martes, 26 de febrero de 2013

Grayas (Mito de Perseo)

Grayas


Perseo les devuelve el ojo a las Grayas, por Johann Heinrich Füssli.
Las Grayas o Greas (en griego antiguo Γραῖαι Graĩai, ‘viejas’) eran deidades preolímpicas, tres hermanas (algunas versiones cuentan dos) hijas de Forcis, uno de los aspectos del ‘anciano hombre del mar’ (halios geron), y Ceto, por lo que se cuentan entre los Fórcides (siendo a veces consideradas deidades marinas, personificaciones de la espuma del mar). Las Grayas nacieron ya ancianas y con cabellos grises, aunque los poetas las designaban a veces eufemísticamente como «hermosas», y fueron haciéndose más y más viejas.
Sus nombres eran Dino (‘temor’, la anticipación del horror), Enio (‘horror’, la «Destructora de Ciudades» que tenía una identidad separada de sus hermanas) y Pefredo o Penfredo (‘alarma’). Como otros conjuntos de viejas brujas de los niveles más antiguos de las mitologías germánicas y nórdicas, tenían un solo ojo y un único diente para todas, que compartían y usaban por turnos, durmiendo las dos a las que no les toca. Vivían en una cueva situada muy lejos hacia el ocaso, en un lugar donde siempre era de noche.
Las Grayas pueden ser comparadas con las tres hilanderas del destino (las Moiras), las Nornas noreuropeas, o con la diosa báltica Laima y sus dos hermanas.

Mito

Las Grayas sólo aparecen en una leyenda, la de Perseo. Cuando el héroe fue a matar a Medusa halló primero a las Grayas, que eran las guardianas del camino que llevaba a sus hermanas, las Gorgonas. Perseo les robó el ojo cuando lo pasaban de una a otra y así dejó dormidas a las tres, pudiendo continuar con su camino. Se cuenta que arrojó el ojo al lago Tritonis. Otra versión del mito cuenta que las Grayas tenían un oráculo y sabían la forma de matar a la Gorgona, consistente en lograr de unas ninfas unas sandalias aladas, una especie de alforja llamada kibisis (donde guardar la cabeza de la Medusa) y el casco de invisibilidad de Hades. Perseo, informado por Hermes y Atenea de que las Grayas sabían esto, les robó el ojo y el diente, obligándoles así a revelar el secreto (algunas fuentes cuentan que también les amenazó con su espada) y dónde podía encontrar a las ninfas. Una versión diferente decía que estas le entregaron tales tesoros para cumplir con su labor de matar a la gorgona. También se dice que Tánatos, la muerte, les robó los amuletos para hacerlas buscarlos locamente porque creían que sin ellos eran mortales.

domingo, 24 de febrero de 2013

El «yo pecador» del artista - Charles Baudelaire

Prosas poéticas - III -

El «yo pecador» del artista

     ¡Cuán penetrante es el final del día en otoño! ¡Ay! ¡Penetrante hasta el dolor! Pues hay en él ciertas sensaciones deliciosas, no por vagas menos intensas; y no hay punta más acerada que la de lo infinito.

     ¡Delicia grande la de ahogar la mirada en lo inmenso del cielo y del mar! ¡Soledad, silencio, castidad incomparable de lo cerúleo! Una vela chica, temblorosa en el horizonte, imitadora, en su pequeñez y aislamiento, de mi existencia irremediable, melodía monótona de la marejada, todo eso que piensa por mí, o yo por ello -ya que en la grandeza de la divagación el yo presto se pierde-; piensa, digo, pero musical y pintorescamente, sin argucias, sin silogismos, sin deducciones.

     Tales pensamientos, no obstante, ya salgan de mí, ya surjan de las cosas, presto cobran demasiada intensidad. La energía en el placer crea malestar y sufrimiento positivo. Mis nervios, harto tirantes, no dan más que vibraciones chillonas, dolorosas.

     Y ahora la profundidad del cielo me consterna; me exaspera su limpidez. La insensibilidad del mar, lo inmutable del espectáculo me subleva... ¡Ay! ¿Es fuerza eternamente sufrir, o huir de lo bello eternamente? ¡Naturaleza encantadora, despiadada, rival siempre victoriosa, déjame! ¡No tientes más a mis deseos y a mi orgullo! El estudio de la belleza es un duelo en que el artista da gritos de terror antes de caer vencido.

La desesperación de la vieja - Charles Baudelaire

Prosas poéticas -II -

La desesperación de la vieja

     La viejecilla arrugada sentíase llena de regocijo al ver a la linda criatura festejada por todos, a quien todos querían agradar; aquel lindo ser tan frágil como ella, viejecita, y como ella también sin dientes ni cabellos.

     Y se le acercó para hacerle fiestas y gestos agradables.

     Pero el niño, espantado, forcejeaba al acariciarlo la pobre mujer decrépita, llenando la casa con sus aullidos.

     Entonces la viejecilla se retiró a su soledad eterna, y lloraba en un rincón, diciendo: «¡Ay! Ya pasó para nosotras, hembras viejas, desventuradas, el tiempo de agradar aun a los inocentes; ¡y hasta causamos horror a los niños pequeños cuando vamos a darles cariño!»

El conejo y el león - Augusto Monterroso

EL CONEJO Y EL LEÓN

Un célebre Psicoanalista se encontró cierto día en medio de la
Selva, semiperdido.
Con la fuerza que dan el instinto y el afán de investigación logró
fácilmente subirse a un altísimo árbol, desde el cual pudo observar a su
antojo no sólo la lenta puesta del sol sino además la vida y costumbres
de algunos animales, que comparó una y otra vez con la de los humanos.
Al caer la tarde vio aparecer, por un lado, al Conejo; por otro, al
León.
En un principio no sucedió nada digno de mencionarse, pero poco
después ambos animales sintieron sus respectivas presencias y
cuando toparon el uno con el otro, cada cual reaccionó como lo había
venido haciendo desde que el hombre era hombre.
El León estremeció la Selva con sus rugidos, sacudió la melena
majestuosamente como era su costumbre y hendió al aire con sus
garras enormes; por su parte, el Conejo respiró con mayor celeridad,
vio un instante a los ojos del León, dio media vuelta y se alejó corriendo.
De regreso a la ciudad el célebre Psicoanalista publicó cum laude
su famoso tratado en que demuestra que el León es el animal más
infantil y cobarde de la Selva y el Conejo el más valiente y maduro: el
León ruge y hace gestos y amenaza al universo movido por el miedo; el
Conejo advierte esto, conoce su propia fuerza, y se retira antes de
perder la paciencia y acabar con aquel ser extravagante y fuera de sí, al
que comprende y que después de todo no le ha hecho nada.