban las gallinas. Subió, pisando con cuidado los escalones apolillados que crujían bajo su peso. La niña la debió oír, porque gritó:

-¡Pascualín! ¡Pascualín!

Entró en una estancia muy pequeña, a donde la claridad llegaba apenas por un ventanuco alargado. Afuera, al otro lado, debían moverse las ramas de algún árbol, porque la luz era de un verde fresco y encendido, extraño como un sueño en la oscuridad. El fajo de luz verde venía a dar contra la cabecera de la cama de hierro en que estaba la niña. Al verla, abrió más sus párpados entornados.

-Hola, pequeña -dijo doña Clementina-. ¿Qué tal estás?

La niña empezó a llorar de un modo suave y silencioso. Doña Clementina se agachó y contempló su carita amarillenta, entre las trenzas negras.

-Sabe usted -dijo la niña-, Pascualín es malo. Es un bruto. Dígale usted que me devuelva a "Pipa", que me aburro sin "Pipa"...

Seguía llorando. Doña Clementina no estaba acostumbrada a hablar a los niños, y algo extraño agarrotaba su garganta y su corazón.

Salió de allí, en silencio, y buscó a Pascualín. Estaba sentado en la calle, con la espalda apoyada en el muro de la casa. Iba descalzo y sus piernas morenas, desnudas, brillaban al sol como dos piezas de cobre.

-Pascualín -dijo doña Clementina.

El muchacho levantó hacia ella sus ojos desconfiados. Tenía las pupilas grises y muy juntas y el cabello le crecía abundante como a una muchacha, por encima de las orejas.

-Pascualín, ¿qué hiciste de la muñeca de tu hermana? Devuélvesela.

Pascualín lanzó una blasfemia y se levantó.

-¡Anda! ¡La muñeca dice! ¡Aviaos estamos!

Dio media vuelta y se fue hacia la casa, murmurando.

Al día siguiente, doña Clementina volvió a visitar a la niña. En cuanto la vio, como si se tratara de una cómplice, la pequeña le habló de "Pipa":

-Que me traiga a "Pipa", dígaselo usted, que la traiga...

El llanto levantaba el pecho de la niña, le llenaba la cara de lágrimas, que caían despacio hasta la manta.

-Yo te voy a traer una muñeca, no llores.

Doña Clementina dijo a su marido, por la noche:

-Tendría que bajar a Fuenmayor, a unas compras.

-Baja -respondió el médico, con la cabeza hundida en el periódico.
4
A las seis de la mañana doña Clementina tomó el auto de línea, y a las once bajó en Fuenmayor. En Fuenmayor había tiendas, mercado, y un gran bazar llamado "El Ideal". Doña Clementina llevaba sus pequeños ahorros envueltos en un pañuelo de seda. En "El Ideal" compró una muñeca de cabello crespo y ojos redondos y fijos, que le pareció muy hermosa. "La pequeña va a alegrarse de veras", pensó. Le costó más cara de lo que imaginaba, pero pagó de buena gana.

Anochecía ya cuando llegó a la aldea. Subió la escalera y, algo avergonzada de sí misma, notó que su corazón latía fuerte. La mujer Mediavilla estaba ya en casa, preparando la cena. En cuanto la vio alzó las dos manos.

-¡Ay, usté, doña Clementina! ¡Válgame Dios, ya disimulará en qué trazas la recibo! ¡Quién iba a pensar...!

Cortó sus exclamaciones.

-Venía a ver a la pequeña, le traigo un juguete...

Muda de asombro la Mediavilla la hizo pasar.

-Ay, cuitada, y mira quién viene a verte...

La niña levantó la cabeza de la almohada. La llama de un candil de aceite, clavado en la pared, temblaba, amarilla.

-Mira lo que te traigo: te traigo otra "Pipa", mucho más bonita.

Abrió la caja y la muñeca apareció, rubia y extraña.

Los ojos negros de la niña estaban llenos de una luz nueva, que casi embellecía su carita fea. Una sonrisa se le iniciaba, que se enfrió en seguida a la vista de la muñeca. Dejó caer de nuevo la cabeza en la almohada y empezó a llorar despacio y silenciosamente, como acostumbraba.

-No es "Pipa" -dijo-. No es "Pipa".

La madre empezó a chillar:

-¡Habrase visto la tonta! ¡Habrase visto, la desagradecida! ¡Ay, por Dios, doña Clementina, no se lo tenga usted en cuenta, que esta moza nos ha salido retrasada...!

Doña Clementina parpadeó. (Todos en el pueblo sabían que era una mujer tímida y solitaria, y le tenían cierta compasión).

-No importa, mujer -dijo, con una pálida sonrisa-. No importa.

Salió. La mujer Mediavilla cogió la muñeca entre sus manos rudas, como si se tratara de una flor.

-¡Ay, madre, y qué cosa más preciosa! ¡Habrase visto la tonta ésta...!

Al día siguiente doña Clementina recogió del huerto una ramita seca y la envolvió en un retal. Subió a ver a la niña:

-Te traigo a tu "Pipa".

La niña levantó la cabeza con la viveza del día anterior. De nuevo, la tristeza subió a sus ojos oscuros.

-No es "Pipa".

Día a día, doña Clementina confeccionó "Pipa" tras "Pipa", sin ningún resultado. Una gran tristeza la llenaba, y el caso llegó a oídos de don Leoncio.

-Oye, mujer: que no sepa yo de más majaderías de ésas... ¡Ya no estamos, a estas alturas, para andar siendo el hazmerreír del pueblo! Que no vuelvas a ver a esa muchacha: se va a morir, de todos modos...

-¿Se va a morir?

-Pues claro, ¡que remedio! No tienen posibilidades los Mediavilla para pensar en otra cosa... ¡Va a ser mejor para todos!
5
En efecto, apenas iniciado el otoño, la niña se murió. Doña Clementina sintió un pesar grande, allí dentro, donde un día le naciera tan tierna curiosidad por "Pipa" y su pequeña madre.
6
Fue a la primavera siguiente, ya en pleno deshielo, cuando una mañana, rebuscando en la tierra, bajo los ciruelos, apareció la ramita seca, envuelta en su pedazo de percal. Estaba quemada por la nieve, quebradiza, y el color rojo de la tela se había vuelto de un rosa desvaído. Doña Clementina tomó a "Pipa" entre sus dedos, la levantó con respeto y la miró, bajo los rayos pálidos del sol.

-Verdaderamente- se dijo-. ¡Cuánta razón tenía la pequeña! ¡Qué cara tan hermosa y triste tiene esta muñeca!

1961


sábado, 13 de octubre de 2012

Macbeth (Repartido 2)



Macbeth
Acto I
ESCENA VII
Galería en el castillo de Macbeth
MACBETH Y LADY MACBETH
MACBETH. - ¡Si bastara hacerlo... pronto quedaba terminado! ¡Si con dar el golpe, se atajaran las consecuencias, y el éxito fuera seguro... yo me lanzaría de cabeta desde el escollo de la duda al mar de una existencia nueva. ¿Pero cómo hacer callar a la razón que incesante nos recuerda sus máximas importunas, máximas que en la infancia aprendió y que luego son tortura del maestro? La implacable justicia nos hace apurar hasta las heces la copa de nuestro propio veneno. Yo debo doble fidelidad al rey Duncan. Primero, por pariente y vasallo. Segundo, porque le doy hospitalidad en mi castillo, y estoy obligado a defenderle de extraños enemigos, en vez de empuñar yo el hierro homicida. Además, es tan buen rey, tan justo y clemente, que los ángeles de su guarda irán pregonando eterna maldición contra su asesino. La compasión, niño recién nacido, querubin desnudo, irá cabalgando en las invisibles alas del viento, para anunciar el crimen a los hombres, y el llanto y agudo clamor de los pueblos sobrepujará a la voz de los roncos vendavales. La ambición me impele a escalar la cima, ¿pero rodaré por la pendiente opuesta? (A Lady Macbeth). ¿Qué sucede?
LADY MACBETH. - La cena está acabada. ¿Por qué te retiraste tan pronto de la sala del banquete?
MACBETH. - ¿Me has llamado?
LADY MACBETH. - ¿No lo sabes?
MACBETH. - Tenemos que renunciar a ese horrible propósito. Las mercedes del Rey han llovido sobre mí. Las gentes me aclaman honrado y vencedor. Hoy he visto los arreos de la gloria, y no debo mancharlos tan pronto.
LADY MACBETH. - ¿Qué ha sido de la esperanza que te alentaba? ¿Por ventura ha caído en embriaguez o en sueño? ¿O está despierta, y mira con estúpidos y pasmados ojos lo que antes contemplaba con tanta arrogancia? ¿Es ese el amor que me mostrabas? ¿No quieres que tus obras igualen a tus pensamientos y deseos? ¿Pasarás por cobarde a tus propios ojos, diciendo primero: «lo haría» y luego «me falta valor»? Acuérdate de la fábula del gato.
MACBETH. - ¡Calla, por el infierno! Me atrevo a hacer lo que cualquiera otro hombre haría, pero esto no es humano.
LADY MACBETH. - ¿Pues es alguna fiera la que te lo propuso? ¿No eras hombre, cuando te atrevías, y buscabas tiempo y lugar oportunos? ¡Y ahora que ellos mismos se te presentan, tiemblas y desfalleces! Yo he dado de mamar a mis hijos, y se cómo se les ama; pues bien, si yo faltara a un juramento como tú has faltado, arrancaría el pecho de las encías de mi hijo cuando mis risueño me mirara, y le estrellaría los sesos contra la tierra.
MACBETH. - ¿Y si se frustra nuestro plan?
LADY MACBETH. - ¡Imposible, si aprietas los tornillos de tu valor! Duncan viene cansado del largo viaje, y se dormirá: yo embriagaré a sus dos servidores, de modo que se anuble en ellos la memoria y se reduzca a humo el juicio. Quedarán en sueño tan prolundo como si fuesen cadáveres. ¿Quién nos impide dar muerte a Duncan, y atribuir el crimen a sus embriagados compañeros?
MACBETH. - Tú no debías concebir ni dar a luz más que varones. Mancharemos de sangre a los dos guardas ébrios, y asesinaremos a Duncan con sus puñales.
LADY MACBETH. - ¿Y quién no creerá que ellos fueron los matadores, cuando oiga nuestras lamentaciones y clamoreo después de su muerte?
MACBETH. - Estoy resuelto. Todas mis facultades se concentran en este solo objeto. Oculte, con traidora máscara, nuestro semblante lo que maquina el alma.
Acto II
ESCENA II
LADY MACBETH Y MACBETH
LADY MACBETH. - La embriaguez en que han caído me da alientos. ¡Silencio! Es el chillido del búho, severo centinela de la noche. Abiertas están las puertas. La pócima que administré a los guardas los tiene entre la vida y la muerte.
MACBETH. - (Dentro). ¿Quién es?
LADY MACBETH. - Temo que se despierten, antes que esté consumado el crimen, y sea peor el amago que el golpe... Yo misma afilé los puñales... Si su sueño no se hubiera parecido al de mi padre, yo misma le hubiera dado muerte. Pero aquí está mi marido...
MACBETH. - Ya está cumplido. ¿Has sentido algún rumor?
LADY MACBETH. - No más que el canto del grillo y el chillido del búho. ¿Hablaste algo?
MACBETH. - ¿Cuándo?
LADY MACBETH. - Ahora.
MACBETH. - ¿Cuando bajé?
LADY MACBETH. - Sí.
MACBETH. - ¿Quién está en el segundo aposento?
LADY MACBETH. - Donalbain.
MACBETH. - ¡ Qué horror!
LADY MACBETH. - ¡Qué necedad! ¿Por qué te parece horrible?
MACBETH. - El uno se sonreía en sueños, el otro se despertó y me llamó: ¡asesino! Los miré fijo y con estupor; después rezaron y se quedaron dormidos.
LADY MACBETH. - Como una piedra.
MACBETH. - El uno dijo: «Dios nos bendiga», y el otro: «Amén». Yo no pude repetirlo.
LADY MACBETH. - Calma ese terror.
MACBETH. - ¿Por qué no pude responder «Amén»? Yo necesitaba bendición, pero la lengua se me pegó al paladar.
LADY MACBETH. - Si das en esas cavilaciones, perderás el juicio.
MACBETH. - Creí escuchar una voz que me decía: «Macbeth, tú no puedes dormir, porque has asesinado al sueño». ¡Perder el sueño, que desteje la intrincada trama del dolor, el sueño, descanso de toda fatiga: alimento el más dulce que se sirve a la mesa de la vida.
LADY MACBETH. - ¿Por qué esa agitación?
MACBETH. - Aquella voz me decía alto, muy alto: «Glamis ha matado al sueño; por eso no dormirá Cáudor, ni tampoco Macbeth».
LADY MACBETH. - ¿Pero qué voz era esa? ¡Esposo mío! no te domine así el torpe miedo, ni ofusque el brillo de tu razón. Lava en el agua la mancha de sangre de tus manos. ¿Por qué quitas de su lugar las dagas? Bien están ahí. Vete y ensucia con sangre los centinelas.
MACBETH. - No me atrevo a volver ni a contemplar lo que hice.
LADY MACBETH. - ¡Cobarde! Dame esas degas. Están como muertos. Parecen estatuas. Eres como el niño a quien asusta la figura del diablo. Yo mancharé de sangre la cara de esos guardas.
(Suenan golpes)
MACBETH. - ¿Quién va? El más leve rumor me horroriza. ¿Qué manos son las que se levantan, para arrancar mis ojos de sus órbitas? No bastaría todo el Océano para lavar la sangre de mis dedos. Ellos bastarían para enrojecerle y mancharle.
LADY MACBETH. - También mis manos están rojas, pero mi alma no desfallece como la tuya. Llaman a la puerta del Mediodía. Lavémonos, para evitar toda sospecha. Tu valor se ha agotado en el primer ímpetu. Oye... Siguen llamando... Ponte el traje de noche. No vean que estamos en vela. No te pierdas en vanas meditaciones.
MACBETH. - ¡Oh, si la memoria y el pensamiento se extinguiesen en mí, para no recordar lo que hice!
(Siguen los golpes)

ACTO IV
ESCENA PRIMERA
El antro de las brujas. En media de una caldera hirviendo. Noche de tempestad
BRUJAS, HÉCATE, MACBETH, VARIAS BRUJAS Y LÉNNOX
BRUJA 1.ª. - Tres veces ha mayado el gato.
BRUJA 2.ª. - Tres veces se ha lamentado el erizo.
BRUJA 3.ª. - La arpia ha dado la señal de comentar el encanto.
BRUJA 1.ª. - Demos vueltas alrededor de la caldera, y echemos en ella las hediondas entrañas del sapo que dormía en las frías piedras y que por espacio de un mes ha estado destilando su veneno.
Todas las brujas. - Aumente el trabajo: crezca la labor: hierva la caldera.
BRUJA 3.ª. - Lancemos en ella la piel de la víbora, la lana del murciélago amigo de las tinieblas, la lengua del perro, el dardo del escorpión, ojos de lagarto, músculos de rana, alas de lechuza... Hierva todo esto, obedeciendo al infernal conjuro.
Brujas. - Aumente el trabajo: crezca la labor: hierva la caldera.
BRUJA 3.ª. - Entren en ella colmillos de lobo, escamas de serpiente, la abrasada garganta del tiburón, el brazo de un sacrílego judío, la nariz de un turco, los labios de un tártaro, el hígado de un macho cabrío, la raíz de la cicuta, las hojas del abeto iluminadas por el tibio resplandor de la luna, el dedo de un niño arrojado por su infanticida madre al pozo... Unamos a todo esto las entrañas de un tigre salvaje.
Todas las brujas. - Aumente el trabajo: crezca la labor: hierva la caldera.
BRUJA 2.ª. - Para aumentar la fuerza del hechizo, humedecedlo todo con sangre de mono.
HÉCATE. - Alabanza merece vuestro trabajo; y yo le remuneraré. Danzad en torno de la caldera, para que quede consumado el encanto.
BRUJA 2.ª. - Ya me pican los dedos: indicio de que el traidor Macbeth se aproxima. Abríos ante él, puertas.
MACBETH. - Misteriosas y astutas bechiceras, ¿en qué os ocupáis?
Las brujas. - En un maravilloso conjuro.
MACBETH. - En nombre de vuestra ciencia os conjuro. Aunque la tempestad se desate contra los templos, y rompa el mar sus barreras para inundar la tierra, y el huracán arranque de cuajo las espigas, y derribe alcázares y torres; aunque el mundo todo perezca y se confunda, responded a mis interrogaciones.
BRUJA 1.ª. - Habla.
BRUJA 2.ª. - Pregúntanos.
BRUJA 3.ª. - A todo te responderemos.
BRUJA 1.ª. - ¿Quieres que hablemos nosotras o que contesten los genios, señores nuestros?
MACBETH. - Invocad a los genios, para que yo los vea.
BRUJA 1.ª. - Verted la sangre del cerdo: avivad la llama con grasa resudada del patíbulo.
Las brujas. - Acudid a mi voz, genios buenos y malos. Haced ostentación de vuestro arte.
(En medio de la tempestad, aparece una sombra, armada, con casco)
MACBETH. - Respóndeme, misterioso genio.
BRUJA 1.ª. - Él adivinará tu pensamiento. Óyele y no le hables.
LA SOMBRA. - Recela tú de Macduff, recela de Macduff. Adiós... Dejadme.
MACBETH. - No sé quién eres, pero seguiré tu consejo, porque has sabido herir la cuerda de mi temor. Oye otra pregunta.
BRUJA 2.ª. - No te responderá, pero ahora viene otra sombra.
(Aparece la sombra de un niño cubierto de sangre)
LA SOMBRA. - Macbeth, Macbeth, Macbeth.
MACBETH. - Aplico tres oídos para escucharte.
LA SOMBRA. - Si eres cruel, implacable y sin entrañas, ninguno de los humanos podrá vencerte.
MACBETH. - Entonces ¿por qué he de temer a Macduff?... Puede vivir seguro... Pero no... es más seguro que perezca, para tener esta nueva prenda contra el hado... No le dejaré vivir; desmentiré así a los espectros que finge el miedo, y me dormiré al arrullo de los truenos.
(La sombra de un niño, con corona y una rama de árbol en la mano)
¿Quién es ese niño que se ciñe altanero la corona real?
Brujas. - Óyele en silencio.
LA SOMBRA. - Sé fuerte como el león; no desmaye un punto tu audacia; no cedas ante los enemigos. Serás invencible, hasta que venga contra ti la selva de Birnam, y cubra con sus ramas a Dunsmania.
MACBETH. - ¡Eso es imposible! ¿Quién puede mover de su lugar los árboles y ponerlos en camino? Favorables son los presagios. ¡Sedición, no alces la cabeza, hasta que la selva de Birnam se mueva! Ya estoy libre de todo peligro que no sea el de pagar en su día la deuda que todos tenemos con la muerte. Pero decidme, si es que vuestro saber penetra tanto: ¿reinarán los hijos de Banquo?
Las brujas. - Nunca podrás averiguarlo.
MACBETH. - Decídmelo. Os conjuro de nuevo y os maldeciré, si no me lo reveláis. Pero ¿por qué cae en tierra la caldera?... ¿Qué ruido siento?
Las brujas. - Mira. ¡Sombras, pasad rápidas, atormentando su corazón y sus oídos!
(Pasan ocho reyes, el último de ellos con un espejo en la mano. Después la sombra de Banquo)
MACBETH. - ¡Cómo te asemejas a Banquo!... Apártate de mí... Tu corona quema mis ojos... Y todos pasáis coronados... ¿Por qué tal espectáculo, malditas viejas?... También el tercero... Y el cuarto... ¡Saltad de vuestras órbitas, ojos míos!... ¿Cuándo, cuándo dejaréis de pasar?... Aún viene otro... el séptimo... ¿Por qué no me vuelvo ciego?... Y luego el octavo... Y trae un espejo, en que me muestra otros tantos reyes, y algunos con doble corona y triple cetro... Espantosa visión... Ahora lo entiendo todo... Banquo, pálido por la reciente herida, me dice sonriéndose que son de su raza esos monarcas... Decidme, ¿es verdad lo que miro?
Las brujas. - Verdad es, pero ¿a qué tu espanto?... Venid, alegraos, ya se pierde en los aires el canto del conjuro; gozad en misteriosa danza; hagamos al Rey el debido homenaje.
(Danzan y desaparecen)
MACBETH. - ¿Por dónde han huido?... ¡Maldita sea la hora presente!
LÉNNOX. - ¿Qué hay?
MACBETH. - ¿No has visto a las brujas?
LÉNNOX. - No.
MACBETH. - ¿No han pasado por donde tú estabas de guardia?
LÉNNOX. - No.
MACBETH. - ¡Maldito sea el aire que las lleva! ¡Maldito quien de ellas se fía! Siento ruido de caballos; ¿quiénes son?
LÉNNOX. - Mensajeros que traen la noticia de que Macduff huye a Inglaterra.
MACBETH. - ¿A Inglaterra?
LÉNNOX. - Así dicen.
MACBETH. - El tiempo se me adelanta. la ejecución debe seguir al propósito, el acto al pensamiento. Necesito entrar en Fife, y degollar a Macduff, a su mujer y a sus hijos y a toda su parentela... Y hacerlo pronto, no sea que el propósito se frustre, y quede en vana amenaza. Basta de agüeros y sombras.

ACTO V
ESCENA PRIMERA
Castillo de Dunsinania
UN MÉDICO, UNA DAMA Y LADY MACBETH
EL MÉDICO. - Aunque hemos permanecido dos noches en vela, nada he visto que confirme vuestros temores. ¿Cuándo la visteis levantarse por última vez?
LA DAMA. - Después que el Rey se fue a la guerra, la he visto muchas veces levantarse, vestirse, sentarse a su mesa, tomar papel, escribir una carta, cerrarla, sellarla, y luego volver a acostarse: todo ello dormida.
EL MÉDICO. - Grave trastorno de su razón arguye el ejecutar en sueños los actos de la vida. ¿Y recuerdas que haya dicho alguna palabra?
LA DAMA. - Si, pero nunca las repetiré.
EL MÉDICO. - A mí puedes decírmelas.
LA DAMA. - Ni a ti, ni a nadie, porque no podría yo presenter testigos en apoyo de mi relato.
(Entra Lady Macbeth, sonámbula, y con una luz en la mano)
Aquí está, como suele, y dormida del todo. Acércate y repara.
EL MÉDICO. - ¿Dónde tomó esa luz?
LA DAMA. - La tiene siempre junto a su lecho. Así lo ha mandado.
EL MÉDICO. - Tiene los ojos abiertos.
LA DAMA. - Pero no ve.
EL MÉDICO. - Mira cómo se retuerce las manos.
LA DAMA. - Es su ademán más frecuente. Hace como quien se las lava.
LADY MACBETH. - Todavía están manchadas.
EL MÉDICO. - Oiré cuanto hable, y no lo borraré de la memoria.
LADY MACBETH. - ¡Lejos de mí esta horrible mancha!... Ya es la una... Las dos... Ya es hora... Qué triste está el infierno... ¡Vergüenza para ti, marido mío!... ¡Guerrero y cobarde!... ¿Y qué importa que se sepa, si nadie puede juzgarnos?... ¿Peru cómo tenía aquel viejo tanta sangre?
EL MÉDICO. - ¿Oyes?
LADY MACBETH. - ¿Dónde está la mujer del señor Fife?... ¿Pero por qué no se lavan nunca mis manos?... Calma, señor, calma... ¡Qué dañosos son esos arrebatos!
EL MÉDICO. - Oye, oye: ya sabemos lo que no debíamos saber.
LA DAMA. - No tiene conciencia de lo que dice. La verdad sólo Dios la sabe.
LADY MACBETH. - Todavía siento el olor de la sangre. Todos los aromas de Oriente no bastarían a quitar de esta pequeña mano mía el olor de la sangre.
EL MÉDICO. - ¡Qué oprimido está ese corazón!
LA DAMA. - No le llevaría yo en el pecho, por toda la dignidad que ella pueda tener.
EL MÉDICO. - No sé curar tales enfermedades, pero he visto sonámbulos que han muerto como unos santos.
LADY MACBETH. - Lávate las manes. Vístete. Vuelva el color a tu semblante. Macbeth está bien muerto, y no ha de volver de su sepulcro... A la cama, a la cama... Llaman a la puerta... Ven, dame la mano... ¿Quién deshace lo hecho?... A la cama.
EL MÉDICO. - ¿Se acuesta ahora?
LA DAMA. - En seguida.
EL MÉDICO. - Ya la murmuración pregona su crimen. La maldad suele trastornar el entendimiento, y el ánimo pecador divulga en sueños su secreto. Necesita confesor y no médico. Dios la perdone, y perdone a todos. No te alejes de su lado: aparta de ella cuanto pueda molestarla. Buenas noches. ¡Qué luz inesperada ha herido mis ojos! Pero más vale callar.
LA DAMA. - Buenas noches, doctor.
ESCENA III
Castillo de Dunsinania
MACBETH, UN CRIADO, SETON Y UN MÉDICO
MACBETH. - ¡No quiero saber más nuevas! Nada he de temer hasta que el bosque de Birnam se mueva contra Dunsinania. ¿Por ventura ese niño Malcolm no ha nacido de mujer? A mí dijeron los genios que conocen lo porvenir: «no temas a ningún hombre nacido de mujer». Huyan en buen hora mis traidores caballeros: júntense con los epicúreos de Inglaterra. Mi alma es de tal temple, que no vacilará ni aún en lo más deshecho de la tormenta. (Llega un criado). ¡El diablo te ennegrezca a fuerza de maldiciones esa cara blanca! ¿Quién te dio esa mirada de liebre?
CRIADO. - Vienen diez mil.
MACBETH. - ¿Liebres?
CRIADO. - No, soldados.
MACBETH. - Aráñate la cara con las manos, para que el rubor oculte tu miedo. ¡Rayos y centellas! ¿Por qué palideces, cara de leche? ¿Qué guerreros son esos?
CRIADO. - Ingleses.
MACBETH. - ¿Por qué no ocultas tu rostro, antes de pronunciar tales palabras?... ¡Seton, Seton! Este día ha de ser el último de mi poder, o el primero de mi grandeza. Demasiado tiempo he vivido. Mi edad se marchita y amarillea como las hojas de otoño. Ya no puedo confiar en amigos, ni vivir de esperanzas. Sólo me resta oír enconadas maldiciones, o el vano susurro de la lisonja. ¿Seton?
SETON. - Rey, tus órdenes aguardo.
MACBETH. - ¿Cuáles son las últimas noticias?
SETON. - Exactas parecen las que este mensajero ha traído.
MACBETH. - Lidiaré, hasta que me arranquen la piel de los huesos. ¡Pronto mis armas!
SETON. - No es necesario aún, señor.
MACBETH. - Quiero armarme, y correr la tierra con mis jinetes. Ahorcaré a todo el que hable de rendirse. ¡Mis armas! Doctor (al médico) ¿cómo está mi mujer?
MÉDICO. - No es grave su dolencia, pero mil extrañas visiones le quitan el sueño.
MACBETH. - Cúidala bien. ¿No sabes curar su alma, borrar de su memoria el dolor, y de su cerebro las tenaces ideas que le agobian? ¿No tienes algún antídoto contra el veneno que hierve en su corazón?
MÉDICO. - Estos males sólo puede curarlos el mismo enfermo.
MACBETH. - ¡Echa a los perros tus medicinas! ¡Pronto, mis armas, mi cetro de mando! ¡Seton, convoca a turs guerreros! Los nobles me abandonan. Si tú, doctor, lograras volver a su antiguo lecho las aguas del río, descubrir el verdadero mal de mi mujer, y devolverle la salud, no tendrían tasa mis aplausos y mercedes. Cúrala por Dios. ¿Qué jarabes, qué drogas, qué ruibarbo conoces que nos libre de los ingleses?... Iré a su en cuentro, sin temer la muerte, mientras no se mueva contra nosetros el bosque de Dunsinania.
MÉDICO. - (Aparte) Si yo pudiera huir de Dunsinania, no volvería aunque me ofreciesen un tesoro.
ESCENA IV
Campamento a la vista de un bosque
MALCOLM, CAITHNESS, UN SOLDADO, SUARDO Y MACDUFF
MALCOLM. - Amigos, ha llegado la hora de volver a tomar posesión de nuestras casas. ¿Qué selva es esta?
CAITHNESS. - La de Birnam.
MALCOLM. - Corte cada soldado una rama, y delante cúbrase con ella,. para que nuestro número parezca mayor, y podamos engañar a los espías.
SOLDADO. - Así lo haremos.
SUARDO. - Dicen que el tirano está muy esperanzado, y nos aguarda en Dunsinania.
MALCOLM. - Hace bien en encerrarse, porque sus mismos parciales le abandonan, y los pocos que le ayudan, no lo hacen por cariño.
MACDUFF. - Dejemos tales observaciones para cuando esté acabada nuestra empresa. Ahora conviene pensar sólo en el combate.
SUARDO. - Pronto hemos de ver el resultado y no por vanas conjeturas.
ESCENA V
Alcazar de Dunsinania
MACBETH, SETON Y UN ESPÍA
MACBETH. - Tremolad mi enseña en los muros. Ya suenan cerca sus clamores. El castillo es inexpugnable. Pelearán en nuestra ayuda el hambre y la fiebre. Si no nos abandonan los traidores, saldremos al encuentro del enemigo, y le derrotaremos frente a frente. ¿Pero qué ruido siento?
SETON. - Son voces de mujeres.
MACBETH. - Yo soy inaccesible al miedo. Tengo estragado el paladar del alma. Hubo tiempo en que me aterraba cualquier rumor nocturno, y se erizaban mis cabellos, cuando oía referir alguna espantosa tragedia, pero después llegué a saciarme de horrores: la imagen de la desolación se hizo familiar a mi espíritu, y ya no me conmueve nada. ¿Pero qué gritos son esos?
SETON. - La reina ha muerto.
MACBETH. - ¡Ojalá hubiera sido más tarde! No es oportuna la ocasión para tales nuevas. Esa engañosa palabra mañana, mañana, mañana nos va llevando por días al sepulcro, y la falaz lumbre del ayer ilumina al necio hasta que cae en la fosa. ¡Apágate ya, luz de mi vida! ¿Qué es la vida sino una sombra, un histrión que pasa por el teatro, y a quien se olvida después, o la vana y ruidosa fábula de un necio?
(Llega un espía).
Habla que ese es tu oficio.
ESPÍA. - Señor, te diré lo que he visto, pero apenas me atrevo.
MACBETH. - Di sin temor.
ESPÍA. - Señor, juraría que el bosque de Birnam se mueve hacia nosatros. Lo he vista desde lo alto del collado.
MACBETH. - ¡Mentira vil!
ESPÍA. - Mátame, si no es cierto. El bosque viene andando, y está a tres millas de aquí.
MACBETH. - Si mientes, te colgaré del primer árbol que veamos, y allí morirás de hambre. Si dices verdad, ahórcame tú a mí. Ya desfallece mi temeraria confianza. Ya empiezo a dudar de esos genios que mezclan mentiras con verdades. Ellos me dijeron: «Cuando la selva de Birnam venga a Dunsinania»; y la selva viene marchando. ¡A la batalla, a la batalla! Si es verdad lo que dices, inútil es quedarse. Ya me ahoga la vida, me hastía la luz del sol. Anhelo que el orbe se confunda. Rujan los vientos desatados. ¡Sonad las trompetas!
ESCENA VII
Otra parte del campo
MACBETH, EL JOVEN SUARDO, MACDUFF, MALCOLM, SUARDO, ROSS Y CABALLEROS
MACBETH. - Estoy amarrado a mi corcel. No puedo huir. Me defenderé como un oso. ¿Quién puede vencerme, como no sea el que no haya nacido de madre?
EL JOVEN SUARDO. - ¿Quién eres?
MACBETH. - Temblarás de oír mi nombre.
EL JOVEN SUARDO. - No, aunque sea el más horrible de los que suenan en el infierno.
MACBETH. - Soy Macbeth.
EL JOVEN SUARDO. - Ni el mismo Satanás puede proferir nombre más aborrecible.
MACBETH. - Ni que infunda más espanto.
EL JOVEN SUARDO. - Mientes, y te lo probaré con mi hierro.
(Combaten, y Suardo cae herido por Macbeth)
MACBETH. - Tú naciste de madre, y ninguno de los nacidos de mujer puede conmigo.
MACDUFF. - Por aquí se oye ruido. ¡Ven, tirano! Si mueres al filo de otra espada que la mía, no me darán tregua ni reposo las sombras de mi mujer y de mis hijos. Yo no peleo contra viles mercenarios, que alquilan su brazo al mejor postor. O mataré a Macbeth, o no teñirá la sangre el filo de mi espada. Por allí debe estar. Aquellos clamores indican su presencia. ¡Fortuná! déjame encontrarle.
SUARDO. - (A Malcolm). El castillo se ha rendido, señor. Las gentes del tirano se dispersan. Vuestros caballeros lidian como leones. La victoria es nuestra. Se declaran en nuestro favor hasta los mismos enemigos. Subamos a la fortaleza.
MACBETH. - ¿Por qué he de morir neciamente como el romano, arrojándome sobre mi espada? Mientras me quede un soplo de vida, no dejaré de amontonar cadáveres.
MACDUFF. - Detente, perro de Satanás.
MACBETH. - He procurado huir de ti. Huye tú de mí. Estoy harto de tu sangre.
MACDUFF. - Te respondo con la espada. No hay palabras bastantes para maldecirte.
MACBETH. - ¡Tiempo perdido! Más fácil te será cortar el aire con la espada que herirme a mí. Mi vida está hechizada: no puede matarme quien haya nacido de mujer.
MACDUFF. - ¿De qué te sirven tus hechizos? ¿No te dijo el genio a quien has vendido tu alma, que Macduff fue arrancado, antes de tiempo, de las entrañas de su madre muerta?
MACBETH. - ¡Maldita sea tu lengua que así me arrebata mi sobrenatural poder! ¡Qué necio es quien se fía en la promesa de los demonios que nos engañan con equívocas y falaces palabras! ¡No puedo pelear contigo!
MACDUFF. - Pues ríndete, cobarde, y serás el escarnio de las gentes, y te ataremos vivo a la picota, con un rótulo que diga: «Este es el tirano».
MACBETH. - Nunca me rendiré. No quiero besar la tierra que huelle Malcolm, ni sufrir las maldiciones de la plebe. Moriré batallando, aunque la selva de Birnam se haya movido contra Dunsinania, y aunque tú no seas nacido de mujer. Mira. Cubro mi pecho con el escudo. Hiéreme sin piedad, Macduff. ¡Maldición sobre quien diga «basta»!
(Combaten)
MALCOLM. - ¡Quiera Dios que vuelvan los amigos que nos faltan!
SUARDO. - Algunos habrán perecido, que no puede menos de pagarse cara la gloria de tal día.
MALCOLM. - Faltan Macduff y tu hijo.
ROSS. - Tu hijo murió como soldado. Vivió hasta ser hombre, y con su heroica muerte probó que era digno de serlo.
SUARDO. - ¿Dices que ha muerto?
ROSS. - Cayó entre los primeros. No iguales tu dolor al heroísmo que él mostró, porque entonces no tendrán fin tus querellas.
SUARDO. - ¿Y fue herido de frente?
ROSS. - De frente.
SUARDO. - Dios le habrá recibido entre sus guerreros. ¡Ojalá que tuviera yo tantos hijos como cabellos, y que todos murieran así! Llegó su hora.
MALCOLM. - Honroso duelo merece, y yo me encargo de tributárselo.
SUARDO. - Saldó como honrado sus cuentas con la muerte. ¡Dios le haya recibido en su seno!
MACDUFF. - (Que se presenta con la cabeza de Macbeth). Ya eres rey. Mira la cabeza del tirano. Libres somos. La flor de tu reino te rodeo, y yo en nombre de todos, seguro de que sus voces responderán a las mías, te aclamo rey de Escocia.
Todos. - ¡Salud al Rey de Escocia!
MALCOLM. - No pasará mucho tiempo sin que yo pague a todos lo que al afecto de todos debo. Nobles caballeros, parientes míos, desde hay seréis condes, los primeros que en Escocia ha habido. Luego haré que vuelvan a sus casas los que huyeron del hierro de los asesinos y de la tiranía de Macbeth, y de su diabólica mujer que, según dicen, se ha suicidado. Estas cosas y cuantas sean justas haré con la ayuda de Dios. Os invito a asistir a mi coronación en Escocia.